LA ALJAFERÍA: EL PALACIO CONSTRUIDO EN UNA NOCHE

No todo va a ser hablar aquí de historia pura y dura. Si algo tiene Aragón es que es una tierra de mitos y leyendas, y es algo que a nosotros nos encanta. Por eso hoy os vamos a hablar un poco de una leyenda musulmana.

En la Saraqusta –Zaragoza- de finales del siglo XI, una de las taifas más poderosas de toda al-Andalus, la gente se maravillaba con la historia del gran palacio de la alegría, o palacio de la Aljafería, cuya leyenda decía que había sido construido en una sola noche.

Antes de la construcción de dicho palacio, los reyes de la taifa se alojaban en el alcázar de la Zuda, del cual tan sólo ha llegado hasta nuestros días el torreón situado junto al puente de Santiago. En el alcázar se alojaba un príncipe de la taifa, Ben Alfaje, que cuando anochecía acostumbraba a salir a pasear por la orilla del río Ebro.

Un día, el príncipe se encontraba dando su paseo, y había llegado hasta la zona que los musulmanes conocían como al-Musara –Almozara-, maravillándose de nuevo por lo bello de la zona, un auténtico vergel lleno de campos, feraces huertas y sotos bañados por las aguas del Ebro. En ese momento, Ben Alfaje susurró uno de sus más fervientes deseos:

“Qué hermoso sería construir en este vergel el alcázar más bonito jamás construido: estucados de pórfido y nácar, hermosas fuentes, altas torres, suelos de mármol, zócalos de alabastro, techos de oro, yeserías de los mejores maestros, limoneros con la mejor alberca del mundo…”.

Pero de lo que el joven príncipe no se había dado cuenta era de que alguien había escuchado su deseo. De pronto escuchó que a sus espaldas alguien susurraba su nombre. Ben Alfaje se dio la vuelta, y para su sorpresa se encontró con un anciano de larga barba encanecida, vestido con una toga de lana blanca y con una corona de algas en su cabeza.

-¿Qué se le ofrece, anciano?- le preguntó Ben Alfaje.

El anciano se presentó como el padre Ebro, el espíritu del gran río, y le dijo que había escuchado su deseo cada noche que paseaba junto a sus orillas.

-Yo haré realidad tus deseos si a cambio me entregas a tu esclava favorita, la bella Hanifa.

-Dámelos y es tuya-, le contestó el príncipe.

Tras sellar su pacto, un gran cansancio se apoderó de Ben Alfaje, cayendo este dormido. A la mañana siguiente despertó, convencido de haber tenido un extraño sueño. Pero al despejarse, vio que se encontraba en un fabuloso palacio, lleno de color, de un salón dorado, de alfombras persas, de sedas de Oriente, del más maravilloso de los jardines inundado de olor a limoneros, naranjos y jazmín, y todo ello rodeado por las ricas huertas de la al-Musara. Ben Alfaje no cabía en sí de gozo, y jamás volvió a pensar en su favorita Hanifa, que había desaparecido misteriosamente esa misma noche. Aún así, todavía hay gente que dice que los días en los que el cierzo sopla con mucha fuerza, se escucha por las riberas al padre Ebro llamando a su amada Hanifa.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza

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