LOS TEMPLARIOS EN ARAGÓN (PARTE II)

Las órdenes militares se expandieron rápidamente por Europa gracias a las donaciones de tierras que fueron recibiendo, teniendo en principio una gran acogida. Dos eran los objetivos que tenían las órdenes en el continente europeo. El primero, lograr recursos, tanto económicos como humanos, para sostener las actividades llevadas a cabo en Tierra Santa. A través de los impuestos que podían cobrar, las donaciones, etc., lograban abastecer primero a sus diferentes sedes y luego a los caballeros que estaban actuando en Oriente. Pero sobre todo se encargaron de la explotación agropecuaria de las tierras que se les daba y que detentaban como una especie de señoríos feudales, que además solían ser su principal fuente de ingresos.

El segundo objetivo era de índole político-militar, teniendo dos focos principales: el este de Europa y la Península Ibérica. Ambas regiones eran zonas fronterizas, y entre los siglos XI y XII principalmente se vieron como las zonas naturales de expansión del cristianismo católico. En el este de Europa se trataba de ganar adeptos frente al cristianismo ortodoxo e incluso ante otras creencias precristianas. Mientras tanto, la Península Ibérica era tierra de lucha contra el infiel y el mismo papado instigó a los príncipes cristianos a colaborar en la lucha con los estados cristianos de la zona. Por lo tanto, allí las órdenes militares surgidas en Jerusalén cobraban aún mayor sentido, pues perseguían exactamente el mismo objetivo militar y de lucha frente al islam, y no solo en una versión económica y de abastecimiento como en la mayor parte de Europa. Sin embargo, hay que hacer algún matiz que luego veremos.

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Estatua de Alfonso I en el parque José Antonio Labordeta de Zaragoza. Obra de José Bueno

La división administrativa fue bastante concienzuda y estaba reglada, aunque fue cambiando a lo largo del tiempo. Se dividían en provincias por los diferentes estados europeos, considerándose por lo general que la Orden del Temple contaba con unas 21 provincias, y cada una de ellas tenía a su vez diferentes encomiendas. Una de esas provincias la formaba el Reino de Aragón, que a la llegada de los templarios se encontraba en plena expansión territorial durante el reinado de Alfonso I “el Batallador” (1104-1134). Los monarcas hispánicos vieron una oportunidad de añadir a sus fuerzas las de estas órdenes para luchar contra los musulmanes y, más en concreto, contra los almorávides, que desde el año 1086 habían invadido la península desde el norte de África y habían supuesto una grave amenaza para la cristiandad. Para ello, tratan de atraerlas a sus territorios a través de donaciones. La más antigua documentada es del año 1128 en Portugal, pero desde entonces las donaciones se incrementan en todos los Estados cristianos. El propio conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, dona en 1131 el castillo de Granyena y él mismo profesa en la milicia del temple.

Aunque los datos no están muy claros sí que se sabe que entre 1128 y 1134 los templarios –al igual que otras órdenes- penetran también en territorio aragonés. No en vano, la monarquía aragonesa se había impuesto desde prácticamente sus comienzos con Ramiro I, pero sobre todo desde la coronación de Sancho Ramírez en Roma por el propio papa en 1068, un verdadero carácter mesiánico. Alrededor de los monarcas de la casa de Aragón se fue construyendo toda una imaginería que señalaba a sus miembros como elegidos por Dios para luchar contra el islam, erigirse como líderes de la cristiandad y recuperar Jerusalén para la fe. En la segunda mitad del siglo XIII, el mismo Jaime I llegó a embarcarse en una Cruzada para recuperar Tierra Santa, y solo una tormenta que desbarató su flota dio al traste con sus planes. Jaime estaba convencido de que, tras conquistar Mallorca y Valencia, debía cumplir su destino de hacer ondear las barras de la casa de Aragón en los Santos Lugares. Pero esto ya le venía de lejos, pues existe un documento más de un siglo y medio anterior, datado en el año 1101, en el que Pedro I de Aragón –el conquistador de Huesca– muestra sus deseos de enrolarse en una Cruzada. Quizás los repetidos llamamientos del papado a los príncipes hispanos para que llevaran a cabo la lucha contra el islam en tierras ibéricas hicieron que Pedro I se lo pensara  dos veces. Incluso su hermano, Alfonso I, gozó de la bula de cruzada con que la Iglesia dotó a la empresa de la conquista de Zaragoza en 1118. Con todos estos precedentes, es normal que los reyes de Aragón se sintieran muy atraídos por el espíritu de cruzada que encarnaban las órdenes militares.

Con todo, el punto de inflexión para la llegada de los monjes-soldado y, en concreto, de los templarios a Aragón, fue el famoso e inefable testamento de Alfonso I. En el verano del 1134, el hasta entonces invicto e imparable conquistador rey aragonés fue derrotado y herido por los musulmanes al intentar tomar Fraga –Huesca-. Alfonso no había logrado tener herederos y, al ver cercana su muerte, confirmó el testamento que ya hacía un tiempo había escrito. En él dejaba el Reino de Aragón en manos de las tres grandes órdenes militares de Tierra Santa: la del Sepulcro, la del Hospital y la del Temple, a dividir sus tierras en tres partes. Incluso dejaba a los templarios su propio caballo de batalla y sus armas, una costumbre que arraigó entre los monarcas hispanos.

En realidad, este irrealizable testamento nunca podría haberse llevado a cabo, pues era totalmente ilegal. Según el derecho aragonés, las tierras patrimoniales de la Casa de Aragón tenían que ir a un sucesor de esta, y el monarca no podía hacer uso de ellas a su libre albedrío, ni dividirlas. En todo caso, sí que podía disponer a su antojo de las tierras que hubiera conquistado, que en el caso del batallador era todo el valle medio del Ebro, incluyendo plazas tan importantes como Zaragoza, Tarazona, Calatayud o Daroca. Es decir, que tan “solo” las zonas conquistadas por el monarca podrían haber ido a parar a alguna de las órdenes. También es curioso que en su testamento no nombrara a las cofradías de Belchite y de Monreal de Campo, dos intentos de fundar una especie de órdenes militares de origen hispano y con carácter seglar, pero con muchas similitudes con las que llegaban de Oriente. En el momento de su creación las dota de importantes bienes, pero luego las olvida y con el tiempo acabaron siendo absorbidas por la Orden del Temple.

Ramon Berenguer IV de Barcelona i Peronella d'Aragó. Representació. Font Arxiu d'ElNacional.jpg
Reina Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona.

En cualquier caso, conocido es que las órdenes nunca lograron que se llevara a efecto dicho testamento, pues la nobleza aragonesa nunca lo aceptó y eligió como sucesor al hermano de Alfonso, Ramiro, a quien casi literalmente sacaron de su vida monástica y le proclamaron rey como Ramiro II en Jaca –año 1034-. Este se encontró con un buen embrollo. Un trono que no quería, una nobleza que pretendía usarle como a un hombre de paja, y unos reinos vecinos, como el de León, que pretendían despedazar al pujante reino aragonés. A pesar de todo, Ramiro II logró reconducir la situación e incluso engendrar a una heredera para la Casa de Aragón, la princesa Petronila, a quien prometió con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV. Tras esto, el monarca aragonés regresó a su vida clerical y le dio  al conde barcelonés la gobernanza del reino, aunque siempre mantuvo su título real hasta su muerte y siguió muy de cerca los pasos de su yerno, con quien siempre tuvo muy buena relación. En Ramón Berenguer recayó la ardua tarea de negociar con las órdenes militares el incumplimiento del testamento de Alfonso I, y fueron unas negociaciones duras, pues estas y el mismo papado insistían en que debía cumplirse. La solución vino con la entrega de tierras y fortalezas a todas las órdenes a cambio de su renuncia al testamento. Primero llegó a una entente con los maestres del Hospital y el Santo Sepulcro en el año 1140. Pero más complicado fue llegar a un acuerdo con los templarios, el cual fue alcanzado y firmado en Girona en 1143. En base a él, el Temple fue la orden que mayores beneficios sacó, logrando castillos como el de Monzón, además de recibir el diezmo que hasta entonces iba a las arcas del conde y una quinta parte tanto de lo que conquistara Aragón como de lo que conquistara la propia orden. Fue de esta manera como la Orden del Temple entró definitivamente y con mucha fuerza en el reino aragonés. Mientras en otros reinos, como en León/Castilla, se acabó primando a las órdenes militares de origen hispano como la de Santiago o Calatrava, más proclives a ser controladas por la corona, en Aragón tuvieron gran fuerza las órdenes provenientes de Oriente debido a las concesiones que se les tuvo que hacer tras la muerte del Batallador.

La Orden del Temple contó por tanto casi desde el principio con un importante patrimonio en territorio aragonés, que con el tiempo fue todavía en aumento. Una vez definitivamente asentada en Aragón –también tuvo mucha fuerza en el condado de Barcelona y en el resto de condados satélites-, la monarquía aragonesa pretendió usar el poder militar del Temple y el resto de órdenes en la reconquista. Sin embargo, en un principio, estas no tenían esa misma inclinación, y veían más sus propiedades en esta zona como meras explotaciones agropecuarias y como fuente de tributos para financiar sus actividades en Tierra Santa. Pero con el tiempo acabaron integrándose plenamente en la lucha frente al islam andalusí.

La primera participación documentada de los templarios en la conquista de al-Andalus, dirigida por la ya existente Corona de Aragón, fue en la toma de Tortosa en el año 1148. Ramón Berenguer trató de inmiscuirles en la acción conquistadora ofreciéndoles castillos que todavía estaban en manos musulmanas, de manera que trataba de generarles el apetito para participar en las campañas bélicas. También participaron en la toma de Lérida en 1149 y en el sitio de Miravet. Esto muestra que hacia mitad del siglo XII, la Orden del Temple, a pesar de tener unos inicios dubitativos, ya se hallaba plenamente incorporada al avance bélico contra el islam. La continua llegada de nuevos miembros y donaciones particulares –sobre todo las realizadas por Ramón Berenguer en calidad de príncipe de Aragón-, convirtieron a los templarios en una fuerza política y militar de gran importancia. Esto fue la tónica habitual en las décadas siguientes, pues la monarquía aragonesa siguió apoyándoles. Se puede poner como ejemplo las donaciones que realizó al Temple Alfonso II (1164-1196), el hijo de Petronila y Ramón Berenguer y primer monarca de la Corona de Aragón. El rey aragonés continuó con la misión conquistadora de sus predecesores y se centró en la expansión hacia el sur, que se corresponde con la práctica totalidad de la actual provincia de Teruel. Las donaciones monetarias y concesiones de castillos como los de Alfambra, Castellote, y tierras como las de Cantavieja, que Alfonso II hizo, denotan dos cosas: que se seguían cumpliendo las cláusulas estipuladas por su padre en el acuerdo con los templarios para extinguir el testamento del batallador, y que los monjes-soldado participaron de forma activa en la reconquista turolense. También estuvieron muy presentes, junto a los hospitalarios, en la zona de la desembocadura del Ebro, que en esta época estaba integrada en el Reino de Aragón, pues en Tortosa, Amposta, etc. se usaba la moneda jaquesa propia de dicho reino, además de que algunas de sus poblaciones se rigieron por el Fuero de Zaragoza.

Ya entre finales del siglo XII y comienzos del XIII, la nobleza aragonesa puso ojos melosos al territorio musulmán en el levante peninsular, es decir, en toda la zona de Valencia. Se consideraba desde tiempos de Alfonso I como su zona natural de expansión por sus ricas tierras y, sobre todo, por dar una salida definitiva al mar al reino aragonés. Pero en esta etapa, el rey de Aragón, Pedro II, estaba más pendiente del sur de Francia y en la creación de un gran imperio a ambos lados de los Pirineos. La idea era controlar las dos vertientes de la cordillera pirenaica, controlándola por un lado incluyendo la cuenca del Ebro, y por el lado francés hasta el valle del Ródano. Una empresa sin precedentes, pero que detuvo, salvo en alguna pequeña excepción, el avance hacia Valencia. Hay que añadir además una nueva invasión desde el norte de África, la de los almohades, que tras su victoria en la Batalla de Alarcos -1195- provocó que los reinos cristianos peninsulares se unieran para combatir este nuevo peligro. El resultado fue la mítica Batalla de las Navas de Tolosa en 1212. Lo curioso es que no existen evidencias de que el Temple participara de forma activa en una de las más grandes empresas contra el islam en la Edad Media, a la que acudieron todos los monarcas hispanos salvo el de León. Sin embargo, la historiadora Mª Luisa Ledesma apunta que quizás esto se deba a que el rey de Aragón encargó a las órdenes militares que mientras él y su ejército se encontraban guerreando en Al-Andalus, debían proteger las fronteras del reino. Esta circunstancia es más que probable, y mostraría la enorme importancia política que los templarios habían alcanzado en la corona aragonesa, sobre todo en el sur de Aragón y en las tierras del delta. Esta importancia se ve todavía más cuando tras la muerte de Pedro II en la Batalla de Muret -1213- y la minoría de edad de su hijo Jaime I “el Conquistador”, este quedó durante varios años bajo la tutela del maestre del temple en Monzón, Guillem de Montredon.

A mediados del siglo XIII los templarios también participaron activamente en las conquistas de Mallorca y Valencia a los musulmanes, teniendo en esta segunda gran importancia las bases que tenían en el Maestrazgo turolense, que hasta entonces había sido zona de frontera de mucho movimiento. De su participación en dichas empresas vienen las donaciones que recibieron por parte de la corona en ambos territorios, que con Jaime I se acabaron constituyendo en dos nuevos estados adscritos a la Corona de Aragón.

Tras el avance conquistador hacia el sur y el fin de la reconquista para la Corona de Aragón, las encomiendas templarias de territorio aragonés quedaron en retaguardia, aunque las órdenes militares siguieron teniendo una importante colaboración con el trono en diferentes tareas defensivas, tanto ante amenazas exteriores por parte del islam, como por parte cristiana. Por ejemplo: durante los convulsos reinados de Pedro III, Alfonso III y Jaime II, en los que la Casa de Aragón se enfrentó al papado y a Francia por el dominio de Sicilia y el sur de Italia, los monjes-soldado, aun a pesar de su división por la lealtad que mantenían a la Santa Sede y a su vez a los monarcas aragoneses, conservaron siempre su colaboración con estos últimos, incluso cuando el rey de Francia, Felipe III, invadió Cataluña. Un papel que se perpetuó hasta la disolución de la orden templaria a comienzos del siglo XIV.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza

cruzadas LOS TEMPLARIOS EN ARAGÓN (PARTE I)

castellote-castillo LOS TEMPLARIOS EN ARAGÓN (PARTE III)

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

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