EL MONASTERIO DE SAN JUAN DE LA PEÑA

Hace unos días hablamos del papel destacado que jugaron los monasterios en la etapa condal y en los primeros siglos del reino de Aragón. Entre todos esos monasterios, nos centramos en el monasterio de San Pedro de Siresa. Pues bien, puesto que fue el 4 de diciembre de 1094 cuando se consagró la iglesia del monasterio de San Juan de la Peña; hoy, como no podía ser de otra manera, nos vemos obligados a dedicar unas líneas a tan insigne convento. Su historia es apasionante y está envuelta por un aura de leyendas y trufada de secretos y arcanos de toda laya.

Poseemos fuentes posteriores que nos hablan de esta época primigenia del condado, pero las únicas fuentes escritas que tenemos de estos años son los cartularios de estos monasterios. Es remarcable que en el cartulario de San Juan de la Peña –conservado en la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza– aparece la primera mención de “Aragón” en la historia, que data del año 828 d.C. En la zona ya había muchos monasterios en época visigoda, aunque muchos fueron destruidos durante la ocupación musulmana. Uno de estos fue el de San Juan de la Peña, que no fue refundado hasta el año 1026 por Sancho el Mayor de Pamplona.

Al igual que el monasterio de Siresa estaba situado en las proximidades de una antigua calzada romana, el monasterio de San Juan estaba ubicado cerca del importante paso de Somport, justo por donde transcurría el camino aragonés del Camino de Santiago. Aunque fue destruido en época musulmana y no fue refundado hasta el año 1026, su cartulario nos da muestra de actividad desde el 507 al 1064. Para fechas posteriores, poseemos otro tipo de documentos.

Circuló una leyenda alusiva al origen del convento y del propio reino de Aragón. Según esta, un joven llamado Voto divisó un ciervo a lo lejos, mientras estaba montado a caballo. Acto seguido, lo persiguió al galope para cazarlo. Sin embargo, en este afán de prender a la presa, se aproximó demasiado al precipicio del monte Pano y sin darse cuenta, acabó despeñándose. Cuál fue su sorpresa, cuando milagrosamente su caballo levitó hasta posarse suavemente en la tierra, resultando completamente sano y salvo, sin ningún rasguño. Entonces descubrió una pequeña cueva en la que había una ermita dedicada a San Juan Bautista. Una vez dentro, vislumbró el frío cuerpo de un difunto. Se trataba de Juan de Atarés, un antiguo ermitaño. Anonadado por el hallazgo, marchó a Zaragoza, vendió todos sus bienes y junto a su hermano Felix, se retiró a la cueva a iniciar una vida ermitaña. Pasaron los años y en esta misma cueva, los guerreros cristianos, junto con Voto y Felix, se reunieron para elegir a García Jimenez como caudillo que les condujera a la reconquista de Jaca, Aínsa y sus inmediaciones, dando así origen al reino de Aragón.

Fueron los reyes de Pamplona y condes de Aragón, quienes en el siglo X comenzaron a favorecer al monasterio, aunque como ya hemos señalado anteriormente, no fue refundado hasta principios del siglo XI por Sancho III “el Mayor” de Pamplona. Su nieto Sancho Ramírez, ya titulado como rey de Aragón –hasta entonces se titulaban como condes-, cedió el conjunto a la orden de Cluny, que reformó y levantó la mayor parte del monumento que hoy en día se ve en un precioso estilo románico.

Fue Sancho Ramírez también quien transformó el convento en un panteón real. Allí se enterraron los primeros condes aragoneses, algunos monarcas navarros que gobernaron el territorio y los tres primeros reyes de Aragón –Ramiro I, el mismo Sancho Ramírez y Pedro I- junto a sus esposas. A pesar de todo esto, a mediados del siglo XII el monasterio entró en una continuada decadencia y languideció durante el resto de la Edad Media. Fue a partir del siglo XVI, cuando su historia se engrandeció y se convirtió en un “mito” comparable con Covadonga. Eran años en los que frente a los ataques a las tradiciones políticas del reino por parte de la monarquía de los Austrias, los aragoneses reaccionaron defendiendo sus instituciones y tradiciones políticas; y reconstruyendo, magnificando y glorificando su historia.

Sufrió dos incendios devastadores, uno en 1494 y otro en 1675, que propició que se construyera el Monasterio Nuevo en un lugar cercano. Esto no impidió que el Monasterio Antiguo de San Juan de la Peña permaneciera como símbolo. Tanto es así que, aunque la construcción del panteón real hay que remontarla hasta el siglo XI, el aspecto actual que vemos hoy en día de la sala data del siglo XVIII, pues fue reformada en el reinado de Carlos III siguiendo las indicaciones de don José Nicolás de Azara y del conde de Aranda, que quería ser enterrado en esa misma estancia.

Tampoco podemos olvidarnos de que en este lugar se guardaba, desde 1071 a 1399, el supuesto Santo Grial con el que Jesús celebró la Última Cena. Se ubicó aquí para que los peregrinos del Camino de Santiago eligieran optar por el camino aragonés, que pasaba por el monasterio. Finalmente, el vaso sagrado se trasladó a la Aljafería de Zaragoza y posteriormente a la Catedral de Valencia.

Santiago Navascués Alcay

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza