LOS GRANDES MONARCAS NO NACEN, SE HACEN

La serie Isabel, protagonizada por la actriz Michelle Jenner, volvió a poner de actualidad el reinado de los Reyes Católicos. Nosotros, como historiadores, nos maravillamos del interés que puede despertar el cine en un determinado episodio histórico. Sabemos que a raíz de esa serie es un tema que gusta, que engancha, y por eso hemos hablado hasta la saciedad del reinado de los Reyes Católicos, de la boda de los monarcas, de las políticas matrimoniales de sus hijos, de lo que ocurrió a la muerte de Isabel, de las consecuencias para Aragón de su reinado, pero nunca hemos hablado de la niñez y juventud de Fernando.

Quien haya visto la serie sabrá de las intrigas palaciegas y de la guerra civil que vivió la joven Isabel de Castilla hasta consolidar su posición como reina de Castilla. El seguidor de la trama completa, habrá observado la repentina aparición de Fernando II de Aragón con su condición de rey de Sicilia ya bastante afianzada y puede pensar que, a diferencia de Isabel, su ascenso al trono fue un camino de rosas. Nada más lejos de la realidad. Las circunstancias pondrían a prueba a Fernando desde su más tierna infancia.

Fernando II fue educado entre guerras, por y para la batalla, viviendo desde niño continuas intrigas palaciegas y escándalos familiares que le convirtieron en un hábil experto en el arte de la diplomacia. Era el primogénito del segundo matrimonio de Juan II, hermano del rey Alfonso V de Aragón.

El anterior matrimonio de Juan II con Blanca de Navarra había convertido a su padre en rey de Navarra y aunque su hermano Alfonso V fuera el rey de Aragón, quien verdaderamente gobernaba dicho reino era Juan II, ya que su hermano estaba ocupado en el lejano Nápoles. Fruto de este anterior matrimonio nació el Príncipe Carlos de Viana, hermanastro de Fernando II. El problema vino cuando murió Blanca de Navarra en 1441: un sector de la nobleza apoyaba como rey a Juan II y otro, a su hijo Carlos de Viana. El resultado fue una guerra civil entre padre e hijo por el trono de Navarra. Es en este contexto de guerra civil, en 1452, cuando nació Fernando del segundo matrimonio de Juan con Juana Enríquez. Huyendo de la guerra, Juana se puso de parto en la villa de Sos, situada en la frontera con Navarra, de ahí el nombre de Sos del Rey Católico.

El Príncipe Carlos fue derrotado y apresado por Juan II. Es decir, que cuando Fernando todavía llevaba pañales, su hermanastro estaba siendo encarcelado por su propio padre, además de ser declarado inhábil para la sucesión. El hecho de que el príncipe fuera derrotado y apresado no puso fin a la guerra porque sus partidarios seguían rebelándose a la autoridad de Juan. Este se vio obligado a firmar en 1453 la Concordia de Valladolid, en la que liberaba a su hijo, quien marchó a Nápoles a buscar la protección de su tío Alfonso V. El rey obligó a Juan a anular el desheredamiento, lo que implicaba que Fernando II no fuera el sucesor de Juan II.

El príncipe Carlos no sólo despertaba simpatías en Navarra, sino también en un amplio sector de la sociedad catalana que se oponía a la autoridad de Juan. Esto es así porque en Cataluña el padre del “Católico” apoyó a los grupos más desfavorecidos y a los campesinos, no por caridad, sino porque eran los enemigos tradicionales de los nobles, eclesiásticos y oligarcas de las ciudades que utilizaban las instituciones para restarle poder. Esto formó en Cataluña dos bandos. Por un lado La Biga, formada por altos nobles, eclesiásticos y oligárquicos que simpatizaban con el Príncipe de Viana. Y por otro lado, La Busca, formada por campesinos y las clases bajas de las ciudades, que apoyaban a Juan II.

Estando así las cosas, Llegamos al fallecimiento de Alfonso en 1458 sin herederos. En su testamento nombró a Juan rey de Aragón y a su sobrino, el Príncipe de Viana, gobernador de Cataluña. Imaginad las risas que se echaría el rey Alfonso a la hora de redactar su testamento. Lo primero que hizo Juan como rey fue otorgar a Fernando, con tan sólo seis años, el título de duque de Montblanc y conde de Ribagorza con la ciudad de Balaguer. El mensaje que daba era claro: Fernando sería su heredero y no el Príncipe de Viana.

En 1460 el príncipe Carlos de Viana fue arrestado y hecho prisionero, una vez más, por su padre. Entonces La Biga se alzó contra el rey y le obligó a liberar a su hijo y a acatar la Capitulación de Villafranca del Penedés en 1461. Esto limitaba notablemente su autoridad real e implicaba que Juan no podía entrar en Cataluña sin el permiso de las instituciones locales. En 1461 murió el Príncipe de Viana a causa de una enfermedad pulmonar, aunque las malas lenguas decían que fue envenenado por su madrastra –madre de Fernando II-, a saber. Unos días después, a la edad de 9 años, en la iglesia de San Pedro de los Francos de Calatayud, ante las Cortes de Aragón, el rey hace jurar a Fernando por príncipe heredero y señor por los días de su padre y después por su legítimo rey. Después de esto, en Cataluña la autoridad teórica recaía en Fernando, aunque quien gobernara en realidad fuera la Generalitat.

Una vez terminado el juramento, el joven príncipe marchó con su madre a la Ciudad Condal. Mientras esto ocurría, estalló en el norte de Cataluña una revuelta campesina. La estancia de madre e hijo en Barcelona no fue nada tranquila y estuvo marcada por el miedo y todo tipo de intrigas, ya que en la ciudad La Biga tenía mucho poder. Estaba efervesciendo un clima antidinástico e independentista muy peligroso en la capital catalana; y en febrero de 1462 Fernando y su madre abandonaron Barcelona en una marcha que más bien era una huida, aunque fuera inteligentemente urdida y enmascarada. Se refugiaron en Gerona, donde la revuelta campesina se había hecho muy fuerte, siendo muy bien recibidos por los gerundenses. La Generalitat, controlada por La Biga, bajo el pretexto de acabar con la revuelta campesina; envío un ejército, sitiando Gerona, donde estaban refugiados la esposa y el hijo de Juan II. El rey de Aragón se hizo con un gran ejército y con importantes recursos financieros gracias a un acuerdo con Luis XI de Francia. A continuación entró en Cataluña sin el permiso de la Genaralitat, incumpliendo lo pactado en la Capitulación de Villafranca del Penedés; y puso fin al sitio de la ciudad, liberando a su esposa y a su hijo. Este fue el inicio de la guerra civil en Cataluña entre La Biga que quería independizarse, y La Busca, que apoyaba a Juan II. Con sólo 10 años Fernando se vio en peligro de muerte por obra de sus súbditos rebelados; una de las causas, probablemente, del hábil y precavido autoritarismo que se manifestaría tantas veces el resto de su vida.

El acuerdo con el rey de Francia no fue gratis, se produjo a costa de hipotecar el Rosellón y la Cerdaña como pago de la deuda de 200.000 escudos para financiar al ejército francés. Al morir el Príncipe de Viana y al no aceptar la autoridad de Fernando, la Generalitat controlada por La Biga buscó un sustituto y este fue momentáneamente Enrique IV de Castilla, hermano de Isabel, viéndose las fronteras de Aragón con Castilla amenazadas. Al final, las actividades diplomáticas de Juan II y del rey francés obligaron a Enrique a declinar la oferta de la Generalitat. El siguiente candidato de la Generalitat fue el condestable Pedro de Portugal, que fue nombrado conde de Barcelona en 1463. Mientras todo esto ocurría, desde que en 1462 Fernando escapó del asedio de Gerona hasta 1464, el infante permaneció en Zaragoza, alejado de la guerra con Cataluña, siendo estos años los más importantes de su formación intelectual. Hasta entonces sus mejores maestros habían sido sus padres.

En 1465 con trece años participó en la guerra con Cataluña como jefe del ejército real, derrotando en la batalla de Calaf al condestable de Portugal, que acabó muriendo como consecuencia de las heridas sufridas en el combate. Este éxito, que en realidad se debía a sus capitanes y no a Fernando a causa de su corta edad, le encumbró para ser nombrado por su padre ese mismo año, lugarteniente general “en todos los reinos y tierras nuestras, tanto cismarinos como ultramarinos, ex latere nostro”. Como tal, con motivo del sitio de Cervera, marchó a Zaragoza para hacerse con más hombres y medios, a lo que accedió la capital del Ebro y otros municipios aragoneses. Siguió participando en la guerra, asediando el castillo de Amposta y tomando Tortosa. Su padre enfermó de vista, delegando responsabilidades de gobierno a don Fernando, quien en 1466 fue jurado como heredero en Valencia y en Zaragoza tomó posesión de su gobernación general como primogénito, con el subsiguiente juramento de guardar los Fueros y privilegios del reino de Aragón. Parecía que la guerra con Cataluña estuviera a punto de terminar cuando ocurrió un giro de los acontecimientos totalmente inesperado. La Generalitat, que había perdido a su rey el condestable Pedro de Portugal, nombró rey de Cataluña a Renato de Anjou, un importante noble francés que contaba con el apoyo de Luis XI de Francia.

Las alianzas internacionales dieron un giro de 180 grados. Ahora era la Generalitat la que contaba con el apoyo de Francia y Juan II para contrarrestar apoyó a los duques de Borgoña y Bretaña con el fin de provocar un conflicto interno en el país galo, haciéndose necesaria una alianza de Aragón con Castilla. Fue este el motivo por el que se casaron Isabel y Fernando en 1469, para ayudarse a hacerse con el trono de sus respectivos reinos y no por amor. Otra cosa es que con el tiempo, como sabemos por su correspondencia, se acabaran enamorando.

Gracias a la intervención de Francia, en 1467 la Generalitat derrotó a Fernando en Vilademat, quien a la edad de 15 años salvó la vida por los pelos. Muchos de sus principales capitanes no corrieron la misma suerte y fallecieron. En 1468 fue nombrado rey de Sicilia y a su vuelta tuvo importantes victorias en el norte de Cataluña. Una vez terminada la campaña, asentó sus cuarteles de invierno en Lérida, donde mantuvo un romance con Aldonza Ruíz de Ivorra, vizcondesa de Ebol, con quien tuvo un hijo bastardo, Alonso de Aragón, que posteriormente sería arzobispo de Zaragoza.

Al año siguiente, en 1469 se casó con Isabel de Castilla. Oreste Ferrara resumió en esta frase el matrimonio de Valladolid: “Doña Isabel hizo a don Fernando rey de Castilla; mas don Fernando la hizo, en esta hora difícil, princesa de Castilla”. Desde entonces hasta 1472 no pisó tierras aragonesas, ocupándose de la guerra en Cataluña su padre Juan II. Ese mismo año, el rey Juan entró victorioso en Barcelona, poniendo fin a la larga guerra civil catalana con la Capitulación de Pedralbes. En 1474 murió Enrique IV de Castilla, estallando una guerra por la sucesión al trono entre Isabel, hermana de Enrique y casada con Fernando de Aragón; y Juana la Beltraneja, hija de Enrique IV y esposa de Alfonso V de Portugal. Esta guerra se inició tres años después de que Juan II acabara con la guerra de Cataluña, así que don Fernando pudo poner todos los recursos de Aragón al servicio de la causa isabelina. En 1479 ganó la guerra el bando de Isabel y murió Juan II de Aragón, convirtiéndose Isabel en reina de la Corona de Castilla y Fernando en rey consorte de Castilla y rey de la Corona de Aragón. El resto es una historia sobradamente conocida. Su bagaje, antes de ser rey, no está nada mal.

Santiago Navascués Alcay

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza