LA ANTIGÜEDAD TARDÍA EN ARAGÓN

La Antigüedad Tardía es un tema muy poco tratado tradicionalmente en las aulas de los colegios, de tal manera que parece que el mundo romano acabó y de repente llegó la Edad Media. Sin embargo, la transición de la Edad Antigua al medievo fue un cambio paulatino y complejo que comenzó en el siglo III d.C. y que se prolongó durante toda la Alta Edad Media. Es por eso que hemos decidido publicar este artículo.

En los últimos siglos del imperio romano, Aragón, y más en concreto Caesaragusta, se caracterizó por ser un lugar donde la cristianización arraigó con mucha fuerza, uno de los territorios peninsulares que antes se cristianizó y donde había una de las comunidades cristianas más numerosas.

La epístola 67 de Cipriano de Cartago es el más antiguo testimonio sobre las cristiandades hispanas y en ella aparece mencionado Félix de Caesaraugusta, el primer cristiano que vivía en territorio aragonés, cuyo nombre conocemos. Esta mención data de mediados del siglo III d.C. Por Cipriano sabemos que cierto Félix de Zaragoza, al que define como cultivador de la fe y defensor de la verdad, también había escrito al obispo de Cartago para sumarse a la denuncia de que Basílides y Marcial, obispos de Astorga-León y Mérida, estaban contaminados por el pecado de sacrificar a los dioses paganos en tiempos de las persecuciones contra los cristianos para salvar la vida. Es decir, tenemos en Caesaragusta a uno de los más fieles defensores de la ortodoxia en Hispania.

A esto hay que sumar los suplicios de Santa Engrancia y los 18 mártires; y el martirio de San Vicente que era oriundo de Huesca y siguió el ejemplo de estos, al igual que San Valero; hasta el punto de que el autor hispano Prudencio, procedente de Calagurris -actual Calahorra- , consideraba a Caesaragusta como una ciudad de mártires.

Además los obispos de Caesaragusta participaron en los Concilios de Elvira, de Arlés y de Sárdica, siempre defendiendo la ortodoxia cristiana. Incluso se realizaron concilios en Zaragoza, siendo el primero de ellos en el año 380 d.C., destinado a la lucha contra el priscilianismo, una herejía que había tenido mucha difusión en Hispania.

De las fuentes escritas se desprende la presencia de priscilianistas en Osca -actual Huesca-, donde oficiaba como presbítero el jefe de la secta; y también se deduce la pertenencia aristocrática de sus líderes, como había sucedido en el pasado. Según el informe de Frontón, el líder de la secta destacaba por sus riquezas, poder y formación literaria. Las primeras se revelan en su condición de propietario de un castellum, es decir, una villa fortificada, que se localizaba en las proximidades de la vía que unía Osca con Ilerda -actual Lérida-.

Santiago Navascués Alcay

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza