BALTASAR CARLOS; EL PRÍNCIPE QUE DEJÓ SU CORAZÓN EN ZARAGOZA

Tal día como hoy en 1646 murió en Zaragoza el príncipe Baltasar Carlos, hijo de Felipe IV –Felipe III en Aragón– y heredero de la Monarquía Hispánica. El infante Baltasar nació en el año 1629 fruto del matrimonio de su padre con la francesa Isabel de Borbón, y al tratarse del único hijo varón de estos se convirtió en el heredero de un vastísimo imperio mundial.

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“Vista de Zaragoza” de Juan Martínez del Mazo (1647) -Museo del Prado-.

Eran tiempos convulsos, pues los reinados de los denominados como “Austrias menores”, Felipe III y Felipe IV, estaban llevando a la Monarquía Hispánica, por entonces la mayor potencia del mundo, al colapso. Las continuas guerras llevadas a cabo ya desde tiempos de Carlos I venían agotando económica y demográficamente a los Estados peninsulares de la Monarquía, hasta que el desgaste continuo y el mal gobierno acabaron haciendo mella. En 1640, tras veintidós años de conflicto constante con la liga protestante alemana, la lucha en Flandes y desde hacía cinco años con la Francia de Richelieu, el imperio se encontraba en un punto de agotamiento crítico. Tras estar a punto de ganar la guerra con la Batalla de Nördlingen (1634), la apertura del frente francés supuso un coste inasumible que se tradujo en varias derrotas militares, aumento de impuestos, carestías,…

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Príncipe Baltasar Carlos, de Diego Velázquez -Museo del Prado-.

Finalmente la situación explotó y, en 1640, Portugal buscó la restauración de su independencia junto a sus colonias, cosa que logró definitivamente en 1668. Lo mismo pasó con el Principado de Cataluña, que harto del ninguneo austracista decidió seguir su propio camino, pero al asumir la imposibilidad de una independencia de facto  ofrecieron el título de conde de Barcelona a Luis XIII de Francia, que curiosamente acabó siendo un tirano para los catalanes. Los franceses no dudaron en aprovechar la situación y rápidamente invadieron toda la región, poniendo la integridad de la Corona de Aragón en peligro. La frontera entre el reino aragonés y Cataluña se convirtió en frente de guerra, y por ello Zaragoza retomó una gran relevancia en la política de la Monarquía como base logística y política durante el conflicto.

Durante un tiempo la corte de la Monarquía estuvo en la capital del Ebro, pues de esa manera su mayor cercanía con respecto al frente de guerra facilitaba las órdenes que el monarca y sus asesores daban a los altos mandos de los Tercios que combatían a los galos. Ya en agosto de 1645 Baltasar Carlos fue jurado como heredero de la Corona de Aragón ante la presencia del monarca. El príncipe pasó bastante tiempo en Zaragoza, donde se alojaba en el desaparecido convento de San Lázaro junto al Puente de Piedra, y se cuenta que realmente llegó a enamorarse de la ciudad. De hecho, Baltasar disfrutaba desde sus aposentos de unas vistas espectaculares de la ciudad, que mandó plasmar en un cuadro a su pintor Juan Martínez del Mazo –cuyo suegro, por cierto, era el gran Diego Velázquez-. Dicha obra, que es realmente impresionante, la podemos disfrutar hoy en día en el Museo del Prado, y nos muestra una maravillosa imagen de la Zaragoza de mediados del siglo XVII con el trajín diario de sus gentes mientras la comitiva de Felipe IV entraba a la ciudad por la otra orilla del Ebro.

Pero el caso es que el príncipe heredero, la gran esperanza de la Monarquía en esta etapa de enorme crisis, enfermó repentinamente a comienzos de octubre de 1646 cuando apenas contaba con 16 años –le quedaba una semana para los 17-. Oficialmente enfermó de viruela, pero las malas lenguas dicen que acabó enfermando debido a sus habituales encuentros amorosos por la capital aragonesa. Quizás fuera ese uno de los motivos de su amor por la ciudad. El caso es que Baltasar enfermó y apenas pudo hacerse nada por él. Tal y como aparece redactado en su acta de defunción del archivo parroquial de la Seo:

“el príncipe de España y de Dos Mundos, recibidos los tres sacramentos con harta brevedad, como fue la enfermedad, dio el alma a su Creador a 9 de octubre al anochecer”.

Su cuerpo fue llevado al panteón de infantes del Escorial, pero sin embargo su corazón fue dejado para siempre en Zaragoza. Descansa en el altar mayor de la Seo en el muro del Evangelio –el de mayor relevancia en una iglesia-, dentro de una pequeña caja de carmesí con galón de oro. La inscripción que recuerda el lugar nos dice que aunque su cuerpo fue llevado a Castilla, su corazón permaneció en Zaragoza.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza

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