LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA EN ARAGÓN (Parte II)

La caída de Zaragoza en febrero de 1809 y el comentado fracaso de recuperarla por parte de Blake en los meses siguientes -lo puedes leer en la primera parte del artículo-, provocaron un vacío de poder en el Aragón antifrancés, que conllevó la instauración de la Junta Suprema de Aragón y parte de Castilla. Dentro de su carácter circunstancial e itinerante por el desarrollo de la guerra, esta fue la última experiencia de autogobierno que tuvo Aragón hasta ya el siglo XX, cuando durante la Guerra Civil se estableció en la zona oriental gobernada por los republicanos el Consejo Regional de Defensa, y luego ya el Aragón autonómico actual. Fue instalada en Teruel en mayo de 1809, y a pesar del continuo hostigamiento francés llegó a tener varias funciones, como el reclutamiento de soldados, búsqueda de información, cobro de impuestos, sanidad, compra de armamento e impartición de justicia

La situación de la base itinerante de esta Junta Suprema por Teruel, dado que era la región de Aragón que mejores contactos tenía con las zonas de España no ocupadas, atrajo la acción bélica, como el saqueo e incendio de Albarracín por el ejército de Suchet. Ya en febrero de 1810, la mayor parte de Aragón, junto con Navarra, Euskadi y Cataluña dejaron de obedecer militarmente al gobierno de José I Bonaparte, pasando a depender directamente de París, e incluso la misma Cataluña fue anexionada como una provincia más del imperio galo, incluyendo las poblaciones aragonesas de Fraga y Mequinenza.

El año 1812 supuso el comienzo del ocaso del dominio francés en la Península Ibérica. La toma de Valencia en enero de ese año por Suchet fue el canto de cisne, pues desde hacía meses Napoleón estaba sacando tropas de España para mandarlas al frente ruso, lo que debilitó la maquinaría bélica gala. A su vez, el ejército regular español, que había sido prácticamente aniquilado a lo largo de 1809 y 1810, volvió a ser una fuerza operativa y a tomar en cuenta, sobre todo con la acción conjunta con el ejército portugués y con las fuerzas británicas de Wellington. La actividad de la guerrilla española durante esos años fue clave, pues obligó a las mandos de la Grande Armée a desplegar demasiado sus tropas para así proteger unas larguísimas líneas de suministros, impidiendo la concentración de sus ejércitos que habría supuesto el aplastamiento de la fuerza expedicionaria británica que protegía Portugal. Esto dio un tiempo precioso a Wellington para prepararse, y cuando las circunstancias lo hicieron conveniente, el general inglés dio por fin rienda suelta a su ofensiva tras años de permanecer agazapado.

En el verano de ese año de 1812, las tropas anglo-hispano-portuguesas se lanzaron al ataque y lograron vencer a las francesas en la Batalla de Arapiles. Esto supuso el abandono de la capital por parte de José I, además de la pérdida de Andalucía, donde la Grande Armée había fracasado frente a los muros de Cádiz. Los ejércitos aliados llegaron hasta Burgos, pero la resistencia de su castillo y el reagrupamiento francés hizo que Wellington tuviera que retirarse de nuevo hacia Portugal. Sin embargo, los avances durante ese verano mostraron la debilidad cada vez más manifiesta de Napoleón en España, por lo que de nuevo en 1813 se pasó de nuevo a la ofensiva. José I y sus tropas abandonaron Madrid por tercera vez, ya de forma definitiva, y los ejércitos franceses trataron de hacerse fuertes en el norte a través de la línea que marcaba el valle del Ebro, tal y como habían hecho antes en 1808. Era parte del quimérico plan de Napoleón, de mantener una cabeza puente en el norte a través del cual, una vez llegara la paz con Rusia, Prusia y Austria, retomara la reconquista de España. Pero esos planes nunca se harían realidad.

Por su parte, en Aragón iba creciendo ya la idea de recuperar Zaragoza, cosa que el mariscal Suchet, retirándose desde Valencia, quería evitar. La idea francesa era la de conservar el dominio de las posiciones de mayor importancia estratégica, limitándose a su control y sin prestar atención al medio rural, pues la debilidad de sus fuerzas se lo impedía. Pero el nuevo avance aliado y la victoria en la Batalla de Vitoria el 21 de junio de 1813 precipitó los acontecimientos, y el general Paris, al mando de la capital del Ebro, anunció la evacuación de la ciudad, que se produjo finalmente entre el 5 y el 9 de julio, no sin antes volar el último arco del Puente de Piedra –el más cercano al Arrabal-, para tratar de ralentizar a las tropas españolas que les perseguían. Por su parte, Suchet trató hasta la extenuación de mantener el control de Zaragoza dando su apoyo desde el litoral valenciano, pero el ejército español de Villacampa le impidió evitar la caída de la ciudad.

Wellington envió al ejército de los generales Durán y Espoz y Mina con la misión de liberar Zaragoza. Le correspondía tal honor al primero, por ser el militar de más antigüedad de los dos. Pero Mina no toleraba ser el segundo en entrar, y finalmente logra que Durán se pliegue a sus deseos, y son él y sus tropas los primeros en entrar en una Zaragoza casi desierta de franceses, que era liberada tras cuatro años de ocupación. Tan sólo quedaron un puñado de galos que se encastillaron en la Aljafería y que resistieron hasta su rendición el 2 de agosto de 1813.

Espoz y Mina continuó con la liberación de Aragón, y el 5 de diciembre comenzó el ataque sobre la ciudadela de Jaca, donde el general Paris se había hecho fuerte, y que no se rindió hasta el 17 de febrero de 1814. Curiosamente, la fortificación jacetana mandada construir siglos antes por Felipe II –Felipe I de Aragón- para defender esa frontera de los franceses, la única vez que fue asediada fueron precisamente los defensores de la plaza y los españoles los atacantes. Ironías que tienen la vida y la historia.

Mequinenza fue recuperada también por esos días, el 13 de febrero, al igual que Monzón, que capituló dos días después. El último reducto francés que resistió en territorio aragonés fue Benasque, sitiada a principios de abril y que se rindió el día 23. Era el año 1814, y la Guerra de la Independencia había acabado formalmente. Sus consecuencias perduraron décadas, y comenzaba una de las etapas más oscuras de la historia de España. Llegaba el reinado de Fernando VII “el Deseado”…

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza

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