LA CAMPANA DE LOS PERDIDOS

Más allá de acontecimientos históricos puramente dichos, Aragón está plagado de pequeñas historias curiosas que, algunas de ellas, nos han llegado hasta nuestros días. Hoy nos fijamos en una de ellas que tiene que ver con la preciosa iglesia mudéjar de San Miguel de los navarros de Zaragoza. Muchas son las historias que rodean a esta antigua parroquia: desde recibir ese nombre por la aparición del arcángel san Miguel ayudando a los navarros que allí acampaban y asediaban a la Zaragoza musulmana o a ver la boda de los padres de Francisco de Goya. Pero sin duda una de las que más arraigo ha tenido ha sido la llamada campana de los perdidos.

Nos remontamos hasta el siglo XVI, cuando la actual plaza de San Miguel junto a la parroquia marcaba el final de Zaragoza, delimitada en esa zona por el río Huerva. Ya existía el paso que se encaminaba hacia lo que por entonces era el caserío de Montemolín, y por allí muchas personas cruzaban diariamente el río para ir a cultivar sus huertas, campos o en busca de leña que luego vendían en la plaza para lograr así un pequeño sobresueldo. Toda la zona de la ribera del Huerva estaba plagada de maleza, altos cañaverales de casi el doble de la estatura de una persona y de laberínticos caminos que atravesaban la zona.

En invierno la situación aún era peor, pues el frío y la humedad de la zona provocaban que se formaran de manera bastante habitual densos bancos de niebla que dificultaban todavía más el avance por la zona. Era en esta época del año cuando el día acorta mucho, que aquellas personas que habían salido de la ciudad eran sorprendidos por la oscuridad y se perdían por aquellas sendas neblinosas, heladas y plagadas de vegetación. No eran pocos los que se desorientaban y en medio de la noche se perdían de camino a Zaragoza, que hay que recordar que en aquella época adolecía de cualquier tipo de alumbrado público. Y ahí llegaba el peligro, cuando perdidos en medio de la noche invernal bajaban las temperaturas y ponían en serio peligro las vidas de los extraviados.

Así fue que en el invierno de 1529, el cual fue especialmente frío y lluvioso, una mañana acudió a la parroquia de San Miguel un labriego que de camino a sus tierras se encontró cerca de la orilla del río los cadáveres de dos mujeres que no habían logrado encontrar el camino de vuelta durante la noche anterior y murieron abrazadas tratando infructuosamente de darse calor la una a la otra.

Dada la consternación de los parroquianos de la zona, el clero de San Miguel decidió costear la instalación de un fuego con un juego de espejos que, situados en lo alto del campanario, sirviera de faro para aquellos que sorprendidos por la oscuridad pudieran así encontrar el camino a casa. Sin embargo, no mucho tiempo después una fuerte tormenta acompañada de inundaciones en el Huerva y de fuertes rachas de cierzo acabaron por destrozar ese faro improvisado del campanario. Los vecinos, conscientes de que era necesaria una solución, pidieron al concejo –ayuntamiento- de Zaragoza que desde el crepúsculo hasta la medianoche las campanas de San Miguel tocaran cada media hora para servir de faro acústico.  El ayuntamiento así lo aprobó, y la parroquia dispuso que se instalara en lo alto de la torre una pequeña habitación para que pudiera estar allí el campanero que hiciera tañer las campanas durante las frías noches de invierno.

Dos siglos más tarde la campana, que ya se conocía popularmente como “de los perdidos”, sonaba cada hora en lugar de cada media, a partir de las 9 durante el invierno y desde las 10 de la noche el resto del año. Tan sólo dejó de tocar durante los dos sitios que sufrió la ciudad en la Guerra de la Independencia, pero luego volvió a recuperarse la tradición a pesar de que ya no era necesario, pues la zona hacía tiempo que estaba totalmente despejada de la maleza que había en centurias anteriores. Finalmente, esta bonita tradición se perdió a inicios del siglo XX, aunque a finales de siglo acompañada de la restauración que se hizo al templo se recuperó, por lo que hoy en día siguen sonando 33 campanadas que, como antaño, marcan el camino a los perdidos.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza