PEDRO IV “EL CEREMONIOSO”

La figura de Pedro IV “el Ceremonioso” es la de uno de esos genios de la diplomacia que dio la Corona de Aragón durante sus varios siglos de existencia, y si bien Nicolás Maquiavelo puso en su obra “El Príncipe” a Fernando “el Católico” como ejemplo de gran gobernante y diplomático, –a pesar de la manía que el italiano le tenía al aragonés-, es posible que de haber sido coetáneos Pedro IV hubiera podido disputarle a “el Católico” ese puesto.

Fue hijo de Teresa de Entenza y Alfonso IV, naciendo en la localidad ilerdense de Balaguer en el año 1319, aunque su infancia y juventud las pasó en Aragón, por lo que en esta etapa fue más proclive a los intereses del reino aragonés, que buscaba una política más peninsular, que a los del condado de Barcelona o el Reino de Valencia, que buscaban una política de expansión mediterránea. Nunca tuvo un gran desarrollo físico que le permitiera ser un rey guerrero que inspirara a sus soldados, y desde muy pronto fue consciente de ello. Pero por ello comenzó a edad muy temprana a desarrollar su faceta cultural, siendo considerado un monarca muy culto y abierto a nivel personal. De hecho, en el propio palacio de la Aljafería de Zaragoza dispuso varios espacios como biblioteca.

Cuando en 1336 subió al trono ya tenía cierta experiencia de gobierno, pues había desempeñado el puesto de lugarteniente del reino durante un periodo de enfermedad de su padre. A pesar de la petición de algunos nobles catalanes de que fuera primero a Barcelona a jurar los Usatges, Pedro IV se hizo coronar primero en la Seo de Zaragoza, donde juró los fueros aragoneses tal y como dictaba la tradición desde hacía algo más de un siglo.

Fue un rey muy enérgico y duro, a veces con fama de cruel o tirano, aunque quizás le ayudó a crearse esta fama sus continuos esfuerzos por incrementar el poder de la monarquía frente a una nobleza muy levantisca, especialmente en los reinos de Aragón y Valencia. En política interna reorganizó la corte, la administración y el ejército, estableciendo también los cánones de cómo debían efectuarse ciertos eventos reales, como la ceremonia de coronación, viniendo de ahí uno de los apelativos por el que se le conoce.

Unos de los momentos álgidos de su reinado vino con su enfrentamiento con la Unión de Nobles de Aragón, quienes además tuvieron apoyo de la de Valencia. Recordemos que desde hacía varios decenios, la nobleza le había arrancado a la monarquía el llamado Privilegio de la Unión, que sometía a un gran control a los monarcas, aunque no vayamos a pensar con ello en una especie de paraíso democrático, pues los intereses que defendían eran los de los poderosos.

En 1347 Pedro IV solo tenía por entonces a una hija, Constanza, y para asegurar la continuación de su linaje decidió unilateralmente que fuera nombrada como heredera al trono. No buscó la aprobación de la nobleza, la cual acusó al rey de contravenir sus privilegios, por lo que la Unión se levantó en armas contra el monarca. Fue una difícil situación, pues numerosas localidades de gran importancia dentro del reino se pusieron en el lado de la nobleza, como Zaragoza, Huesca, Teruel, Daroca y Calatayud. Sin embargo, Pedro IV terminó por imponerse gracias a su decisiva victoria en la Batalla de Épila en 1348. Esto supuso el final definitivo de la Unión y de sus Privilegios, que fueron derogados por el monarca en una simbólica actuación en las cortes convocadas en al convento de los predicadores de Zaragoza, cuyo documento rasgó en público con su puñal.

Por otro lado, el Reino de Mallorca había constituido un problema para la Corona de Aragón desde la muerte de Jaime I “el Conquistador”, pues este legó este reino junto a los dominios de la corona en el sur de Francia a su segundo hijo Jaime, disgregándolos del resto de los dominios de la corona aragonesa. Hubo varios intentos para reunificar estos Estados, pero finalmente fue Pedro IV quien logró arrebatárselos a Jaime III de Mallorca, quien era su cuñado y tío lejano, y reincorporó al Reino de Mallorca a la Corona de Aragón de forma definitiva.

También fue un monarca muy activo en materia de política exterior. Por una parte mantuvo continuas luchas con la república de Génova, que financiaba constantemente rebeliones en la isla de Cerdeña, uno de los recientes dominios de la Corona de Aragón en el Mediterráneo. Los propios genoveses llegaron a ocupar la zona de Alguer, de donde fueron expulsados por tropas catalanas que luego repoblaron la zona, motivo por el cual hoy en día se sigue hablando en la zona el catalán. Sin embargo, hacia 1369 el dominio de la corona sobre Cerdeña era apenas testimonial en algunas zonas de la isla, a pesar del empeño del rey para evitarlo.

Entre sus éxitos internacionales está el dominio desde 1355 de los famosos ducados de Atenas y Neopatria, dominados desde hacía años por los famosos almogávares. Para Pedro, un gran amante de la cultura clásica, el hecho de dominar la ciudad de Atenas fue todo un orgullo, aunque realmente estas posesiones en Grecia causaron más problemas que beneficios y apenas duraron algo más de 30 años.

A pesar del esplendor de las primeras décadas, los últimos años del reinado de Pedro IV fueron calamitosos. En primer lugar llegó la Peste Negra, que desde 1348 comenzó a asolar a la población de toda Europa. La pérdida de población provocó una creciente crisis económica en el continente, que en la Corona de Aragón se tradujo en la quiebra de varias compañías comerciales catalanas, lo que acusó gravemente el rey, que desde hacía tiempo se había volcado en favorecer los intereses de la nobleza y los comerciantes catalanes por encima de los de otros Estados como Aragón.

Además, entre 1356 y 1367 se desarrolló la Guerra de los Dos Pedros con Castilla, que afectó enormemente a los reinos de Aragón y Valencia, pues muchas de sus villas fueron ocupadas por las tropas castellanas, algunas durante varios años como Tarazona o Calatayud. La peste, la  guerra y la crisis económica dejaron temblando a las arcas reales, hasta el punto de que el rey llegó a tener que empeñar su preciada corona de oro y piedras preciosas a unos prestamistas, corona que jamás pudo ser recuperada.

Finalmente, y tras un largo reinado en el que Pedro IV caminó en el alambre entre la acción autoritaria y el pactismo aragonés, murió en Barcelona un 5 de enero de 1387 a la edad de 67 años, siendo sucedido por su hijo Juan I.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza

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