CATALINA DE ARAGÓN: REINA DE INGLATERRA

El 13 de noviembre de 1501, Catalina de Aragón, la hija menor de los Reyes Católicos, contrajo nupcias con Arturo, primogénito de Enrique VII y por lo tanto heredero al trono de Inglaterra. Catalina se convertía pues así en su futura reina, para lograr así forjar una fuerte alianza con los ingleses. Era parte de aquél plan maestro de Fernando e Isabel del que ya hemos hablado en alguna ocasión, por el cual y a través del casamiento de sus hijos con príncipes y princesas de otros Estados europeos se pretendía forjar una serie de alianzas que aislara políticamente a la pujante Francia.

Es cierto que a comienzos del siglo XVI Inglaterra no era ya la gran potencia europea que durante varias etapas de la famosa Guerra de los Cien Años llegó a controlar incluso una tercera parte del territorio francés. Este reino insular era considerado como un protagonista algo más secundario ante el papel de gigantes como la propia Francia, el Sacro Imperio Romano Germánico o la Corona de Aragón y Castilla ahora que su política exterior era común gracias a sus católicas majestades. Pero su poder no era desdeñado, y aseguraba rodear totalmente a los franceses, incluso por el norte, y dejarlos sin posibles aliados ante futuros conflictos.

Pero la suerte de esos matrimonios de los hijos de Isabel y Fernando fue muy esquiva, y Catalina no lo iba a ser menos. Arturo tenía una salud enfermiza y a los pocos meses de casarse con Catalina murió. Se abría así un problemón para las cortes inglesa e hispánica, pues se perdía la posible alianza entre ambas coronas y Enrique VII tendría que devolver la cuantiosa dote que tan bien le venía además de lo prestigioso que era entonces el lograr un matrimonio con un miembro de la casa Trastámara. Por ello se trató de buscar un arreglo en el que primero fue el propio rey inglés, que también acababa de enviudar, quien se prestó a casarse con Catalina. Pero esto era visto más como un problema debido a la gran diferencia de edad entre ambos, siendo poco probable que Catalina lograra concebir un heredero al trono, lo que ponía en peligro la futura continuidad de la alianza. Por no hablar del problema que suponía que el monarca se casara con su nuera.

De 1501 a 1509 fueron años duros para Catalina, pues Enrique VII se negó a mantenerla, y ella tuvo que arreglárselas con sus exiguos ingresos. Fue en estos años cuando a Catalina se la comenzó a conocer como Catalina de Aragón –a pesar de haber nacido en Castilla-. ¿Por qué? Fue justo cuando se negoció la boda entre ella y Enrique –el segundo hijo del monarca inglés y futuro Enrique VIII- cuando Isabel “la Católica” murió, siendo sucedida en Castilla por su hija Juana. Por lo tanto, Catalina ya no era una princesa hija de los reyes de Castilla y Aragón, sino que era hija “solamente” del rey de Aragón. De ahí el apelativo. Sin duda Catalina fue una mujer fuerte y poco proclive a achantarse durante toda su vida. Ya en 1507 fue designada como embajadora de las cortes aragonesa y castellana en Inglaterra, siendo la primera mujer embajadora de la historia europea.

Finalmente, y tras jurar y perjurar que nunca llegó a consumar el matrimonio con Arturo debido a la frágil salud de este, Catalina se casó con el nuevo Príncipe de Gales y heredero al trono, el joven Enrique. El papa concedió una bula para permitir que ambos cuñados pudieran casarse, y todo quedó olvidado. Al menos durante un tiempo.

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Tumba de Catalina en la catedral de Peterborough

En 1509 murió Enrique VII, siendo sucedido por su hijo que le sucedió como Enrique VIII Tudor, mientras que Catalina fue proclamada como reina consorte. Vivió unos años de felicidad, en los que destacó por sus dotes políticas, así como por llevar a cabo numerosas obras de caridad y por costear cátedras en las universidades de Oxford y Cambridge. Tuvo varios hijos, pero tan sólo María llegó a la edad adulta. Es aquí donde comenzaron de nuevo los problemas, pues Enrique estaba obsesionado con tener un heredero varón y se fue autoconvenciendo de que jamás lo tendría con ella. A esa idea sin duda ayudó la pasión que sentía por una tal Ana Bolena,  así que ni corto ni perezoso, Enrique VIII decidió pedir la nulidad de su matrimonio a la Santa Sede para poder desposarse con la Bolena. ¿Su excusa? Que Dios nunca le daría un hijo varón, pues Catalina había estado casada con su hermano, y el matrimonio entre cuñados lo prohíben la Iglesia y la Biblia, aunque en su momento esto fue pasado por alto con la bula papal dado que convenía a todo el mundo.

El papa estaba dispuesto a conceder la nulidad, pero Catalina se negó a ello y pidió ayuda a su sobrino, el todopoderoso emperador Carlos V. Ante la amenaza de este, Roma decidió optar por el mal menor y negarle la nulidad a Enrique, quien a pesar de su ferviente creencia en el catolicismo, no iba a dejar que nadie le dijera lo que tenía que hacer, que para eso era el rey. Fue así como la Iglesia inglesa se separó de Roma y se creó la Iglesia anglicana, cuya cabeza no era otra que la del monarca. Enrique se autoconcedió la nulidad y se casó con Ana Bolena, quien ya sabemos cómo acabó al final.

Mientras tanto, a la pobre Catalina se la confinó en varios lugares, hasta que abandonada por todos murió en enero de 1536. Fue enterrada en la catedral de Peterborough con la ceremonia debida a una Princesa de Gales viuda, no la correspondiente a una reina, aunque entre el pueblo inglés siempre se mantuvo un gran recuerdo hacia ella que todavía perdura. Muchos fueron los rumores de que había sido envenenada, pero todo apunta a que murió víctima de cáncer.  Todavía hoy,  todos los 29 de enero, aniversario de su entierro, tienen lugar unos actos conmemorativos en la catedral, dejándose flores en la capilla que guarda sus restos, custodiada por el pabellón real inglés a un lado y el de los Reyes Católicos al otro.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza

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