LA EXPO HISPANO-FRANCESA DE 1908

Desde finales del siglo XIX, Zaragoza ha tenido vocación de convertirse en una capital moderna que intenta ponerse a la vanguardia. La celebración de grandes exposiciones industriales por toda Europa no es una novedad de las últimas décadas, en las que la concesión de un evento como el que se pudo vivir en la ciudad en 2008 es casi algo comparable, aunque en menor medida, a lograr la celebración para unos juegos olímpicos. Pero el hecho es que este tipo de exposiciones se venían celebrando desde el siglo XIX por todo el continente, viéndose como una gran oportunidad por parte de los países de mostrar sus avances tecnológicos, su industria y el potencial que tenían como potencia en un mundo en el que todavía estaban de moda las colonias.

Zaragoza no quiso ser menos, y en 1868 y 1885 ya celebró dos exposiciones, en este caso de carácter solo aragonés. En ella llegaron a estar presentes monarcas como el efímero Amadeo de Saboya, lo que muestra que tuvieron cierta importancia a nivel regional e incluso nacional.

La ciudad, aunque cueste creerlo, todavía se estaba recuperando de las secuelas que le dejaron los Sitios durante la Guerra de la Independencia, y estos eventos supusieron un espaldarazo para ello. Pero ya a finales de siglo, la capital del Ebro comenzó a crecer y a ir pasando de ser una pequeña capital de provincia a una urbe de mayor importancia y en un importante foco económico, gracias a su privilegiada posición estratégica. La industrialización comenzó a llegar, y con ella la modernidad y, sobre todo, un crecimiento demográfico desconocido hasta entonces.

En ese ambiente en el que la burguesía aragonesa y zaragozana comenzó a creerse sus posibilidades de ponerse a la altura de las de otras capitales españolas, fue creciendo la idea de que cuando llegara la fecha de la conmemoración del primer centenario de los Sitios había que realizar alguna celebración de empaque. Así, en 1902 se acabó decidiendo que se celebraría una gran exposición industrial como nunca se había visto en la ciudad; acababa de nacer la Exposición Hispano-Francesa de 1908.

Sin embargo, en sus comienzos el proyecto estuvo en peligro, pues a pesar de la importancia que se le quería dar al evento se dudaba en si se tendría la financiación suficiente para darle el suficiente empaque. Pero finalmente, en 1906, el gobierno de España dio a la ciudad dos millones y medio de pesetas para su organización, poniéndose entonces en marcha el comité ejecutivo, a cuya cabeza se puso al gran industrial oscense Basilio Paraíso. Este ya había sido uno de los impulsores a nivel nacional de la creación de las cámaras de comercio con las que se quería fomentar la llamada regeneración del país, un movimiento con el cual se quería hacer superar a la nación la tremenda crisis moral, además del retraso acumulado que se llevaba con respecto a Europa, tras el Desastre de 1898, en el cual se perdieron los últimos retazos del gran imperio fundado en el siglo XVI.

Si bien es cierto que prevaleció el espíritu de Paraíso de que la exposición tuviera un carácter de reconciliación entre España y Francia, hubo ciertos sectores zaragozanos que preferían realizar una temática más revanchista, de exaltación nacionalista y antifrancesa. Pero el industrial aragonés supo imponerse, gracias a lo cual la participación gala fue de una enorme importancia.

La Expo de 1908 tuvo un gran impacto en muchos sentidos en esa Zaragoza en pleno crecimiento. Hasta entonces, la ciudad apenas había crecido en cuanto a extensión. Sí que lo había hecho en población, pero los Sitios habían dejado numerosos solares vacíos debido a la ruina de muchos de los conventos que había en su interior, por lo que durante casi un siglo no hubo necesidad de que se construyeran nuevos barrios. Pero a estas alturas de la historia, Zaragoza se estaba quedando ya muy constreñida, por lo que este evento se planteó también como una forma de crear el primer gran ensanche moderno de la ciudad. Este comprendió toda la zona conocida como la huerta de Santa Engracia, que antes ocupaba ese gran monasterio del que hoy en día solo nos queda la iglesia. Iría desde el actual Paseo de la Independencia hasta llegar a la misma ribera del río Huerva. En la planificación de este nuevo “barrio” se siguieron las pautas del plan Cerdá, diseñadas por el ingeniero Ildefonso Cerdá para acometer el gran ensanche que se realizó en Barcelona apenas unas décadas antes. Si os fijáis al pasear por esas calles, tienen el mismo plano, con calles rectilíneas y con chaflanes en las intersecciones para mejorar la visibilidad, aunque a una escala muchísimo más reducida.

Al frente del desarrollo de la exposición fue puesto al frente el gran arquitecto municipal Ricardo Magdalena, quien se encargó de los edificios más importantes, aunque también participó el gran Félix Navarro. Se proyectaron varios pabellones en torno a la actual Plaza de los Sitios, que fue el espacio de la expo. Algunos eran de carácter permanente, como el edificio que actualmente alberga el Museo Provincial o el de la antigua Escuela de Bellas Artes, ambos ambientados en su diseño en el esquema de los grandes palacios aragoneses del XVI. También nos ha quedado en el centro de la plaza el gran monumento a los Sitios del escultor catalán Agustín Querol, en estilo modernista, además del precioso quiosco de la música, que hoy en día está en el parque José Antonio Labordeta.

Pero la mayoría de edificios eran perecederos, construidos con materiales más baratos como la madera, el yeso e incluso el adobe, cuya funcionalidad no estaba pensada para más allá de los meses en los que durara el evento. Llegaron a participar hasta 35.000 obreros para que todo estuviera listo en la inauguración, en mayo de 1908. En la exposición participaron más de 5.000 expositores, con pabellones dedicados a la agricultura, alimentación, industrias mecánicas y a productos manufacturados. Hubo instituciones públicas, como el Ministerio de Fomento y el propio gobierno francés, cuyo pabellón en el que mostraban sus últimos avances en el sector del automóvil causaron las delicias de los visitantes. Pero también expositores privados, como por ejemplo Altos Hornos de Vizcaya, que llegó a tener su propio pabellón.

La Expo de 1908 tuvo tal éxito que se acabó alargando en el tiempo hasta su clausura el 5 de diciembre, después de haber pasado por ella más de 500.000 personas –recordemos que Zaragoza por entonces contaba con poco más de 100.000-, incluyendo varias visitas de Alfonso XIII. El recuerdo quedó ahí, hasta el punto de que justo un siglo después se volvería a repetir una exposición internacional en 2008, que una vez más, volvió a cambiar la ciudad abriéndola hacia el futuro.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza