SEMANA SANTA EN ZARAGOZA: OCHO SIGLOS DE HISTORIA

En los primeros días de marzo la jornada comienza a alargar, ya no se hace tan necesario enterrarse en el abrigo y el sol de la tarde nos permite alargar el paseo o el rato de terraza. Son pequeños detalles del día a día que nos recuerdan que el invierno llega a su fin y que la primavera inaugurará un nuevo ciclo. Nuestra capital, Zaragoza, suma algunos detalles más a este momento del año: al caer la tarde el Cierzo nos acerca el rumor de los tambores -ese que Buñuel eligió como banda sonora común a todas sus películas-, los escaparates se visten con nuevos colores y los pasos e imágenes procesionales abandonan sus almacenes y parroquias para engalanarse y tomar las calles. Ya llega un año más. Ya está aquí la Semana Santa.

Hablamos del momento litúrgico más importante para los católicos, pero también de un fenómeno social, cultural y turístico de difícil comparación con cualquier otro. Esta fiesta, sin fecha fija, se rige por los ciclos solar y lunar: la Pascua comienza el primer domingo tras la primera luna llena de primavera, lo cual marcará las fechas del tiempo litúrgico previo, Cuaresma y Semana Santa, además del resto de fiestas principales de la fe católica.

La Semana Santa se celebra y conmemora de diferentes maneras en todo el mundo. En España cada manifestación de fe en torno a la pasión, muerte y resurrección de Cristo tiene sus propias características. Nada tiene que ver la austeridad de las procesiones castellanas con el modo en que los andaluces viven sus estaciones de penitencia. El de Zaragoza es uno de los casos más particulares y ofrece el resultado de siglos de evolución, de su propia y constante reinvención y, como en tantas otras cosas, de las múltiples influencias que su privilegiado enclave geoestratégico le proporciona. 

Por todo ello, la Semana Santa zaragozana del siglo XXI es muy diferente a la que fue en sus orígenes. Vamos a recorrer sus más de ocho siglos de historia para conocer cómo nace la celebración de procesiones y otras manifestaciones públicas de fe, cómo evoluciona durante las diferentes épocas y cuáles son las características actuales de este gran fenómeno. 

Siglos XIII-XVIII: el origen de la Semana Santa de Zaragoza

Analizar y explicar su nacimiento y desarrollo resulta imposible sin hablar de dos instituciones medievales: La Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís y la Hermandad de la Sangre de Cristo. El cronista Jerónimo Zurita ya documentó la intención de fray Juan de Florencia, que llegó en 1219 a Zaragoza, de fundar en la ciudad un convento de la Orden de San Francisco. Fue en 1286 cuando comenzó la construcción de dicho convento en lo que hoy es la Plaza de España (entonces extramuros, aunque muy próximo a la puerta Cinegia). 

Los religiosos del convento de San Francisco, entre otras tareas, realizaban la recogida de los cadáveres abandonados, aunque con el paso del tiempo fueron delegando la tarea en grupos seglares que se organizaron en el seno de la Hermandad de la Sangre de Cristo, de la que sabemos que a finales del siglo XIII ya tenía una capilla propia en la iglesia del convento y que a lo largo de su historia ha sufrido grandes transformaciones. Actualmente, dicha Hermandad sigue desempeñando la importante labor de levantamiento y traslado de los restos de personas fallecidas en la vía pública, por muerte no natural o en evidentes condiciones de soledad y abandono, cumpliendo un acuerdo -revisado en 2010- con las autoridades sanitarias y judiciales vigentes y mostrando, sin duda, un envidiable espíritu altruista.

La historia de estas dos instituciones avanza de la mano a través de los siglos. Tenemos noticia de la organización, por parte de ambas -o en colaboración- de diferentes cultos durante los días de la Semana Santa ya en los siglos XIV, XV y XVI, además de la celebración de Vía Crucis durante la Cuaresma. Los días de Martes Santo y Viernes Santo se celebraban las procesiones del Encuentro y del Santo Entierro y el Domingo de Resurrección se conmemoraba el inicio de la Pascua. La iglesia del Convento de San Francisco, la ermita del Santo Sepulcro y los oficios de las diferentes parroquias de Zaragoza fueron los escenarios de la celebración de la Semana Santa sin muchos cambios durante varios siglos. La primera constancia histórica de la realización de la procesión del Santo Entierro la encontramos en el siglo XIV como cumplimiento de una disposición real y sabemos algunos detalles tanto de su lugar de salida -el convento de San Francisco- como de su recorrido. También sabemos que en 1554 tuvo lugar una procesión de disciplinantes en la noche del Jueves Santo que salía desde el convento de San Agustín. Estos disciplinantes -llamados también “penitentes de sangre”- se flagelaban públicamente durante el recorrido de la procesión para redención de sus pecados. Naturalmente, no podemos tratarlo como un hecho esporádico, sino entender que existía dicha costumbre y que lo que nos llega es el ejemplo de un año concreto de un hecho arraigado. 

El siglo XVII supone un momento importante para la historia de la Hermandad de la Sangre de Cristo. El archivo de esta corporación data en 1622 la donación de varios enseres procesionales para la procesión del Santo Entierro por parte de su hermano mayor, don Juan Funes de Villalpando y Ariño, Marqués de Osera, tales como los estandartes que representaban las partes del mundo. Existe también documentación de 1666 que recoge los actos que celebró en aquella Semana Santa la Hermandad de la Sangre de Cristo: el Descendimiento de la Cruz y la procesión del Santo Entierro. Durante el siglo XVIII se documenta la pérdida de buena parte del archivo original de esta Hermandad por diferentes incendios e incluso la reparación y pago de los desperfectos con fondos de dicha institución. 

Otro de los espacios privilegiados para el desarrollo de la Semana Santa zaragozana y de gran trascendencia histórica es, sin duda, la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal y que hoy en día es el epicentro de la mayor parte de los desfiles pasionarios, incluyendo, naturalmente, la procesión del Santo Entierro. El 8 de julio de 1678 la Diputación del Reino de Aragón proclama patrona a Isabel de Portugal, hija de Pedro III el Grande y el templo -así como el convento de los padres Teatinos en las inmediaciones, orden fundada por San Cayetano de Tiene, de ahí el nombre de San Cayetano por el que se conoce la capilla vulgarmente- concluyó su construcción en 1706. Este templo supone uno de los ejemplos más bellos de la arquitectura barroca aragonesa. Del año 1770 conocemos una reglamentación para la celebración de la Semana Santa y documentación que recoge la celebración de Sermón de la Pasión, el Descendimiento de la Cruz o la celebración del Domingo de Pascua y sabemos que a estos actos asistía numeroso público y las autoridades de la ciudad.

Iglesia de Santa Isabel de Portugal o San Cayetano, Zaragoza

Ya en esta época, a finales del siglo XVIII, sabemos que la Hermandad de la Sangre de Cristo poseía, al menos, los pasos del Cenáculo, de la Oración del huerto, el Prendimiento, Jesús con la cruz a cuestas, una imagen del Ecce-Homo, otra de Jesús atado a la Columna, conjunto escultórico del Calvario, paso de la Muerte, del Descendimiento, de San Pedro y un Sepulcro. En 1800 la Hermandad encargó la construcción del paso de San Juan y María Magdalena. El objetivo de la Hermandad siempre fue completar la representación escultural de la Pasión y muerte de Cristo. Todos estos pasos fueron obra de artistas como Francisco Arbella, Pedro de León, Mariano Sanz, Manuel Guiral… un rico patrimonio artístico que se perdió durante la Guerra de Independencia

Siglo XIX: Guerra de la Independencia y restablecimiento de la Hermandad de la Sangre de Cristo

El convento de San Francisco se mantuvo en su emplazamiento hasta su voladura en 1809 por las tropas francesas, durante el segundo sitio de Zaragoza, cuando se perdieron la mayoría de las imágenes devocionales y enseres -hachones, estandartes, incensarios…- que salían en las procesiones.  A mediados del siglo XIX, sobre sus ruinas, comenzaría a edificarse la actual sede de la Diputación Provincial de Zaragoza. Tras la destrucción del convento de San Francisco, la Hermandad de la Sangre de Cristo trasladó todos sus bienes y su propia sede a la Real Capilla de Santa Isabel de Portugal. 

La imagen del Santísimo Cristo de la Cama fue la única imagen procesional de cuantas salían en el Santo Entierro que sobrevivió a Los Sitios. María Blázquez, salvó la imagen de su destrucción y una pequeña comitiva la llevó en procesión al Palacio Arzobispal, portando también una de las banderas de las partes del mundo. Se trató de un improvisado desfile del que sabemos incluso el recorrido: Coso, callejón del Trenque -hoy en día forma parte de Don Jaime I- y las callejuelas de Santa Cruz y Santiago. Finalmente, lograron llegar ante el general Palafox quien decidió trasladar la imagen al templo del Pilar. En 1810 se trasladó a la iglesia de Santa Cruz de la que los hermanos de la Sangre de Cristo habían recibido llave. Por último, en 1813, el día de Nochebuena, se trasladó a San Cayetano. 

Concluida la guerra, la Hermandad de la Sangre de Cristo se hace cargo desde ese momento de la reparación de muchos desperfectos en el templo y adecúa los diferentes espacios y capillas para la exposición de su patrimonio. El Santo Cristo de la Cama tiene capilla propia y un retablo que Matías Ayerdi labró en 1818: en una urna de cristal, sobre la mesa del retablo yace la imagen de Cristo y en la parte superior, en una hornacina, figura la imagen de la Virgen de los Dolores. Se completa el retablo con otras imágenes del siglo XIX.

Desde 1817 la Hermandad de la Sangre de Cristo busca diferentes formas para financiar la construcción y talla de nuevos pasos e imágenes procesionales para recuperar el esplendor de la procesión del Santo Entierro. Así, organizan corridas de toros y novilladas en la plaza de toros de la Misericordia, con notable éxito de público que satisfizo el propósito de la hermandad. Durante las décadas de los 20, 30 y 40 de esta centuria diferentes vicisitudes propician el traslado del Cristo de la Cama a la restaurada capilla de San Francisco. En 1835, cuando los PP. Teatinos fueron expulsados del convento como resultado de la Desamortización, comienza un proceso de colaboración entre la orden y la Hermandad de la Sangre de Cristo. Además, el templo de Santa Isabel de Portugal pasará en 1842 -después de no pocas gestiones- a ser propiedad de la Diputación Provincial, aunque esta asumía los costes de su mantenimiento y se comprometió a respetar todas las prerrogativas que la Hermandad de la Sangre de Cristo había adquirido hasta la fecha. 

Paso de la Cofradía del Nazareno ante la Seo de Zaragoza

En 1857 se amplía la sala capitular de la capilla y la Hermandad de la Sangre de Cristo instala mobiliario adecuado para la conservación de los enseres procesionales del Santo Entierro. En esta década el capítulo de hermanos receptores acuerda el encargo de la imagen de la Virgen de los Dolores a Antonio Palao y completa el esquema de la procesión del Santo Entierro que perduró hasta principios del siglo XX concluyendo la construcción de un completo Vía Crucis escultural que requirió notables esfuerzos desde el final de la Guerra de Independencia. Al siglo XIX pertenecen muchos de sus pasos -aunque algunos de ellos ya no salen en las procesiones- de los escultores Luis y Vicente Muñoz, José Alegre, Antonio José Palao Marco…

Principios del siglo XX: de la reforma del Santo Entierro a la II República

La Semana Santa no escapó a los nuevos aires que 1908, con su Exposición hispano-francesa, trajo a la ciudad de Zaragoza. El Sindicato de Iniciativas de Aragón convocó un concurso en este año para la reforma de la procesión del Santo Entierro cuyas bases se publicaron el 7 de abril de 1909. Para participar era necesario haber nacido o residir en Aragón y presentar un proyecto claro, dotado de planos, esquemas, figurines… La Hermandad de la Sangre de Cristo se comprometía a facilitar la información necesaria a todos los interesados para que pudieran conocer de primera mano los últimos siglos de historia de la procesión. Los premios ascendían a mil pesetas para el ganador y doscientas al accésit, pequeñas fortunas para la época. 

Mariano Oliver Pascual y José Nasarre Larraga ganaron el concurso y a partir de 1910 los responsables de la Hermandad comenzaron a trabajar en la puesta en marcha de su proyecto. Pidieron ayuda a los comerciantes y hosteleros de Zaragoza para acelerar el proceso, pues la inyección económica era tan costosa como necesaria, y contaron con la opinión de algunos de los escultores más ligados a la corporación, como Carlos Palao, que no apoyaba la idea de reformar los pasos ni las imágenes -por respeto a sus autores- y quien, además, trató de explicar que renovar todos los pasos supondría un desembolso importantísimo. 

Se establecieron una serie de prioridades y, año tras año, el proyecto fue tomando forma. En 1913 la procesión del Santo Entierro ya presentaba una imagen muy renovada. Se cambió por completo el vestuario de los acompañantes de muchos pasos, la guardia pretoriana estrenó uniforme y se encargaron algunos nuevos conjuntos escultóricos, como El Pecado y la Redención y la Oración en el Huerto, ambos de Francisco Borja. Entre 1913 y 1931 la gran procesión de la Semana Santa de Zaragoza contó con numeroso público y, sin duda, se asentó como una de las manifestaciones religiosas y populares más importantes de nuestro país.

Durante los años 1932, 1933 y 1934, primeros años de la Segunda República, y ante la imposibilidad de sacar en procesión el estandarte real, no se realizó la procesión del Santo Entierro por decisión de la Hermandad de la Sangre de Cristo en su capítulo general. El año 1935 es decisivo para la historia de la Semana Santa zaragozana por varios motivos. Aunque a primeros de abril se anunciaba en prensa la restauración de buena parte de los pasos, trece días antes del Viernes Santo, en la noche del 9 al 10 de abril, tuvo lugar un hecho trágico para el devenir de la inminente Semana Santa: una o varias personas provocaron un incendio en el almacén de la calle Monreal donde estaban depositados los pasos, pero afortunadamente muchos de ellos ya habían sido trasladados a sus sedes para todos los preparativos propios de esos días. Resultó muy dañado, casi destruido por completo, el paso de la Entrada de Jesús en Jerusalén.

Los terceroles, tradicionales portadores de los pasos, se pusieron en huelga -dada la creciente conflictividad social y laboral de aquel momento- y tuvieron que ser unos cuatrocientos voluntarios, miembros de diferentes asociaciones religiosas, los que sacaron los pasos a hombros. Durante aquella procesión del Santo Entierro de 1935 un nuevo atentado, en este caso la colocación de una bomba, sembró el pánico por un momento entre los asistentes, pero la procesión se reanudó sin más incidentes. Concluyó, como siempre, en Santa Isabel de Portugal bien entrada la noche. 

La citada huelga de terceroles motivó que para el año siguiente se pensara en carrozar los pasos procesionales y, por otra parte, supuso la organización de diferentes grupos pertenecientes a agrupaciones católicas. Entre 1936 y 1937 se dotó de ruedas a la mayor parte de los pasos del Santo Entierro, fenómeno que cambió drásticamente la estética tradicional de la Semana Santa de Zaragoza. 

1937: el nacimiento de una nueva Semana Santa

En 1937 se funda la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro que tomará en usufructo el paso de la Piedad obra de Antonio José Palao Marco, perteneciente a la Hermandad de la Sangre de Cristo, organizando procesión independiente en la madrugada del Viernes Santo, además de participar con hábito y enseres propios en la procesión del Santo Entierro. Este hecho desata un nuevo fenómeno y en los años siguientes surge la mayoría de las cofradías y hermandades de cuantas componen hoy la Semana Santa de Zaragoza. Es obvio que el clima social, en los inicios de una dictadura de corte nacionalcatolicista, era adecuado para la creación de asociaciones de fieles, por lo que, a pesar de las dificultades económicas de la posguerra, las nuevas cofradías contaron con la aprobación y el apoyo de las instituciones eclesiásticas y con importantes donaciones por parte de organismos y particulares para sufragar sus comienzos. En 1949 el arzobispo de Zaragoza Rigoberto Doménech y Valls ordenó que las cofradías que participaban en la procesión del Santo Entierro debían ser filiales de la Hermandad de la Sangre de Cristo, siendo la que debía aprobar la fundación de una nueva cofradía para posteriormente ratificar el arzobispado la aprobación de sus estatutos.

Paso de Jesús camino del Calvario durante la Procesión del Encuentro

Así, en 1938 se fundan la sección de la Virgen de los Dolores en el seno de la histórica Hermandad de San Joaquín y la Cofradía de Jesús Camino del Calvario; en 1939 la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén; en 1940 la Cofradía de las Siete Palabras y de San Juan Evangelista por parte de la juventud de Acción Católica -primera en incorporar tambores del Bajo Aragón en sus desfiles, por expreso deseo de su fundador, Mosén Francisco Izquierdo Molíns, natural de Torrecilla de Alcañiz– y la Cofradía del Descendimiento de la Cruz y Lágrimas de Nuestra Señora; además, en el mismo año, la Esclavitud de Jesús Nazareno de la parroquia de San Miguel, que ya participaba en el Santo Entierro, se convierte en filial de la Sangre de Cristo; en 1941 la Cofradía del Señor Atado a la Columna; en 1943 la Cofradía de Nuestro Señor en la Oración del Huerto; en 1944 se fundó la Cofradía del Silencio, del barrio de San Pablo y en 1946 la Congregación de Esclavas de María Santísima de los Dolores, del mismo barrio, aunque ya con dos siglos de historia, pasó a ser filial de la Hermandad de la Sangre de Cristo; en 1947 la Cofradía de la Institución de la Sagrada Eucaristía y la Cofradía del Prendimiento del Señor y el Dolor de la Madre de Dios; en 1948 la Cofradía del Santísimo Ecce Homo y de Nuestra Señora de las Angustias, por iniciativa, también de Mosén Francisco Izquierdo, que incorporó a esta cofradía la matraca o doblera de mano como instrumento característico; en 1951 se fundó la Cofradía de la Coronación de Espinas por miembros del patronato obrero de Fuenclara; en 1952 la Cofradía de la Crucifixión del Señor y de San Francisco de Asís, muy vinculada a la Venerable Orden Tercera de San Francisco; En 1960 la Cofradía de Nuestra Señora de la Asunción y llegada de Jesús al Calvario, del barrio Oliver; en 1976 la Hermandad de Cristo Resucitado y Santa María de la Esperanza y del Consuelo, con sede en el colegio de Agustinos.  

Muchas de estas cofradías, fundadas entre las décadas de los años 30 y 40, ya han celebrado -o están a punto de hacerlo- su 75º Aniversario. Todas ellas han desarrollado diferentes actos conmemorativos, pero siempre muy centrados en su pasado, sus orígenes han visto en ellos la oportunidad de reflexionar sobre su propia evolución.

Último cuarto del siglo XX: creación de una identidad propia 

A partir de la Transición asistimos a varias décadas de verdadera transformación de la Semana Santa de Zaragoza, caracterizadas por la incorporación de diferentes instrumentos tradicionales, especialmente el tambor, el timbal y el bombo que facilitaron el ingreso de muchos nuevos cofrades en las diferentes corporaciones. Del mismo modo, todas las cofradías durante este periodo se preocupan por restaurar y engalanar sus pasos -la mayoría, propiedad de la Sangre de Cristo, aunque, poco a poco, algunas han ido adquiriendo otros en propiedad-, por incorporar nuevos enseres y atributos procesionales y diseñar una estética propia y distintiva de otros lugares de España e incluso elementos diferenciadores del resto de cofradías de Zaragoza. 

También en estas décadas desaparecen algunas cofradías, como la del Cristo de la Buena Muerte de los caballeros Legionarios, la de la Esperanza Macarena y Cristo de los Sitios, la Cofradía de Cristo Desamparado o la Hermandad de Jesús ante Caifás. Del acuerdo de algunos antiguos miembros de esta última corporación surgió en 1993 la Hermandad de Jesús de la Humildad. La desaparición de estas cofradías se debe a cuestiones muy particulares, pero podemos afirmar que el auge de las cofradías tradicionales y el asentamiento de las cofradías más jóvenes solo muestran la buena salud en que durante los años 70 y 80 gozaban todas ellas.

En las últimas décadas han surgido nuevas cofradías, no todas ellas filiales de la Hermandad de la Sangre de Cristo, aunque a pesar de ello todas participan en la procesión del Santo Entierro. En 1987 se fundó la Cofradía de la Exaltación de la Santa Cruz en el barrio de Casablanca; en 1991 la Cofradía de Jesús de la Humillación y María Santísima de la Amargura, San Felipe y Santiago el Menor en la parroquia de San Felipe -como refundación de una sección penitencial de la Cofradía del Rosario-; en 1992 la Cofradía de Cristo abrazado a la Cruz y de la Verónica en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen; en 1993 la Hermandad de Jesús de la Humildad y María Santísima del Dulce Nombre con sede en el Convento de las RRMM de Santa Mónica, en el barrio la Magdalena. 

En los siguientes años hay varios intentos por la creación de nuevas cofradías, pero el hecho de que el Vía Crucis escultural que compone la procesión del Santo Entierro ya esté casi completo, dificulta la aprobación de nuevas hermandades por parte del Arzobispado. Sin embargo, en 2007 se aprueban los estatutos de la Hermandad de Cristo Despojado de sus Vestiduras y Compasión de Nuestra Señora con sede en la céntrica iglesia de San Juan de los Panetes y en 2017 se instituyó como cofradía penitencial la Cofradía de Jesús de la Soledad ante las Negaciones de San Pedro y de San Lamberto, que ya existía en el barrio de Miralbueno -donde tiene su sede y concentra buena parte de su actividad, como hermandad de gloria, desde 1922-.

En la actualidad, una corporación de la parroquia de San Valero en el barrio de las Delicias, la Agrupación Parroquial del Santísimo Cristo del Amor y Buen Fin y María Santísima de la Esperanza Trinitaria, organiza su procesión independiente y supone uno de los ejemplos más interesantes en cuanto a fervor, devoción y buen gusto en su estética. Esta agrupación y la Hermandad del Santo Sepulcro, cuyos primeros datos sitúan su existencia en el siglo XIV, son las únicas que a pesar de su carácter penitencial no forman parte de la Junta Coordinadora de Cofradías ni participan en la procesión del Santo Entierro.

Las nuevas aportaciones de varias cofradías y el auge de la Semana Santa, en general, hacen que esta fiesta se declare de interés turístico regional en 1996, de interés turístico nacional en 2001 e internacional en 2014.

Finales del siglo XX e inicios del siglo XXI: mucho más que procesiones

Las dos últimas décadas del siglo XX y las dos primeras del siglo XXI han supuesto una serie de importantes cambios en la Semana Santa de Zaragoza. En los años 80 y 90 prácticamente todas las cofradías admitían ya a las mujeres como hermanas de pleno derecho, a pesar de que todavía dos de ellas, La Cofradía de la Piedad y del Santo Sepulcro y la Hermandad de la Sangre de Cristo no lo permiten -así como la Congregación de Esclavas de María Santísima de los Dolores no admite hombres-. Desde la admisión de las mujeres en las cofradías, estas aumentan exponencialmente en número y participación en los actos públicos. A pesar de que al principio hubo incluso elementos diferenciadores en los hábitos de hombres y mujeres -algunos muy curiosos, como escudos pectorales diferentes en la Cofradía de la Llegada de Jesús al Calvario, diferente prenda de cabeza en la Cofradía de la Coronación de Espinas o en la Esclavitud de Jesús Nazareno…- han ido despareciendo para que en la actualidad no exista ninguna diferencia entre hombres y mujeres en lo que a derechos y deberes se refiere. 

Nuevos instrumentos, como las cornetas, fueron apareciendo en la década de los 90 y los primeros años del siglo XXI en las diferentes secciones de las cofradías, primero como grupos de las mismas -llamados piquetes- y, posteriormente, incluso formando asociaciones independientes con el estudio y trabajo de la música procesional como principal fin, tales como la Banda de cornetas y tambores Virgen del Pilar o la Banda de San Pablo, de gran calidad artística y proyección a nivel nacional y bajo la dirección de expertos con conocimientos de música. Las bandas de música, como las municipales de Villanueva de Gállego, Botorrita o Ejea de los Caballeros son agrupaciones que participan con frecuencia en los desfiles procesionales de algunas cofradías. En la procesión del Pregón, el Sábado de Pasión, desfilan grupos que muestran los instrumentos típicos de Zaragoza: El Piquete de Honor de la Junta Coordinadora de Cofradías, una gran Banda de tambores timbales y bombos -ambas agrupaciones formadas por miembros de todas las cofradías que tienen secciones de instrumentos-, matracas de la Cofradía del Ecce-homo las carracas de la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén y las heráldicas de la Cofradía del Silencio.

El patrimonio artístico ha sufrido una sensible mejora en los últimos tiempos. Muchos de los pasos construidos durante el siglo XIX han ido sustituyéndose o restaurándose con el fin de potenciar la calidad artística de cuanto se muestra en las procesiones zaragozanas. Algunas de las tallas más antiguas, como el Santo Cristo de la Cama y el Ecce-Homo -de autores anónimos-, el Cristo del Refugio -atribuido a Juan de Mesa- o el Cristo de la Agonía -de Jerónimo Nogueras-, por citar algunos ejemplos, son auténticas joyas de los siglos XV y XVI. Durante el siglo XX algunos autores locales como Francisco Rallo o los escultores Daniel y José Luis Clavero trabajan diferentes imágenes y pasos para las cofradías. Otros escultores españoles, como Antonio Labaña, Manuel Martín Nieto, Francisco Berlanga, José Antonio Navarro Arteaga o Juan Manuel Miñarro López han logrado en los últimos años que la calidad artística del conjunto escultural que compone la Semana Santa de Zaragoza sea mucho más rica y homogénea. 

Dos jóvenes escultores, nacidos en Zaragoza, comienzan a recibir importantes encargos. Hablamos el imaginero y pintor Víctor Carazo -de cuya obra destaca Jesús Nazareno de Utebo o su Cristo atado a la Columna para Almonacid de la Cuba, además de las cartelas del paso de misterio de Jesús de la Humildad en Zaragoza entre otros muchos ejemplos- y el escultor e imaginero Adrián Moya, zaragozano afincado en Sevilla, quien ha realizado varios trabajos para la parroquia del Perpetuo Socorro de Zaragoza, piezas de orfebrería y detalladas miniaturas de imágenes y pasos procesionales.

Existe también un interés entre los cofrades por recuperar la forma tradicional de llevar los pasos en Zaragoza hasta 1935, el llamado sistema de varal, cargando el peso, por lo tanto, a hombros. Así, la Cofradía del Santísimo Ecce-Homo ha hecho un gran esfuerzo por volver a llevar su antiquísima imagen a varal y la Cofradía de las Siete Palabras optó por este sistema para su nuevo paso de Miñarro. Además, tres son las corporaciones que optaron por los pasos a costal, sistema típico del sur -especialmente de la Semana Santa de Sevilla- para portar sus imágenes: la Cofradía de la Institución de la Sagrada Eucaristía con sus dos pasos -el Amor Fraterno y la Santa Cena-, la Hermandad de Jesús de la Humildad con su paso de misterio que representa la condena de Caifás, jefe del Sanedrín, y su paso de palio -María del Dulce Nombre es la única imagen de la Virgen portada a costal en Zaragoza- y la Agrupación parroquial de la Esperanza Trinitaria con su impresionante paso de misterio. Ambas formas de portar los pasos, varal y costal, conviven en Zaragoza -junto a los pasos carrozados- como un ejemplo más de su carácter cosmopolita, hospitalario e integrador de todos los aires que llegan a la ciudad. 

Pero la Semana Santa de Zaragoza no solo es un ejemplo importantísimo de patrimonio artístico: desde los años 80 -sorprende el poco material anterior a este momento-, estudiosos y asociaciones de su historia han trabajado en importantes publicaciones, congresos y actos académicos. Merecen especial mención los historiadores Wilfredo Rincón García, y Alfonso García de Paso, que elaboraron el primer estudio específico de la Semana Santa en Zaragoza; el periodista Carlos Cebrián González con su interesante trabajo La Semana Santa zaragozana, Jorge Gracia Pastor, con sus innumerables artículos en diferentes publicaciones de la Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores, en la publicación anual de la Junta Coordinadora de Cofradías, en la Revista Redobles -que editaron y coordinaron Sergio Navarro Villar y César Catán Pablo-, en los cuadernos Tercerol de la Asociación para el Estudio de la Semana Santa, donde destaca la labor de coordinación de Ricardo Navarro González y Luis de Paz Lasheras, además de títulos propios como De procesiones por los sitios de Zaragoza o sus populares Cartas cofrades; e incluso estudios muy recientes sobre la presencia de la música en las procesiones y actos litúrgicos a lo largo de la historia que ha publicado recientemente Carlos González Martínez, quien, además, lleva a cabo un notable esfuerzo por recuperar la música de capilla y la tradición de ministriles de nuestra capital. 

Otras asociaciones, como Terceroles -con su acto Dominum Nostrum, la apertura de los sentidos-, Capirotes y Terceroles, La Rotonda o el Sanedrín organizan diversos actos y entregas de premios, especialmente durante la Cuaresma. Algunas publicaciones muestran, de manera gráfica, el auge de la Semana Santa de Zaragoza en las últimas décadas, tales como Luz de primavera que reunió el trabajo de profesionales fotógrafos vinculados a las cofradías: Fernando Pinilla, Óscar Puigdevall, Jorge Sesé y Tomás Vela.

También debemos destacar la labor social de las cofradías de Zaragoza. No solamente colaboran activamente con diferentes organizaciones como los bancos de alimentos o la Hermandad del Refugio, sino que tienen sus propias comisiones permanentes para organizar campañas de donación de sangre, recolección de material escolar, mantas para personas sin hogar… Una labor callada y muy desconocida que suma los esfuerzos de muchos voluntarios anónimos.

Las cofradías, hermandades, congregaciones y agrupaciones que forman hoy la Semana Santa de Zaragoza están presentes en Internet, tanto en sus páginas web como en sus perfiles en todas las redes sociales donde, de muy diferentes maneras, dan muestra de su día a día, de un modo desenfadado y simpático, como la cofradía del Ecce-Homo con su entrañable “mascota”, Matraquete,  o de gran profundidad espiritual, como la Hermandad de Jesús de la Humildad o la Cofradía de la Institución de la Sagrada Eucaristía, corporación que en estos momentos celebra su 75º Aniversario con, además de otras actividades, una importante sección que recorre su historia -¿sabías qué…?– en Facebook e Instagram.

Muchos ejemplos, en fin, de que la Semana Santa de Zaragoza, a pesar de las lógicas dificultades de los dos últimos años, está más viva que nunca, despierta gran interés en la sociedad y atrae visitantes de toda España y muchos países para vivir de una forma diferente, colorista, sensorial y particular una tradición viva, una historia intensa, una fiesta única.

Rubén Larrea Perálvarez

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza