EL CANAL IMPERIAL DE ARAGÓN

El 16 de mayo de 1873 se constituyó la Junta del Canal Imperial de Aragón, siendo a partir de entonces un organismo autónomo y descentralizado.

Hubo varios antecedentes en la construcción de este canal. Ya en época romana, nos consta, por medio del Bronce de Botorrita, de la existencia de un litigio por el uso de unas aguas entre Salduie –actual Zaragoza– y Alaun –actual Alagón- , que hacen suponer la existencia de una especie de canal o acequia.

Mucho tiempo después, en el siglo XVI, se construyó la Acequia Imperial de Aragón después de ceder el emperador Carlos V, seguramente con fines políticos, ante la petición del Concejo de Zaragoza. El objetivo era mejorar y extender los riegos de la huerta meridional de Zaragoza. Las obras comenzaron a hacerse cerca de Gallur. El problema es que el agua no alcanzaba el volumen suficiente para regar todo el campo zaragozano. Entonces se situó la embocadura del canal en Fontellas –Navarra- , lo que ocasionó problemas de jurisdicción con el Reino de Navarra. Finalmente, debido a problemas técnicos y al elevado coste del proyecto, las obras no se llevaron a su fin.

En el siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III se implantó en España lo que se conoce como Despotismo Ilustrado. El monarca tenía poder absoluto pero a diferencia del absolutismo de los monarcas contemporáneos franceses; Carlos III, como representante del Despotismo Ilustrado, se interesaba por el bienestar del pueblo. Fue un monarca paternalista que quería lo mejor para su pueblo, lo que queda resumido en la famosa frase de: “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Para conseguir el bienestar de su pueblo se rodeó de todo tipo de intelectuales que tenían el objetivo de mejorar la sociedad. Surgieron las Sociedades Económicas de Amigos del País, que eran sociedades cuya finalidad era difundir las nuevas ideas y conocimientos científicos y técnicos de la Ilustración, a las que Carlos III puso bajo protección real para que fueran el instrumento de su reformismo.

La Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, encabezada por el conde  de Aranda, persona de gran influencia en el reinado de Carlos III, fue la que propuso al rey la construcción del Canal Imperial de Aragón, un proyecto mucho más ambicioso que el de la Acequia Imperial de Aragón, en el contexto de aquella España que para modernizarse quería llenarse de canales como los de Francia e Inglaterra, sin tener en cuenta que no podía hacerse a causa de las características de los ríos españoles. Tan sólo era factible en el río Ebro y en algunos escasos puntos más de la geografía peninsular.

Las obras comenzaron en 1776 y terminaron en 1790. Es una de las obras hidráulicas más importantes de Europa, de 110 kilómetros, abarcando desde Fontellas hasta Zaragoza. La empresa se encargó a Ramón Pignatelli, cuñado del Conde de Aranda. Se emplearon las mejores técnicas de la época y su construcción supuso un elevado coste que asumió el Estado, endeudándose con bancos holandeses.

En la línea de este Despotismo Ilustrado, las aspiraciones eran construir un canal navegable que bordeando el Ebro, comunicara el Cantábrico con el Mediterráneo para dar salida al mar a los productos de la huerta del valle medio del Ebro; y que los campesinos accedieran a unas tierras secas a bajo coste pero muy fértiles si se regaban con el canal, lo que desató las protestas de algunos nobles de Aragón, ya que esto perjudicaba sus intereses.

El primero de los objetivos no se cumplió totalmente, ya que por dificultades técnicas el canal sólo transcurre desde Fontellas hasta Zaragoza, no se logró comunicar el Cantábrico con el Mediterráneo pero sí se consiguió que los productos de los pueblos ribereños llegaran por medio del canal con mucha facilidad y rapidez a Zaragoza. También se consiguió el segundo de los propósitos, ya que la cantidad de tierras regables aumentaron de manera considerable.

El canal se convirtió en la autopista de la época, en el medio más rápido de transportar mercancías. Pero el establecimiento en 1861 del nuevo ferrocarril Zaragoza-Alsasua, con un recorrido paralelo al del canal, hundió el tráfico, aunque sigue siendo de importancia vital para el regadío de la zona. La construcción de otras líneas de ferrocarril hicieron perder fuerza a las ideas de prolongar el canal y hacer navegable el Ebro; no obstante, ninguna de las dos desapareció.

Santiago Navascués Alcay

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza.

 

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