LOS ACUERDOS DE BARBASTRO. ARAGÓN Y BARCELONA UNEN SUS FUERZAS

El 11 de agosto del año 1137 Ramiro II “el Monje” de Aragón confirmó en el llamado Acuerdo de Barbastro la boda entre su hija y heredera, la princesa Petronila, con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. La muerte sin descendencia del hermano de Ramiro, Alfonso I “el Batallador”, en el año 1134 dejó una grave crisis sucesoria en el reino aragonés, que de alguna forma debía ser solucionada para evitar una guerra civil, ataques exteriores o que el reino quedara en manos de las órdenes militares como dejó estipulado Alfonso en su testamento.

La nobleza decidió darle el trono a Ramiro II, que por entonces era obispo de Roda-Barbastro. Pocas ganas tenía el hombre de dejar la vida eclesiástica, hacia la que sentía verdadera vocación, pero el deber hacia su familia y el reino lo exigían. Sus dos “únicos” cometidos fueron los de estabilizar el reino ante una nobleza que había visto la oportunidad de acaparar más poder ante un nuevo monarca al que consideraban débil, y casarse para tener descendencia y asegurar la línea sucesoria. Su primer objetivo lo logró, dejándonos tras de sí la leyenda de “la Campana de Huesca”, tal y como hablamos en nuestro cuarto podcast.

Para lo segundo Ramiro II contrajo nupcias y logró tener una hija, Petronila. Pero desafortunadamente las leyes de Aragón no permitían que una mujer reinase –aunque sí el que transmitiera la dignidad regia a sus descendientes-, por lo que era necesario buscarle a la princesa un matrimonio de enjundia. Hubo también pretendientes desde Castilla, pero finalmente se llegó a un acuerdo con el conde de Barcelona. Evidentemente la boda se produjo más tarde, pues la pobre Petronila apenas contaba en 1137 con un año de vida.

Parte del acuerdo comprendía que Ramón Berenguer pasaba a gobernar el Reino de Aragón en calidad de “princeps”, pero nunca ostentó el título real, que siguió manteniendo Ramiro a pesar de que se retiró de nuevo a la vida monástica. Este matrimonio ha llevado a algunas corrientes historiográficas –con ciertos intereses- a decir que es en ese momento cuando la Casa de Aragón se extinguió al entroncar con la Casa de Barcelona, que fue la que continuó rigiendo los destinos de Aragón y Barcelona hasta 1410. Pero nada más lejos de la realidad. Es cierto que de normal las costumbres de la época dictaban que era la mujer la que cuando se casaba dejaba de pertenecer a la familia de sus padres y pasaba a la de su marido de pleno derecho. Pero de ser así, Ramón Berenguer IV se habría convertido en rey de Aragón a la muerte de Ramiro II, cosa que nunca sucedió. Y esto es así debido a que el monarca aragonés incluyó en las capitulaciones matrimoniales que la unión dinástica se haría conforme a una antigua ley aragonesa denominada “matrimonio en casa”, por la cual era el marido el que abandonaba su tronco familiar para entrar en el de la novia, cosa que Ramón aceptó, pues la dignidad regia pesaba más que la condal. Por lo tanto, sería la Casa de Barcelona la que legalmente desaparecería, aunque dado que Ramón Berenguer no desaparece del mapa es mucho más correcto decir que se produce una unión entre ambas casas, coexistiendo las dos desde entonces en una única línea.  Al fin y al cabo, los monarcas que desde Alfonso II –hijo y heredero de Petronila y Ramón- rigieron a la ya conformada Corona de Aragón, se siguieron denominando a sí mismos en los documentos oficiales como reyes de Aragón  -o de la casa de Aragón-.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza

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