¿CORONA CATALANA? MANIFIESTO POR UNA HISTORIAL REAL

Por desgracia es frecuente el tener que dedicar tiempo a desmentir ciertos bulos y manipulaciones de la historia aragonesa que se hacen desde ciertos sectores tanto desde la historiografía tradicional hecha en Madrid que presenta la historia de España como la de Castilla sin dar apenas protagonismo a la Corona de Aragón como desde Barcelona hablando de coronas catalano-aragonesas o expresiones anacrónicas y creadas a posteriori con intereses que nada tienen que ver con es estudio, investigación y divulgación de la Historia como disciplina. Este es el caso de un nuevo artículo publicado recientemente y al que nosotros trataremos de dar respuesta desmontando una tras otra dichas manipulaciones.

El autor del mismo, Marc Pons, defiende que no se puede hablar de «Corona de Aragón» porque hasta Fernando II el Católico y a finales del siglo XV no se usa esa denominación y que no es justo que se utilice debido a la poca importancia del reino aragonés en el conjunto de la Corona. Este es uno de los mantras que se suelen utilizar para legitimar de alguna forma que el concepto que se debe usar es el de «corona catalana-aragonesa» ¿Es eso cierto?

Es obvio que no y ponemos dos simples ejemplos para demostrarlo. Ya a comienzos del siglo XIV Alfonso IV dice en unas cortes aragonesas «siempre será [Aragón] la cabeza protocolaria de mis reinos y lo principal de mis Estados«, cita que recoge el catedrático J.L. Corral en la página 113 de su libro «La Corona de Aragón: manipulación, mito e historia«; donde se puede ver la bibliografía que usa. Además, también podemos ver mencionar a la Corona de Aragón en el edicto del 24 de marzo de 1344 por el que Pedro IV anuncia la anexión a su Corona del Reino de Mallorca y dice «Nuestra Corona Regia de Aragón«. Son tan sólo dos ejemplos, y por ellos cabe decir que es una manipulación el hecho de que Marc Pons asegure que no se usa el término de «Corona de Aragón» hasta finales del siglo XV.

En el siguiente punto, el autor habla de que el «pequeño Reino de Aragón«, expresión que repite una y otra vez, fue salvado por los catalanes de ser engullido por la expansión de navarros y castellanos. En primer lugar, en ese momento histórico al que hace referencia, es decir, a mediados de la década de 1130, hay que hablar de Reino de León y no de castellanos. En cuanto a lo que atañe a lo expuesto por el autor, ¿es cierto que hay en ese momento un intento expansivo del Reino de León ante un Aragón en crisis tras la muerte de Alfonso I el Batallador sin descendencia? Por supuesto. De hecho los leoneses, que no castellanos, ocupan Zaragoza en el año 1134 alegando que sólo lo hacen para proteger la ciudad ante alguna tentativa de los almorávides de reconquistarla, aunque lo cierto es que su pretensión era hacerse con esta ciudad a la que habían sometido al pago de parias durante años antes de la conquista aragonesa en el año 1118.

Sin embargo, la Iglesia exigía ese territorio porque según el testamento de Alfonso I el antiguo reino musulmán de Zaragoza pertenecía a las órdenes militares ya que el monarca aragonés se la había cedido a estas en su testamento. Ante estas exigencias de Roma, Alfonso VII de León se quita el problema y devuelve Zaragoza a Aragón en el año 1136. ¿Salvaron pues los catalanes al Reino de Aragón de ser engullido por León? Evidentemente no, porque Zaragoza vuelve a manos de Ramiro II en 1136 mientras que los esponsales de Barbastro entre Petronila y Ramón Berenguer IV son al año siguiente, en 1137. El monarca aragonés no recibe pues ninguna ayuda del conde Ramón Berenguer IV de Barcelona para recuperar la mitad de su reino.

¿Se puede hablar además de una expansión territorial del Reino de Pamplona a costa del de Aragón en estos momentos, tal y como asegura Marc Pons? No. De hecho, en el año 1135, Ramiro II de Aragón y García Ramírez de Pamplona firman el Pacto de Valdoluengo por el cual el rey pamplonés pasa a ser vasallo del aragonés. Esto no era más que un pacto defensivo entre ambos monarcas para hacer frente a las ansias expansivas de Alfonso VII de León, que como se ha explicado sí que había ocupado Zaragoza en ese momento y trataba de arrebatar territorios también al Reino de Pamplona. Pero cuando Alfonso VII devuelve al año siguiente Zaragoza a Aragón es verdad que Pamplona se siente traicionada y entiende que se avenimiento entre León y Aragón le puede suponer una amenaza directa, por lo que ataca las fronteras aragonesas llegando incluso a Jaca. Pero son campañas de ataques defensivos por esa «traición» aragonesa, jamás provenientes de una supuesta expansión pamplonesa.

El autor repite como un mantra la expresión «pequeño Reino de Aragón» con un claro interés de mostrar a un Reino de Aragón en las últimas y al que sólo la intervención del condado de Barcelona podía salvar de su desaparición, a la cual parece que estaba abocado. En el mapa que adjuntamos y que hay que señalar que no es del todo correcto, muestra sin embargo que el Reino de Aragón, aún quitándole el Reino de Pamplona y la zona de Sigüenza, Soria y Molina de Aragón, no era pequeño territorialmente en comparación con los territorios que dominaba el conde de Barcelona que, por cierto, no eran todos los marcados en el mapa, pues todavía no dominaba algunos como el condado de Urgell, por poner un ejemplo.

Historia de Aragón on Twitter: "📯 Una vez más nos hacemos eco de una serie  de manipulaciones históricas que entre todos no debemos dejar que sigan  haciendo poso y que reescriban la

El autor nos dice una vez más en ese intento de minusvaloración que «el pequeño Reino de Aragón se va a convertir en un dominio de la estirpe de Ramón Berenguer«. Este es el gran mantra de ciertos sectores de manipulación de la historia, según los cuales Aragón pasa a ser un dominio catalán. ¿Es así? Una vez más no, y es curioso que en esas tesis siempre se obvia hablar de una de las cláusulas de los esponsales de Barbastro en los que Ramiro II de Aragón dice: «Y yo, dicho rey Ramiro, sea rey, señor y padre en dicho reino y en todos tus condados mientras me plazca«.

Es decir, que Ramón Berenguer IV pasa a gobernar el Reino de Aragón en calidad de príncipe, nunca de rey, pero bajo la supervisión de Ramiro, al cual rinde vasallaje. El propio Ramiro II el Monje siguió siendo rey hasta su muerte porque él lo quiso así, aunque dejó las tareas de gobierno en manos de su yerno, con el cual tenía relación de amistad desde hacía años, porque a Ramiro no le gustaba gobernar, jamás había recibido una educación para ello y, además, tenía una verdadera vocación religiosa y su deseo era retirarse para poder seguir viviendo esa vida tranquila en el monasterio.

Lo cierto es que tras la unión dinástica desaparecen los nombres patrimoniales y tradicionales de la Casa de Barcelona. Ya no habrá más Ramones y Berenguer. Desde ese momento la mayoría de monarcas seguirán usando nombres tradicionales de la Casa de Aragón como Pedro y Alfonso, además de mostrar en los documentos que pertenecían a la Casa de Aragón. ¿Quiere esto decir que el condado de Barcelona pasa a ser un dominio aragonés? De ninguna manera. Es una unión dinástica entre dos familias a las que les vino muy bien por diversas circunstancias y que se fortalecieron mútuamente.

Marc Pons comenta también que las barras o palos del Señal Tal son de origen catalán, y para ello nos habla como prueba irrefutable del sepulcro de la condesa Ermesinda de Carcasona, del siglo XI y previo a la unión dinástica con Aragón, lo que demostraría ese origen catalán del emblema que hoy en día usan tantos territorios y localidades como emblema de representación territorial.

A la izquierda tenemos el sepulcro de estilo gótico de Ermesinda mandado hacer por Pedro IV mucho más tarde, ya en el siglo XIV, con los palos reales (mucho después de la unión dinástica), y a la derecha el sepulcro románico primigenio del siglo XI también con los palos. Ningún estudio ha confirmado que los palos del sarcófago románico sean del siglo XI, lo que habría dado ese origen catalán al Señal Real. De hecho, ese sepulcro estuvo prácticamente a la intemperie durante más de 2 siglos y jamás se habría podido conservar esa policromía. ¿La explicación más factible? Esos palos del sepulcro románico se pintaron en el siglo XIV por orden de Pedro IV antes de que lo introdujeran en el nuevo sepulcro gótico, lo cual explicaría su casi perfecto estado de conservación al estar, ahora sí, protegidos de las condiciones ambientales. Por tanto, no demuestran ese origen catalán del Señal Real. Es más, ​ Armand de Fluvià i Escorsa, Asesor de Heráldica de la Generalitat de Cataluña, llegó a decir que «es cierto que nadie puede afirmar rotundamente que [las pinturas] sean de la época de la muerte de los condes«.

6) En el siguiente punto que defiende Marc nos comenta este que la conquista de Valencia por Jaime I el Conquistador en el siglo XIII fue una conquista catalana. En realidad fue una empresa del Reino de Aragón para lograr salida al mar, algo que llevaba buscando desde los tiempos de Alfonso I el Batallador cuando murió por la derrota sufrida en 1134 tratando de conquistar Fraga, paso previo para llegar a Tortosa y hacerse con ella.

Sin embargo, Jaime I al final creó un nuevo reino, el de Valencia, para vengarse de la nobleza aragonesa que tantas veces se le había rebelado a comienzos de su reinado. En el «Llibre dels repartiments» se ven los nombres de aragoneses que lograron tierras en Valencia por su participación activa en la conquista, además de las prebendas que concedió por su ayuda a localidades como Daroca, donde por cierto se conserva la bandera en tela con los palos reales más antigua de la historia. De la misma manera que la conquista de Mallorca fue una empresa liderada por Barcelona para favorecer su comercio pero en la que también participaron aragoneses, en Valencia participaron catalanes como es lógico en un esfuerzo «común». Las quejas de los aragoneses en las numerosas cortes convocadas a lo largo del reinado de Jaime muestran el profundo descontento de estos por dejarles sin las tierras que consideraban como la zona de expansión natural del Reino de Aragón.

Y para finalizar, el autor vuelve a repetir ese mantra de la exclusiva catalanidad de los famosos almogávares. ¿Hubo muchos catalanes formando en la Gran Compañía? Muchísimos. Pero también multitud de aragoneses, valencianos, mallorquines e incluso de gentes de fuera de la Corona de Aragón llegados desde Navarra, Castilla o León, pero todos clamando al unísono el viejo grito de guerra con el nombre de la casa real reinante: «¡Desperta ferro, Aragó, Aragó

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza