EL SANTO GRIAL, EL REY ARTURO Y ARAGÓN

Un 19 de marzo de 1437 el rey Alfonso V de Aragón entregó el Santo Grial a la catedral de Valencia, el supuesto cáliz de la última cena que, según la tradición, estuvo en Huesca y Yebra de Basa, para después pasar por el monasterio de San Juan de la Peña, Zaragoza y finalmente la catedral de Valencia, donde se encuentra actualmente. La historia y el recorrido de esta copa son apasionantes.

Erasmo de Rotterdam irónicamente afirmó que en sus tiempos (siglo XVI) había tantos fragmentos de la cruz que se podría construir un barco. Algo parecido ocurrió con el Santo Grial. Hubo muchos candidatos a ser el verdadero cáliz de la última cena, entre ellos el que albergó el monasterio de San Juan de la Peña.

EL VIAJE DEL GRIAL

Viejas historias cuentan que el Grial quedó en manos del apóstol Pedro que, al ser el primer papa, lo llevó a Roma. Al principio el cristianismo era perseguido por los romanos y en el siglo III el emperador Valeriano ejecutó al papa Sixto II. Su diácono, San Lorenzo, salvó el Santo Grial y ordenó a unos soldados que llevaran la reliquia a la casa de sus padres en Osca (actual Huesca).

Ante la llegada de los musulmanes en el siglo VIII, el obispo de Huesca Acisclo decidió huir a las montañas, llevando consigo el Santo Grial a Yebra de Basa. Desde allí, la reliquia pasó al monasterio de San Pedro de Siresa y de ahí al monasterio de San Juan de la Peña, hasta que el rey Martín el Humano la trasladó al palacio de la Ajafería de Zaragoza y años más tarde a Barcelona.

Posteriormente, el rey Alfonso V el Magnánimo, en el siglo XV, entregó la copa a la catedral de Valencia, donde se encuentra actualmente. Lo que ocurrió es que el monarca se la cedió al cabildo catedralicio de la ciudad como prenda por un préstamo de 40.000 ducados, empleados en sus guerras por tierras napolitanas. Como nunca devolvió el préstamo, la catedral se quedó con el cáliz.

La doctora Ana Mafé García, partiendo del hecho de que tuvo lugar la última cena que narran los evangelios, defiende que hay un 99,9% de probabilidades de que el cáliz de Valencia fuera el original. Ha demostrado muy convincentemente que ese cáliz es palestino y contemporáneo de Jesús, a diferencia del resto de candidatos a ser el Santo Grial. Así que, si fue real esa última cena que nos cuenta la Biblia (esto ya es cuestión de fe), el cáliz de Valencia tiene más papeletas que ningún otro para ser el que utilizó Jesús.

EL SANTO GRIAL Y EL REY ARTURO

Hay tres grandes epopeyas medievales: la Chanson de Roldán, el Cantar del Mío Cid y el Ciclo Artúrico. El Santo Grial en el que Cristo repartió el vino en la última cena es casi tan protagonista del ciclo artúrico como el propio rey Arturo, puesto que uno de los principales deberes de este rey es custodiar el santo cáliz. Lo que muchos no saben es que quizás fue uno de los reyes de Aragón quien inspiró la leyenda del rey Arturo. Me refiero a Alfonso I el Batallador.

Este monarca fue un gran conquistador y ferviente cristiano luchador contra el infiel (era como llamaban a los musulmanes en la época), algo muy acorde con los ideales caballerescos de la época que encarna la figura del rey Arturo. Además en su reino se encontraba el “Santo Grial”.

En los últimos años André de Mandach, Sergio Solsona Palma y José Luis Corral Lafuente vienen sosteniendo que quizás las leyendas artúricas estén inspiradas en el rey Alfonso el Batallador. Hay muchos argumentos de peso.

“Alfonso I el Batallador”, óleo De Francisco Pradilla

A comienzos del siglo XIII el poeta alemán Eschembach escribe un poema artúrico en que no nos habla de un rey Arturo sino de un “rey Pescador” llamado Anfortas y del Santo Grial ubicado en las montañas del norte de Hispania que bien podrían ser los Pirineos. El poeta nos describe al rey Anfortas de la siguiente manera: “un rey en las montañas del norte de Hispania”, “tenía dos hermanos que también fueron reyes” (Alfonso tenía dos hermanos que accedieron al trono: Pedro I y Ramiro II), “muy cristiano” y “gran militar”. Todo encaja. Además, Alfonso en una de sus campañas en la que intenta conquistar Granada, llegó al mar y ordenó que le pescaran un pez. Era un acto simbólico para un monarca del interior peninsular, que había cruzado toda la península y que tomaba así posesión simbólica de aquél mar de Alborán. Quizás fuera esto lo que diera pie al sobrenombre de “rey Pescador” que aparece en las leyendas artúricas.

El nombre de Anfortas que aparece en el relato de Eschembach también tiene su intríngulis. Puede que llegaran a Francia e Inglaterra monedas con el nombre del rey Alfonso, medio borradas, y que se confundiera el “Alfonsus” que aparecía en ellas con “Anfortas”, palabra que puede ser también la abreviatura de Alfonsus Totius Rex, título con el que se hacía llamar y que es posible que apareciera en estos materiales.

Hay más datos que dan pie a esta hipótesis: el primer relato de la vida del rey Arturo corresponde a Godofredo de Monmouth, que es contemporáneo de Alfonso I. El primo de este último, Rotrou II, era conde de Perché. Puede que de ahí surgiera el nombre del caballero Perceval del ciclo artúrico. Por otra parte, el caballero Gastón de Bearn, compañero de armas de Alfonso el Batallador, puede que derivara en Galbearn y de ahí en sir Gawain. Es más, durante su reinado el caballero Pedro González de Lara rescató a Doña Urraca, esposa de Alfonso I, a la que él mismo tenía presa en el castillo aragonés de El Castellar. Puede que esto inspirara el triángulo amoroso de la leyenda entre el rey Arturo, Lady Ginebra y Sir Lancelot. Como podéis ver, el asunto del Santo Grial y su relación con Aragón es un espinoso tema en el que hay más preguntas por resolver, que certezas.

Santiago Navascués Alcay

Doctor en Historia por la Univ. de Zaragoza