1930; LA SUBLEVACIÓN DE JACA

El triunfo final tras la Guerra Civil del golpe militar dado por una buena parte del ejército y el establecimiento de una larga y penosa dictadura, han dejado el sentir general de que el ejército siempre ha dado golpes de mano reaccionarios, en vistas a impedir hipotéticas revoluciones, poner orden a los desmanes, etc. Y así fue, por lo general, también a lo largo del siglo XIX, pero también ha habido situaciones de diferente signo. Es el caso de la llamada Sublevación de Jaca, acaecida un 12 de diciembre de 1930 en la localidad altoaragonesa.

En 1923, las continuas derrotas del ejército español en el norte de Marruecos, donde no se conseguía asentar el poder del Protectorado frente a la rebelión marroquí, y las consiguientes protestas y desórdenes producidos en la península debido a las levas forzosas, hicieron que el general Miguel Primo de Rivera diera un golpe de Estado. Este fue en connivencia con un Alfonso XIII que lo aceptó de buena gana y, tras su triunfo, se instauró una dictadura que duró hasta 1931. Primo de Rivera logró poner fin, con colaboración francesa, a la sangrante Guerra de Marruecos y aprovechó las penurias que Europa todavía pasaba tras la Primera Guerra Mundial para favorecer el comercio externo y generar unos años de cierta bonanza y desarrollo. Pero a finales de la década de 1920 la prosperidad fue disipándose, y más con los efectos colaterales que tuvo a nivel mundial el famoso Crack del 29. Esto hizo que el gobierno de Primo de Rivera fuese teniendo cada vez más detractores, hasta que finalmente dimitió en enero de 1930. Alfonso XIII quiso seguir con el modelo de gobierno dictatorial que había funcionado durante esos años, dando el mando a otro general, Dámaso Berenguer, quien en 1921 ya había demostrado sus “dotes” como militar al llevar a la muerte a más de 10.000 hombres en el famoso Desastre de Annual. Por suerte, la cultura popular es sabia, y su gobierno de apenas un año fue bautizado con sorna como la “dictablanda”.

El mensaje del general Berenguer fue el de la intención de pacificar el país y al lograrlo regresar a la senda del turnismo político como se había hecho hasta 1923; esto es, la alternancia de dos partidos políticos de corte liberal, con un proceso electoral totalmente controlado desde las bases gracias al sistema caciquil imperante. Para tranquilizar los ánimos, Berenguer se reunió con aquellos militares que sabía eran más proclives a la preparación de una sublevación militar a favor de un sistema político más abierto. En un principio logró su objetivo, pero pronto actuó de forma totalmente contraria, abriendo los ojos a las bases que apoyaban a instaurar un régimen democrático puro o incluso una república.

Ante el desencanto por las promesas incumplidas de Berenguer, las fuerzas políticas democráticas y republicanas se reunieron en San Sebastián en agosto de 1930 y, con reuniones y adhesiones posteriores, se acordó finalmente buscar la proclamación de la república mediante un golpe militar. Se formó un comité revolucionario para organizar la sublevación de diferentes guarniciones militares y, dentro de esta, destacó el capitán Fermín Galán, líder del regimiento de infantería Galicia, destinado como guarnición en Jaca. Fermín fue uno de militares que más activo estuvo en la preparación del golpe en favor de la república. No en vano, ya había estado en la cárcel por haber participado en la organización de otro pronunciamiento militar, en este caso contra Primo de Rivera.

Sin embargo, el comité revolucionario no fue todo lo expeditivo que Galán pretendía, y la fecha para comenzar el golpe fue pospuesta en repetidas ocasiones, hasta que finalmente se fijó para el 15 de diciembre de 1930. Pero Galán había recibido informaciones de que el gobierno sabía que estaba tramando algo. Esto, junto al miedo de que las inminentes nevadas cayeran antes del día 15 y cerraran los pasos pirenaicos impidiendo el transporte de tropas, hizo que anunciara al comité que iniciaría el golpe el día 12. Algunas fuentes dicen que para tratar de convencerle de que retrasara el golpe hasta el día 15, el comité envió a Jaca a Casares Quiroga y a otros dos delegados. Pero estos llegaron, según sus propias palabras, “a una hora intempestiva”, por lo que no contactan con Fermín Galán y deciden esperar a la mañana siguiente. Pero el capitán es madrugador, y a las cinco de la mañana del día 12 subleva a la guarnición jacetana, ocupa las sedes de correos, telégrafo, telefonía y la estación de tren y proclama en el ayuntamiento la Segunda República española.

Galán espera que su acción haga que el resto de militares favorables a la república se alcen también, provocando la caída del gobierno de Berenguer. Pero muchos esperan a ver cómo se desarrollan los acontecimientos, y lo cierto es que la escasa previsión de la guarnición jacetana hace que se retrase la salida hacia Huesca más de nueve horas, al no contar con vehículos. Esto da tiempo al gobierno central para preparar la ofensiva, encargada a la V Región Militar, la de Zaragoza, desde donde se mandan tropas a defender la capital oscense.

Mientras, las dos columnas en las que se dividen las fuerzas de Galán, avanzan a duras penas, debido al mal estado de la mayoría de los vehículos de los que disponen y que sufren averías constantemente. Consiguen por fin llegar a Ayerbe, pero han perdido un tiempo precioso, y al día siguiente se encuentran en los alrededores del santuario de Cillas, a apenas 3 km de Huesca, con el grueso de tropas del gobierno que han llegado desde Zaragoza, que rechazan el avance de los sublevados. Galán tarda mucho en reaccionar al verse superado y fracasado el movimiento revolucionario por falta de apoyos, y de hecho sus tropas se retiran y se lo tienen que llevar prácticamente a rastras. Pero finalmente asume la situación y acude a Biscarrués junto a otros oficiales donde se entregan a la Guardia Civil.

La sublevación prevista inicialmente para el día 15 también fracasa, pues apenas hay un intento de tomar el aeródromo de Cuatro Vientos, en Madrid, y que no se logra tomar. Mientras tanto, Fermín Galán fue sometido en Huesca a un consejo de guerra sumarísimo, en el que el capitán asumió todas las responsabilidades y pidió que eximieran de culpa a sus oficiales, que solo cumplían órdenes. Pero en los apenas cuarenta minutos que duró el consejo, Galán y el capitán García Hernández fueron condenados a muerte, mientras que el resto de oficiales lo fueron a cadena perpetua. El mismo 14 de diciembre a las dos de la tarde y a pesar de ser domingo, día en el que no se acostumbraba  en el ejército a realizar ejecuciones, los capitanes Fermín Galán y García Hernández fueron fusilados. Esto provocó una gran conmoción en toda España, despertándose un profundo sentimiento antimonárquico. Manuel Azaña escribiría en sus memorias “La monarquía cometió el disparate de fusilar a Galán y García Hernández, disparate que influyó no poco en la caída del trono”. Y así fue, porque apenas cuatro meses después de su ejecución, unas elecciones de carácter municipal mostraron un apoyo mayoritario en las grandes ciudades a los partidos republicanos, provocando así la salida de Alfonso XIII y la proclamación de una República que siempre tuvo a los sublevados de Jaca como mártires por la causa.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza