EL BOMBARDEO DE LA BASÍLICA DEL PILAR

El 3 de agosto de 1936 fue bombardeada la Basílica del Pilar de Zaragoza durante la Guerra Civil española, aunque felizmente no explotó ninguno de los proyectiles lanzados contra ella. La historia oficial que contó el franquismo durante cuarenta años y que ha trascendido fue que aquél caluroso 3 de agosto de 1936 la aviación republicana quiso dar un golpe contra la moral de los muy católicos “soldados nacionales” que se habían rebelado contra el gobierno de la Segunda República. Pero gracias a un milagro provocado por la intercesión de la Virgen de Pilar ninguno de los artefactos explotó, causando unos leves daños con respecto a lo que podría haber pasado.

La situación era que la guerra había comenzado apenas dos semanas antes y que Zaragoza, aunque había sido dominada por los sublevados, se encontraba demasiado cerca del frente, temiéndose su caída en manos republicanas en cualquier momento. El bando golpista se caracterizaba a si mismo como un movimiento que pretendía, entre otras cosas, defender a la religión católica. Esta era una de sus señas y la Virgen del Pilar era uno de los grandes símbolos religiosos de España. Muy conocida es, por ejemplo, la gran devoción que Francisco Franco profesaba hacia su figura, y la no explosión de las bombas fue utilizada por la propaganda golpista como una señal clara de que Dios estaba de su lado y, de esa manera, lograr subir la moral de su bando y que creciera el apoyo por parte de la población.

Pero, ¿fue todo esto así, tal y como se contó? Se ha tratado de buscar la realidad de toda esta historia y aunque ninguna de las respuestas que se han dado son irrefutables, algunos han llegado a apuntar que no fue la aviación republicana la que cometió el ataque. Según otras versiones, todo habría sido desde el principio un golpe propagandístico orquestado desde el mismo bando golpista, queriendo mostrar la barbarie de los republicanos y que así la gente apoyara al nuevo movimiento nacional, como se autodenominaban. Los que apoyan esta teoría hablan de lo curioso que es que ninguna de las cuatro bombas que fueron lanzadas contra el templo explotara –una cayó al Ebro, otra en la plaza y las otras dos impactaron en el Pilar atravesando el techo-, pero el caso es que jamás podrían haberlo hecho, pues según algunas fuentes ninguna llevaba espoleta. Se ha aducido a la mala calidad de los proyectiles que se fabricaban en esa época, pero ¿que ninguna llevara espoleta? Esto indica una probable manipulación previa de las bombas, por lo que se pretendía causar el menor daño posible y utilizar más el hecho de forma propagandística. Y esto, sin duda, al bando al que más benefició fue al de los sublevados.

Una de las mayores curiosidades al visitar el Pilar es el buscar el rastro que dejaron las dos bombas que impactaron, una de las cuales dañó –por fortuna solo en un lateral- la cúpula que un joven Francisco de Goya pintó en el coreto. Ambos proyectiles pueden verse hoy en día colgados junto al acceso a la cripta, aunque llama la atención que no tengan ni un solo rasguño a pesar de haber sido lanzados desde un avión.

Pasara lo que realmente pasase aquél 3 de agosto de 1936, esta historia nos demuestra lo realmente importante que es la historia, pues en muchas ocasiones su uso con fines políticos, propagandísticos, etc, pueden llevar a una lacerante tergiversación de la historia, que solo puede ser corregida o al menos puesta en entredicho gracias al trabajo de los historiadores.

 

Sergio Martínez Gil.

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza.

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