LA ZARAGOZA DE LOS AÑOS TREINTA

En los últimos años han surgido varios grupos en las redes sociales que comparten fotografías –e imágenes de todo tipo- que muestran las calles y edificios de la Zaragoza de épocas pasadas. Resulta curioso cómo la imagen es capaz de hacernos sentir cierta nostalgia por una Zaragoza que muchos de nosotros ni siquiera hemos conocido. Uno no puede evitar imaginar esas imágenes estáticas cobrando vida: el bullicio en las plazas, las ruedas de los carros, la campana –real y no enlatada- de los primeros tranvías…

El siglo XX transformó nuestra ciudad, pero una de sus décadas que más cambios trajo consigo fue, sin duda, la de los años 30. El panorama político, económico y social en toda España sufrió prácticamente una metamorfosis que pasa por un cambio de sistema de gobierno y una cruenta guerra civil. Las causas de esos cambios provenían de etapas anteriores y como culminación de todas ellas: un país que, poco a poco, pasó de ser eminentemente rural a concentrar mayor población en las ciudades, con todo lo que ello conlleva. Zaragoza, una ciudad bimilenaria, vive una revolución en estas primeras décadas del siglo XX. ¿Damos un paseo por la Zaragoza de los años 30? Pongámonos el sombrero, cojamos el bastón y caminemos por aquella ciudad.

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Vista aérea de Zaragoza en 1931

El primer esfuerzo que debemos hacer, especialmente los más jóvenes, va dirigido a imaginarnos una ciudad mucho más pequeña, en espacio y en población. Para hacernos una idea pensemos en una ciudad de 175.000 almas -década de los 30- que hoy en día ocupa el quinto puesto a nivel nacional en cuanto a su demografía -661.000 personas en 2016-. Zaragoza es durante todo el siglo XX una ciudad de gran fuerza inmigratoria. En 1924, solamente el 49% de sus pobladores había nacido en la capital, mientras que otro 38% era de otros puntos de Aragón y el 13% restante de otros puntos de España -especialmente Soria, Navarra y La Rioja-. En las décadas siguientes el fenómeno es similar salvo por el origen de los inmigrantes: provendrán de otras muchas provincias españolas no citadas, e incluso -desde mediados de los años 90- de muchos países del mundo. Zaragoza siempre ha sido un cruce de caminos, un nido multicultural que desde época romana, y mayoritariamente desde la Edad Media, ha unido creencias y costumbres muy distintas.

Sin embargo, la fuerte inmigración que Zaragoza acoge durante las primeras décadas del siglo XX y la falta de previsión en materia urbanística dan lugar a la llamada “crisis de la edificación”. En los estudios que se abrieron para solucionar este problema aparecen los nombres de entidades y personajes muy ligados a nuestra ciudad.

En nuestra capital se habían derruido no pocos edificios por exigencias del ensanche y urbanización de la ciudad, y no se construían otros nuevos en proporción bastante para sustituir a los antiguos, porque la renta de los inmuebles, considerada en su conjunto y dados los gravámenes que sobre ella pesaban, no era bastante para estimar el capital. De ahí resultó una gran demanda de locales, sobre todo en los años de postguerra y como es consiguiente un aumento en el precio de los alquileres, que llegó a representar en términos generales más de un 30 por 100.

El decreto de 1920 vino a aliviar un poco esta situación, dando cierta estabilidad a comerciantes e industriales, pero lejos de conseguir que se fomentara la edificación, fue una nueva causa para detenerla y paralizarla… Se intentó la construcción de casas baratas y económicas en un nuevo ensanche de la ciudad y al efecto se constituyó una sociedad urbanizadora en la que delegó el Ayuntamiento de Zaragoza todos los beneficios que le concedían las leyes a cambio de las oportunas garantías. Pero la empresa fracasó […]”

(Cámara de Comercio e Industria de Zaragoza, Desarrollo Industrial y Comercial de Zaragoza, 1933, pp.369-370)

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El Coso a la altura del Casino Mercantil y palacio de Sástago

Del 15 al 22 de octubre de 1933 tiene lugar la I Conferencia Económica Aragonesa, un intento por aglutinar fuerzas nunca visto hasta entonces. Entre otras, destaca la intervención del arquitecto Regino Borobio, que denuncia la situación de “los barrios que rodean la ciudad de Zaragoza, ayunos de las más elementales condiciones de estética y salubridad” y reclama un plan general de extensión y reforma interior. Ese mismo año se inaugura la nueva Casa de Socorro en el Paseo de la Mina -que venía a sustituir la antigua del Coso, obsoleta e insuficiente a esas alturas-.

De la década de los años 30 datan la apertura de la Calle de San Vicente de Paúl, el fin de las obras del cubrimiento del Río Huerva en la Gran Vía -que arrancaron a fines de los años 20- y, en general, el arranque del fenómeno de conurbación que, con el paso de los años, va uniendo a Zaragoza los antiguos barrios rurales de Montemolín, Torrero, Arrabal, Delicias, Oliver… para dejar de escuchar definitivamente la frase “me voy a Zaragoza” de todos estos vecinos cuando se dirigían al centro de la ciudad. En las calles convivían los carros tirados por mulas y caballos -el ruido de los cascos y las ruedas en el adoquinado debía ser importante- con los primeros automóviles que aún se podían aparcar en la puerta de casa sin ningún problema, tanto en Coso como en pleno paseo de la Independencia.

En 1934 se celebra la I Feria Oficial de Muestras, que se apoya en el anterior Museo Comercial. Apenas se hace una segunda edición para interrumpirse y dar paso a uno de los episodios más negros de la Historia de España: la Guerra Civil.

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Café Ambos Mundos

Durante los primeros años de la década de los 30 aparece en Zaragoza un buen número de movimientos culturales: Tomás Seral impulsa revistas como “Cierzo” y “Noreste”, aparece el “Diario de Aragón” y como proyecto más interesante se celebran las Jornadas Pedagógicas en 1932. En la cultura de la ciudad también juegan un papel importantísimo los cafés y tertulias que servían para asomarse a la ventana de Europa y sin duda, el más emblemático, el Café Ambos Mundos, era el rincón más cosmopolita de Zaragoza y, por tanto, de Aragón. Merecen nombrarse también las largas tertulias literarias que se celebraban en el Café Niké o el Café de Levante, que acogió las charlas y descansos de los estudiantes de Medicina durante varias décadas.

En Zaragoza no faltaban rincones para el ocio: durante los años 20 y 30 proliferan las salas de cine que, por la época que estudiamos proyectaron El signo de la Cruz, de Cecil B. de Mille; y producciones norteamericanas como La viuda alegre o El desfile del amor, cuyos elencos de actores y actrices hacían las delicias de los zaragozanos que ya adoptaban aquellas modas y, después de la incorporación del cine sonoro, tarareaban y silbaban las melodías de aquellas películas.

Pero también el producto hispano causaba sensación: películas como Melodías de Arrabal, Morena Clara o Nobleza Baturra, en cuyas proyecciones el público zaragozano vibró de emoción con las canciones de Imperio Argentina, Carlos Gardel, Conchita Piquer o Estrellita Castro, cantores-actores que, gracias a esta doble faceta, han pasado a ocupar un lugar importantísimo en la Historia del Cine.

En el teatro destacaron figuras como Valeriano León, Loreto Prado, Enrique Chicote, Rafael Rivelles… que impulsaron de nuevo, a pesar de la crisis económica, las representaciones más o menos periódicas del Teatro Principal. Aunque data de 1799 ha sido reformado en varias ocasiones con los proyectos de los arquitectos más prestigiosos de Zaragoza: Yarza en 1858, Magdalena en 1870 y, cómo no, la reforma de Borobio en 1940.

Debemos destacar la figura del tenor Miguel Fleta en el bel canto cuya voz y estilo siguen siendo deleite de los aficionados a la lírica, a pesar de la dureza de las grabaciones de la época. Entre otras muchas, popularizó entre los zaragozanos las grandes zarzuelas de los siglos XIX y XX y también, por supuesto, las grandes óperas de toda la Historia de la Música. Tal era su popularidad que se creó la Peña Fleta, que reunía a sus grandes seguidores en el Café Baviera, hasta altas horas de la madrugada y donde se interpretaban, por el propio Miguel Fleta y sus acompañantes, las mismas arias que horas antes, en el teatro, habían emocionado al público, y que ahora quedaban para unos pocos privilegiados.

También de esa época data el actual equipo de fútbol de la ciudad, el Zaragoza, que lógicamente no adoptará el “Real” hasta mucho más tarde. El equipo se funda en 1932 y reunía a la afición los domingos por la tarde en el viejo campo de Torrero. El barrio se llenaba de gente que, antes y después del partido, gustaba algún refresco y algún que otro puro en las inmediaciones del campo. Hasta 1956 no se inauguraría el actual estadio de la Romareda, por supuesto tras la venta del viejo campo de Torrero por siete millones de pesetas.

Es sabido que el refranero español acoge grandes verdades como esa que dice “el que canta, su mal espanta”. Y así parece que reaccionaron muchos zaragozanos ante la crisis económica y política que parecía adelantar cada día la inminente guerra civil. Así, la prensa de la época recoge coplillas que después cada uno adaptaba a su manera. Mefisto escribió en 1934:

¿Qué le pide al 34

La España sentimental?

Pide por sus doce meses

algo de tranquilidad.

Y es que estas coplillas aparecían rodeadas de noticias nada halagüeñas, continuas presiones -como siempre- para el que menos tiene. De nuevo Mefisto, con afilada pluma, dejó constancia de esta situación:

Hoy sube el tabaco…

por tal, lectores,

estamos echando humo

los fumadores

A pesar de las tensiones que se vivieron en Zaragoza durante la década de los años 30, hemos podido observar que sus gentes, sus costumbres, sus aficiones… no eran tan distintas como pueda parecer. Ahora tenemos una ciudad más grande, mejor equipada, más poblada y, sin embargo, muchos añoramos -aunque no los conocimos- algunos de los rincones más emblemáticos, desaparecidos por la fiebre de la expansión económica, el consumismo y la piqueta constructiva de las últimas décadas.

Así vivían nuestros antepasados. Quizá la Zaragoza actual haya perdido muchos rincones que podríamos disfrutar, pero una ciudad, como sus habitantes, está viva. ¿Quién sabe? Dentro de unos años reiremos cuando recordemos lo lejos que quedaba Valdespartera o lo mucho que duraron las obras del tranvía.

Rubén Larrea Perálvarez

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza

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