PONCIANO PONZANO, EL ESCULTOR DEL CONGRESO

Ponciano Ponzano nació el 19 de enero del año 1813 en una Zaragoza que, recordemos, estaba en esos momentos gobernada por los franceses y que tardaría todavía más de medio año en ser liberada por las tropas de Espoz y Mina. No nacía en un lugar muy halagüeño, ya que estaban muy recientes la destrucción y la gran mortandad que provocaron los dos sitios a los que fue sometida la ciudad entre 1808 y 1809 por las tropas napoleónicas. Aún así, tuvo la suerte de nacer en una familia relativamente acomodada y en la que el empleo de su padre le marcaría de por vida. Su madre era María Gascón y su padre Pedro Ponzano, quien en el año 1818 fue nombrado conserje de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza, recogiendo el testigo de su propio padre.

El trabajo de Pedro consistía en vigilar y custodiar el museo de esa institución para la que trabajaba, algo que como decía marcó a su hijo Ponciano, ya que desde pequeño estuvo en contacto con las colecciones artísticas que atesoraba la Real Academia y también la que tenía la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País. Esa constante visión de aquellas obras despertaron en un jovencísimo Ponciano inquietudes artísticas, correspondidas además con una buena mano para el dibujo y la pintura.

Ya en la década de 1820 comenzó a destacar también en el campo de la escultura gozando de las enseñanzas del escultor cordobés José Álvarez Cubero, quien en 1828 le recomendó el irse a estudiar a Madrid en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, viviendo allí con el hijo de su maestro y también escultor, José Álvarez Bouquel. Por fin, en el año 1832, se presentó a la convocatoria realizada por la Real Academia de San Fernando donde logró el segundo premio de escultura, lo que le valió una pensión para ir a estudiar a Roma, ciudad que todavía era el centro del arte europeo. Allí prosiguió sus estudios a la vez que realizó algunas obras con las que llegó a alcanzar cierto renombre incluso a nivel internacional, lo que le valió el ser nombrado académico de mérito de la Real Academia de San Fernando en 1839.

Grabado de Ponciano Ponzano en 1877

Siempre siguió muy vinculado a Aragón a donde iba con asiduidad, pero Ponciano Ponzano se asentó en Madrid donde viviría y trabajaría el resto de su vida y donde no sólo se ganó fama de gran escultor, sino también de ser alguien tremendamente perfeccionista, arisco, muy dado a lo que hoy llamaríamos “humor somarda” y sobre todo supersticioso.

En 1845 fue nombrado escultor de cámara honorario de la reina Isabel II, un momento dulce de una carrera en la que le llovían los encargos, como monumentos funerarios, bustos, relieves y estatuas de estilo neoclásico, que incluso llegaron hasta las Filipinas, por entonces colonia española, y en cuya capital, Manila, se colocó una estatua de bronce de la reina realizada por el escultor aragonés.

Pero sin duda, una de las obras más importantes de su carrera fue el encargo para realizar toda la iconografía del frontón del Congreso de los Diputados, el mayor conjunto escultórico realizado en la España del siglo XIX, así como los dos grandes leones que custodian la escalinata principal de acceso. En el frontón del Congreso aparece una alegoría de España abrazando la Constitución y rodeada de otras figuras que representan a la Fortaleza, la Justicia, las Bellas Artes, el Comercio, la Agricultura o los ríos y canales.

¿Y qué queda en su Zaragoza natal de su obra? Destacan el busto dedicado a Juan Bruil y que está en el cementerio de Torrero o el panteón dedicado al general oscense Manuel de Ena, líder militar al servicio de Espartero en la Primera Guerra Carlista (1833-1840) y que falleció en Cuba luchando contra los piratas. Este panteón se encuentra en la capilla de Santa Ana del Pilar de Zaragoza.

Los leones del congreso

Estos icónicos leones, bautizados como Daoiz y Velarde, apellidos de los dos capitanes de artillería que se sublevaron el 2 de mayo de 1808 en Madrid contra los franceses, son una muestra de lo supersticioso que era el escultor aragonés. Y es que decía que traía mala suerte esculpir animales en mármol. La solución fue realizarlos con el bronce de los cañones capturados a los marroquíes durante la Guerra de África librada en el año 1860.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza