EL CIERZO Y… LOS ROMANOS

Ya saben el dicho, “marzo airoso y abril lluvioso, hacen a mayo florido y hermoso”. A pesar del dicho, son pocas las personas que no se lamentan del cierzo de nuestra tierra, tan frecuente en el mes de marzo. Sin embargo, este molesto fenómeno ha traspasado nuestras fronteras desde hace siglos e incluso milenios, pues fue el romano Marco Porcio Catón el primero en hablar del cierzo. Este fue enviado a Hispania en el año 197 a.C. con un ejército para ayudar a los gobernantes de la Hispania Citerior y Ulterior, provincias creadas hacía poco, y que no estaban lo que se dice muy de acuerdo con eso de ser gobernados desde aquella lejana ciudad llamada Roma.

En el año 206 a.C., en el desarrollo de la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), los romanos expulsaron a los cartagineses de la Península Ibérica. En principio, los romanos intervinieron en ella tan sólo para expulsar a los cartagineses y evitar que llegasen suministros de Hispania al ejército cartaginés del famoso Aníbal Barca, que se encontraba por aquél entonces en Italia amenazando a la ciudad de Roma. Pero los romanos, una vez expulsan a los cartagineses de la Península Ibérica, deciden que el sitio les gusta y que van a quedarse. Esto, lógicamente,  produjo rebeliones de los pueblos íberos, los cuales estaban situados en la costa mediterránea, y que no aceptaban el dominio romano. Una vez derrotada totalmente Cartago, en el año 201 a.C., los romanos ya pudieron concentrar todas sus energías en sofocar las rebeliones de los íberos.

La solución fue dividir a Hispania en dos provincias, la Citerior -al este- y la Ulterior -al oeste-, colocar a un gobernador en cada una de las dos y enviar a Marco Porcio Catón con un gran ejército para sofocar la rebelión. En unos pocos meses Catón sofocó definitivamente las revueltas de los íberos, castigando severamente a los rebeldes. Su labor no quedó ahí, sino que subiendo por el alto Tajo, llegó a la Celtiberia y al valle medio del Ebro, haciendo una expedición de carácter exploratorio para informar a Roma sobre las características del terreno y de sus gentes, facilitando así a los próximos generales enviados la conquista del interior peninsular.

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Mapa de la Península Ibérica según las notas de Estrabón.

Resulta que los fenicios y griegos nunca se adentraron en el interior de la Península Ibérica, y habían permanecido siempre en la costa, así que cuando llegaron los romanos, desconocían todo lo que había en el interior de esta. Les ocurría lo mismo que a los ingleses y franceses en África a principios del siglo XIX, que conocían las costas del continente africano pero desconocían completamente su interior. Marco Porcio Catón podría ser incluso equiparable al famoso doctor Livingstone cuando buscaba el nacimiento del Nilo. Hispania era un territorio tan extraño y tan exótico que en los mapas de la época se la representaba al oeste de los Pirineos en lugar de al sur.

Catón fue el primer historiador romano que escribió en latín -anteriormente escribían en griego por considerarlo mucho más refinado entre la élite social-,  e incluyó todo lo que vio en su expedición por nuestras tierras en su libro “Origenes”. Sobre el cierzo dijo que era un viento capaz de derribar a un hombre armado o una carreta llena de heno. Puede parecer que exageraba, ya que hoy en día conocemos la existencia de huracanes y tornados, pero para un romano de la época el cierzo era lo más parecido a un huracán o tornado que había visto en su vida.

Del libro “Origenes” sólo conservamos pequeños fragmentos que son menciones de autores posteriores que utilizaban textos de Catón. Casualidad de las casualidades, ha sobrevivido hasta nuestros días el fragmento en el que Catón nos habla del cierzo. Y es que parece ser que nuestra tierra era conocida, mayormente, por el acero de excelente calidad que se templaba en las frías aguas del Jalón, usándose para fabricar las armas más resistentes de la antigüedad; y por nuestro fastidioso cierzo.

Santiago Navascués Alcay

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza