LA HEROICIDAD DE LOS ZARAGOZANOS

Imaginaos, así como hago yo, la noche de ayer en la Zaragoza de 1808. La desafiante figura del ejército napoleónico, que asomaba por los montes de Torrero, rompía la quietud de la noche zaragozana. No estaba allí pero, mientras escribo estas líneas, en mi cabeza puedo oír el repiqueteo de las campanas de las iglesias, que anunciaría su llegada; y el alocado tránsito de sus gentes, hombres y mujeres, que de aquí para allá, infatigablemente, se ocuparían en terminar los preparativos finales. Todo ese ajetreo para resistir, con algún que otro fusil pero también con machetes y palos, al que por aquel entonces era el mejor ejército del mundo. ¡Qué valor! Pronto, por la mañana, el ensordecedor ruido de los cañones, una nube de humo y el olor a pólvora, impregnarían el ambiente.

Era la segunda vez que las huestes francesas se presentaban a las puertas de Zaragoza, pues en la noche del 13 al 14 de agosto el general Lefèbvre tuvo que huir, si se me permite la expresión, “con el rabo entre las piernas” ante la feroz resistencia de los zaragozanos. Eso sí, dejó tras su huida un cruel regalo: la voladura del monasterio de Santa Engracia, orgullo de la ciudad.

Entre el 14 de agosto, en que Lefèbvre tuvo que retirarse, y el 21 de diciembre, que comenzó el segundo sitio de la ciudad; nadie perdió el tiempo. El coronel Sangenís, un genio de la ingeniería militar, asumió el mando y organizó la reconstrucción y el reforzamiento de las defensas de la ciudad, defensas que consistían en pequeños muros de adobe pero que con una buena organización, afanoso trabajo y grandes dosis de ingenio, causaron grandes quebraderos de cabeza a los sitiadores. También ocuparon estos días en tomar medidas para garantizar la higiene y evitar epidemias, aunque con poco éxito, ya que se desató una epidemia de tifus que acabó con la vida del emblemático “Tío Jorge”, personaje destacado en el Primer Sitio. Aprovechando las piezas de artillería que Lefèbvre tuvo que abandonar porque no podía llevarse consigo, y los 8.000 fusiles, entregados por el comisario británico Doyle en representación de su país; todo quedaba dispuesto para hacer frente al Segundo Sitio que comenzó la mañana del 21 de diciembre.

Esta vez los franceses pusieron toda la carne en el asador. Llevaron a las puertas de la ciudad 35.000 hombres de infantería y 2.000 de caballería, todos ellos comandados por el mariscal Jean Lannes. Los sitiados, aunque no pudieron terminar las fortificaciones, pudieron recoger la cosecha antes del asedio. La jornada comenzó con el intento de los franceses de apoderarse del Canal Imperial en Casablanca y La Paz, así como de los barrios exteriores del Arrabal y Torrero. Ese día el Regimiento de Infantería Voluntarios de Castilla se hizo merecedor del apodo de “El Héroe” por su feroz combate en la custodia del Convento de Jesús y en la toma con bayoneta de los montes de Torrero. Defender ese convento era vital, ya que daba acceso al Arrabal, desde donde los franceses podían bombardear la plaza del Pilar, que era donde se concentraba la mayor fuerza de los españoles. Los franceses ya aprendieron esto en el primero de los sitios. Es por eso que esta vez, lo primero que hicieron fue intentar apoderarse del convento, pero no contaban con la tenacidad del Regimiento de Voluntarios. Su control era tan importante que una vez cayó el convento, Zaragoza resistió tan solo dos días más.

La heroica defensa del convento impidió que el ejército napoleónico bombardeara desde el Arrabal el resto de la ciudad, pero no imposibilitó que esta fuera completamente cercada y aislada. Tan solo obligaron a los sitiadores a agrandar el círculo varios kilómetros. El mismo día 21, los sitiados volaron el puente América del Canal Imperial para evitar que cayera en manos del enemigo y los franceses se hicieron con el control del camino de Zuera. Entre el 22 y el 26 de diciembre construyeron un puente sobre el río Huerva y otro puente sobre el Ebro en Juslibol para rodear completamente a la ciudad. A la vez que estaban ocupados en estos menesteres, construyeron trincheras, dispuestas de manera paralela a las defensas.

En San José y en los alrededores de la Aljafería se luchó con un brío singular y los pequeños avances de los franceses, tras intensos combates, enseguida eran perdidos por los contraataques del general O’Neylle. El 31 de diciembre los defensores de la ciudad aprovecharon una crecida del Ebro que dañó los puentes construidos por los franceses, para llegar hasta Juslibol, rompiendo momentáneamente el cerco. A los pocos días, el ejército galo situó sus baterías en los puestos avanzados de los barrios periféricos que estaban a extramuros de la ciudad. El barrio de la Bombarda lleva hoy ese nombre en conmemoración de una pieza de artillería que se ubicó en el lugar.

El objetivo del mariscal Jean Lannes era hacerse con el control de los barrios periféricos. Lo que no imaginaba es que costaría tantas bajas y que se retrasaría tanto la marcha al tener que rendir vivienda por vivienda y guarecerse de los ataques que se producían en cada ventana, en cada esquina, necesitando volar cada edificio que se encontraban a su paso. Hasta febrero fueron cayendo poco a poco cada uno de los barrios exteriores, así como los conventos, convertidos por los defensores en fortines inexpugnables. Una vez consiguieron apoderarse de estos barrios, las bombas de los cañones llegaban a todos los rincones de la ciudad, incluyendo a la Basílica del Pilar, el Hospital de Gracia y la Universidad de Zaragoza.

Sin embargo, nada era suficiente para rendir la ciudad. Finalmente, la falta de víveres y un rebrote de tifus hicieron caer a la capital del Ebro. Aun con todo, el general Palafox se resistía a claudicar, respondiendo a quienes le proponían tal alternativa: “guerra y cuchillo”. Pero enfermó de tifus y fue reemplazado por Saint-Marq, que con el apoyo de la Junta de Defensa decidió rendir Zaragoza. En una muestra más de dramático valor, algunos partidarios de Palafox que querían continuar la lucha intentaron asaltar los arsenales, aunque fracasaron y la ciudad capituló el 21 de febrero del 1809.

Zaragoza antes de la Guerra de Independencia era considerada como “La Florencia de España” y popularmente conocida como “La Harta”, por su prosperidad y el gran número de bellos palacios que disponía. Al finalizar los Sitios quedó prácticamente destruida, los Archivos de la Diputación fueron saqueados y la ciudad pasó de tener 55.000 habitantes a  apenas 12.000. Zaragoza tardaría más de un siglo en recuperarse.

Sin embargo, nada quebrantó el ánimo de sus habitantes. Al ser destruido con mala saña el monasterio de Santa Engracia, objeto de especial devoción para los zaragozanos; sin declinar la cabeza se volcaron y ampararon por la Virgen del Pilar, a la que hicieron su heroína por resistir a los bombardeos franceses. Zaragoza resurgió de sus cenizas y en 1908, por y para conmemorar los Sitios, organizó una Exposición Hispano-Francesa. Incluso llegó a despertar la admiración del enemigo, como atestigua la carta del mariscal Jean Lannes a Napoleón, en la que decía lo siguiente:

“Jamás he visto encarnizamiento igual al que muestran nuestros enemigos en la defensa de esta plaza. Las mujeres se dejan matar delante de la brecha. Es preciso organizar un asalto por cada casa. El sitio de Zaragoza no se parece en nada a nuestras anteriores guerras. Es una guerra que horroriza. La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos distintos, y llueven sobre ella las bombas a centenares, pero nada basta para intimidar a sus defensores… ¡Qué guerra! ¡Qué hombres! Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor a tantos furiosos! Esto es terrible. La victoria da pena.”

Así que mi pregunta es: ¿quién venció a quién? No hay duda que los franceses conquistaron la ciudad, pero los zaragozanos conquistaron los corazones del mundo entero y se convirtieron en un símbolo de lucha sin tregua por la libertad.

Santiago Navascués Alcay

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza.