ALFONSO I Y LA EXPEDICIÓN A GRANADA

Al hablar del reinado de Alfonso I “el Batallador” siempre se resaltan sus conquistas en el valle del Ebro o la gran victoria en la Batalla de Cutanda. Sin embargo, pocas veces reparamos en una de las expediciones más prodigiosas y a la vez curiosas que realizó. Una campaña que llevó al ejército de un Reino de Aragón que apenas llegaba a las tierras de Calamocha hasta las playas de Granada.

El rey Alfonso tuvo unas fuertes creencias religiosas, pues no en vano se crió y formó en monasterios como los de San Pedro de Siresa o el de San Juan de la Peña, entre otros. Vivió además una época de plena expansión territorial frente a los reinos musulmanes y la presencia almorávide en la península, por no hablar de ese espíritu de cruzada que desde el año 1095 y el famoso discurso del papa Urbano II en Clermont llevó a la cristiandad a realizar la Primera Cruzada para recuperar Jerusalén y los Santos Lugares. Por ello, quizás toma aún más sentido la expedición que realizó entre los años 1125 y 1126 y que le llevaron a él y sus mesnadas hasta las mismas puertas de la ciudad de Granada.

Entre los años 1118 y 1120 había conquistado todo el valle medio del Ebro y comenzaba a asentar su dominio en las estribaciones del Maestrazgo turolense, cavilando ya en su cabeza los planes para hacerse con Fraga, la llave de las futuras conquistas de Tortosa y después Valencia, que darían la tan ansiada salida al mar al reino aragonés y, quizás, la posibilidad de un pequeño sueño personal de Alfonso de embarcar y llegar a Tierra Santa como un verdadero caballero cristiano.

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Máxima expansión del imperio almorávide hacia el año 1115.

Pero en el año 1124 mientras pasaba unos días en Daroca, Alfonso recibió una extraña visita. Un grupo de mozárabes –cristianos viviendo en territorio musulmán- provenientes de Granada y encabezadas por Ibn al-Qalas, se presentaron ante el rey de Aragón solicitando su ayuda. Desde la llegada a la península de los almorávides, un gran imperio norteafricano y en plena expansión que había llegado para proteger y someter a al-Andalus en el año 1086, las condiciones de la comunidad mozárabe habían ido empeorando progresivamente. Los líderes almorávides que se habían hecho con el control de al-Andalus eran bastante menos permisivos con los que denominaban infieles, y con los años fueron endureciendo las condiciones en las que los mozárabes y judíos vivían para lograr así que se convirtieran al islam.

La situación llegó a tal punto de temor que los mozárabes granadinos decidieron buscar el apoyo del rey Alfonso, que por entonces y gracias a sus constantes victorias militares se había consagrado como el gran paladín de la cristiandad hispana. A Alfonso no le tembló el pulso y, con las promesas de esos mozárabes de que le abrirían desde dentro las puertas de Granada, decidió acudir en ayuda de estos.

Mucho se ha discutido sobre las verdaderas intenciones de Alfonso y esta expedición que le obligaba a atravesar toda la península y todo el territorio enemigo, de punta a punta. Se dice que trataba de instaurar un principado cristiano en Granada tal y como el Cid había hecho unos años antes en Valencia; que buscaba tan sólo botín y lograr un mayor prestigio en unos años en los que seguía disputándose el dominio de Castilla con el Reino de León. Incluso que lo único que quería era recoger a los miles de mozárabes que vivían por aquellas tierras para llevarlos a Aragón y con ellos repoblar las tierras de las numerosas conquistas que había realizado en los años anteriores.

Sea como fuere, los preparativos fueron rápidos. En marzo del año 1125 organizó una asamblea en Uncastillo con los notables del reino y otros señores que deseaban participar, como el conde Gastón IV de Bearne, para preparar la estrategia a seguir. Según algunas fuentes se llegaron a reclutar unos 15.000 hombres, aunque seguramente estas sean exageradas y en realidad reuniera una hueste de entre unos 5.000 y 8.000 hombres entre caballería e infantería.

Rumbo al sur

La expedición partió de Zaragoza comenzado el mes de septiembre de 1125, con el mencionado Gastón pero también con otros personajes como el belicoso obispo Estaban de Huesca, el obispo Ramón de Roda y el obispo de Zaragoza, Pedro de Librana. Una expedición de ese tamaño era imposible que se mantuviera en secreto, así que para ocultar su verdadero objetivo el ejército se encaminó vía Daroca, Monreal y Teruel hacia Valencia para que los almorávides pensaran que era este su destino. Ante sus muros se llegó en octubre, pero las tropas aragonesas se limitaron a mantener pequeñas algaradas y a arrasar los campos de la zona, siguiendo su camino a Denia a donde llegaron a finales de mes, y después siguiendo hasta Murcia. Sin embargo no se detuvieron allí, pues siguieron avanzando hasta Baza, donde se realizó la primera intentona medianamente seria de la campaña. Se intentó tomar la plaza al asalto, pero vista la resistencia mostrada se decidió continuar hasta Guadix, que fue sitiada y atacada durante un mes, pasando allí las navidades sin problemas de abastecimiento ni señal alguna de ningún ejército almorávide de respuesta. Mientras tanto, los mozárabes de las zonas por las que iba pasando el ejército se fueron uniendo a las mesnadas de Alfonso I.

Apenas ya a 60 kilómetros de Granada, su gobernador, Abu Tahir Tamim ibn Yusuf, no se atrevió a reprimir con dureza a los mozárabes que comenzaban a sentirse nerviosos ante la proximidad del ejército cristiano. Por temor a una gran rebelión, decidió no hacer ningún movimiento y se limitó a pedir ayuda a los gobernadores de Murcia y Valencia y sobre todo a su hermano, el emir Ali ibn Yusuf, que se aprestó a enviar un importante contingente desde el norte de África.

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Albaicín de Granada

Por fin, Alfonso se decidió a acometer la toma de Granada y llegó ante sus muros el 7 de enero de 1126, esperando que los mozárabes de su interior abrieran las puertas de la ciudad como le habían prometido más de un año antes. Según algunas crónicas musulmanas, las fuerzas cristianas alcanzaban en ese momento los 50.000 efectivos, pero está claro que es una cifra muy exagerada. Por otro lado, también es cierto que sus fuerzas fueron creciendo gracias a los mozárabes que se le fueron uniendo y que el cronista normando Orderic Vital cifró en alrededor de 10.000.

El ejército aragonés se asentó en la cercana localidad de Nívar esperando a que o bien los almorávides granadinos presentaran batalla o que los mozárabes de la ciudad cumplieran su palabra, se rebelaran y le abrieran las puertas. Pero tras más de 10 días soportando el mal tiempo invernal, un impaciente Alfonso comenzó a echar en cara al líder mozárabe que le había solicitado ayuda, Ibn al-Qalas, que los suyos no estaban cumpliendo su parte del trato, a lo que este contestó que el aragonés había perdido demasiado tiempo en escaramuzas desde Valencia y sobre todo en los intentos de tomar Baza y Guadix, lo que había roto el factor sorpresa y dado tiempo a los almorávides para reforzarse. Los mozárabes de Granada no se rebelarían por temor a las represalias. Ante esto, Alfonso decidió levantar su pabellón y abandonar el intento de tomar la ciudad.

La expedición en la vega de Córdoba

El siguiente objetivo fue la rica vega de la todavía opulenta Córdoba, la antigua capital del antaño poderoso Califato de Córdoba disgregado un siglo antes. Durante más de un mes rapiñaron todo cuanto pudieron en las plazas alrededor de Córdoba, tiempo que aprovechó Abu Bakr, hijo del emir de los almorávides, para preparar una fuerza con la que por fin derrotar al ejército cristiano que llevaba asolando al-Andalus impunemente más de 6 meses. Partió de Sevilla a su encuentro, el cual se produjo el 9 de marzo del año 1126 en la Batalla de Arnisol –actual Puente Genil-, que terminó con una clarísima victoria para los aragoneses.

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Mezquita de Córdoba, símbolo del esplendor del califato.

Tras la victoria, el rey Alfonso ordenó volver hacia el sur, pero esta vez directos a la costa. A través de Salobreña y Vélez-Málaga alcanza el mar de Alborán y allí, en un acto simbólico, mandó botar una pequeña embarcación en la que pescaron varios peces y el monarca seleccionó uno de ellos, comiéndoselo ahí mismo en la playa. Un acto extraño que quizás tenga algo de cumplimiento de una especie de promesa personal, o incluso se ha hablado de un significado simbólico de tomar de posesión de esas costas. Durante esos días llegó además la noticia de la muerte de la ex-esposa de Alfonso, la reina Urraca de León, y la sucesión encarnada en el hijo de esta, Alfonso VII.

Tras pasar tres días en la costa, la expedición volvió de nuevo al interior y se asentó de nuevo en la vega de Granada, a apenas 6 kilómetros de la ciudad. Pero esta vez los almorávides sí que ofrecerían resistencia.

La retirada

Durante varios días, el ejército aragonés tiene que repeler las constantes escaramuzas de los almorávides, pero al principio no tiene demasiados problemas. Y así se mantiene hasta que por fin se produce el desembarco de las tropas de ayuda provenientes del norte de África. Se trataba de dos cuerpos expedicionarios, uno comandado por Abu Hafs ibn Tuzyin y el otro por Inalu al-Lamtuni. Con la llegada de los refuerzos, los almorávides se envalentonan y comienzan ya a acosar sin tregua al ejército aragonés, que no tiene ya más remedio que emprender la retirada hacia el norte, acosado por los enemigos, el desabastecimiento y las epidemias.

En Guadix se produce una escaramuza en la que el grueso del ejército de Alfonso se salva, pero no puede evitar la derrota y termina por retirarse. La ruta elegida para la vuelta a Aragón es casi la misma de la ida, pasando por Murcia y llegando hasta Játiva, que es asaltada y tomada por el ejército cristiano. Pero a pesar de esta victoria el acoso almorávide se produjo sin descanso y el avance hacia el norte fue realmente penoso, agravado además por la lentitud que ocasionaba la protección que había que dar a la multitud de civiles mozárabes que llevaban con ellos.

Por fin, y tras más de 9 meses de campaña, Alfonso I y sus mesnadas entraron de nuevo en el Reino de Aragón, diezmados en parte, pero con varios objetivos logrados en la campaña. No se tomó Granada, pero el simple hecho de llegar hasta allí y haber logrado la victoria en la única batalla campal de importancia –Batalla de Arnisol-, hizo que el prestigio del monarca aumentara aún más si cabe. Y desde luego era algo que iba a necesitar, pues el nuevo monarca aragonés estaba dispuesto a recuperar la soberanía sobre Castilla en detrimento de Aragón. Se volvía también con un importante botín logrado en las rapiñas efectuadas, pero sobre todo con lo que con el tiempo se convirtió en el mayor logro de la expedición. Miles de mozárabes que fueron asentados en las diferentes plazas de la frontera sur de Aragón y que sostuvieron su defensa frente a las frecuentes algaradas musulmanas así como nuevos pobladores con los que trabajar nuevas tierras, artesanos y, por lo tanto, más mano de obra que se convertía en más impuestos que cobrar. Sin duda la de Granada fue una expedición digna de recordar.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza