EL DENTÍFRICO DE LOS CELTÍBEROS

Ya que no hemos encontrado una efeméride el día de hoy con suficiente gancho, si me lo permitís, voy a tomar como excusa que los celtíberos habitaban en gran parte del actual Aragón para hablar de un tema cuánto menos pintoresco y curioso, que no es otro que el de su higiene personal, en concreto me refiero a su higiene bucal. ¿Nunca os habíais preguntado como sería la higiene personal en aquellos tiempos, antes de existir productos como los dentífricos? Pues os lo contamos.

Tanto en Catulo como en Diodoro de Sicilia –autores la Antigüedad- aparecen repetitivos relatos sobre la costumbre celtibérica de limpiarse los dientes con orines. Este tópico tiene su origen en el testimonio de Estrabón -geógrafo de la época- de que los cántabros y sus vecinos se lavaban con orina que se había dejado reposar en cisternas para tal fin, limpiándose con ella también la dentadura.

Al principio de la ciencia histórica se dieron estrafalarias interpretaciones como la de Bourke, quien se creyó a pie juntillas estos relatos y no sólo admitía la raíz hispana de este comportamiento, sino que incluso pensaba que el uso del orín en las ceremonias de los indígenas americanos se debía al contacto con los colonos españoles, añadiendo como prueba que todavía en la España de su época -fines del s. XIX- se continuaba con dichos hábitos. Me confieso malévolo y me lo imagino contándole a sus compatriotas que ese bulo que corre por el extranjero de que los españoles olemos a ajo es mentira, que en realidad olemos a orín, que ya lo decían los romanos.

También se dieron explicaciones como las de Caro Baroja, quien relacionaba esta costumbre con que en un pasado los celtíberos fueron nómadas pastores. Este tipo de hipótesis contrastan con la de Bermejo, quien puso el acento en la existencia de otras fuentes en las que se describe el uso de cosméticos elaborados con excrementos, tanto animales como humanos, en la Antigüedad clásica. Para este último, estos textos exponían un discurso oficial y denigratorio que exacerbaba todos aquellas caraterísticas supuestamente menos «civilizadas» de los indígenas bárbaros con el fin de convencer de la beneficiosa influencia de la ocupación romana, al igual que hacían los europeos en el siglo XIX cuando hablaban de civilizar África. En los últimos años se ha planteado que puede que en la celebración de determinados rituales se produjera la ingesta de alguna sustancia que diera lugar a este tipo de interpretaciones y relatos en las fuentes romanas.

No sabemos con certeza si se trata de un bulo de los romanos con la intención de presentar a los celtíberos como bárbaros, si era una costumbre real, o si se trataba de una mala interpretación de alguna tradición indígena. No sería de extrañar su empleo de algún modo como producto de higiene, ya que la orina se utilizaba para quitar las manchas difíciles y para fijar los tintes en la ropa.

Os dejamos dos poemas de Catulo en el que nos hablan de esta costumbre celtíbera:

 

Local lascivo y vosotros, compañeros

de la fraternidad pileada del noveno pilón,

¿pensáis que sólo vosotros tenéis pollas?

¿Que sólo vosotros os podéis tirar juntos a cuantas chicas queráis y pensar que los demás son cabrones?

¿Acaso porque os ofrecéis codo con codo, estúpidos,

cien o doscientos, no pensáis que me voy a atrever

a dársela a mamar a doscientos esquineros a la vez?

Pensadlo antes, pues os voy a escribir con vergas

la fachada de todo el local.

Resulta que mi chica, que huye de mi regazo,

amada tanto como no será amada ninguna,

por la que he tenido que luchar grandes batallas,

se ofrece aquí mismo con vosotros. A ésta, ¡buenos y dichosos!,

todos la amáis, e incluso –lo que resulta más feo–

todos los puteros ruines y de calleja.

Y por encima de todos, tú, único entre los greñudos,

hijo de la conejera Celtiberia,

Egnacio, a quien hace bueno una barba espesa

y una dentadura abrillantada con orina ibera.

 

Egnacio, por tener los dientes resplandecientes,

va sonriendo por doquier: si uno llega al banquillo

de un acusado cuando el orador incita al llanto,

aquél sonríe; si uno gime junto a la pira de un hijo

cariñoso cuando la despojada madre llora a su único hijo,

aquél sonríe. Sea lo que sea, allí donde esté,

haga lo que haga, sonríe. Tiene esta enfermedad,

ni elegante, como pienso, ni educada.

Y por ello he de advertirte, mi buen Egnacio:

aunque fueras de la capital, o sabino, o tiburtino,

o un umbro frugal, o un etrusco obeso,

o un lanuvino renegrido y dentón,

 o un transpadano –para tocar también a mis paisanos–

o cualquiera que lave higiénicamente sus dientes,

a pesar de todo seguiría sin querer que sonrieras por doquier,

pues no hay cosa más inoportuna que una sonrisa inoportuna.

Ahora bien, eres celtíbero. En la tierra celtíbera,

cada uno, con lo que haya meado, suele abrillantar

por la mañana los dientes y la sonrosada encía;

así que cuanto más pulida está esa dentadura vuestra

tanto más enjuague delata que has bebido.

 

La fotografía que aparece en la cabecera del artículo está tomada del primer capítulo de la fantástica serie Roma. En la escena unos mercenarios hispanos atacan al séquito del joven Augusto que se esconde en unos arbustos ante la emboscada. Uno de los mercenarios hispanos lo encuentra y quizás haciendo un guiño a este poema de Catulo, sonríe, mostrando sus dientes llenos de orín, como podéis apreciar en la foto. Digo quizás porque luego se ve como Tito Pulo -uno de los protagonistas de la serie-, tras asesinar al guerrero hispano le arranca los dientes por ser postizos de oro, así que quién sabe, puede que sea un guiño a estos versos o puede que no, que sea fruto de la casualidad.

Santiago Navascués Alcay

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza