LOS ROMANOS Y EL AGUA

Roma era una civilización del agua. En la Ciudad Eterna llegó a haber hasta 11 acueductos y multitud de termas. El alto número de estos se debe también a que se estropeaban con frecuencia, haciendo necesaria la construcción de otros. Y es que estas grandes obras de ingeniería no sólo eran muy costosas, sino que además eran difíciles de preservar; necesitaban de una continua revisión y mantenimiento.

El potencial que ofrecía la cuenca hidrográfica del Ebro no fue explotado por los pueblos indígenas hasta que no llegaron los romanos, que incorporaron y adaptaron los conocimientos de los griegos. A la vez que se produce el proceso de romanización se van aprovechando de manera más eficiente los recursos hídricos del lugar.

A principios del siglo II a.C., recién sometidos los íberos, el poblado íbero de Azaila se reconstruyó a la romana. En el yacimiento apareció una de las primeras termas de la península. Se cree que ordinariamente se empleaba el agua del río Aguas Vivas y que en asedios y para abastecer las termas se utilizaba el agua de una pequeña cisterna que almacenaba el agua de la lluvia. Esta estaría forrada de opus signinum, un recubrimiento especial hecho a base de cerámica machacada, lo que le da un color rojizo, con el que se consigue la impermeabilidad. Las termas de la ciudad eran de reducidas dimensiones. Esta ciudad con sus termas a la romana sería en la época uno de los pocos testimonios de romanidad en nuestra tierra, ya que los únicos pueblos sometidos por los romanos en aquel entonces eran los íberos. Faltaba por conquistar todo el interior peninsular y las constantes guerras con los pueblos del interior no creaban una situación muy halagüeña para atraer a colonos itálicos.

A finales del siglo II a.C., acabadas las guerras celtíberas y pacificada relativamente la zona, tenemos una colonia romana en el Burgo de Ebro que puede que fuera el campamento militar Castra Aelia. Es un oasis de romanidad en aquel territorio y allí encontramos las segundas termas más antiguas de Aragón. Lo más probable es que el agua empleada procediera del Ebro.

Del año 87 a.C. es el conocido como Bronce de Botorrita –aunque realmente son cuatro-, que se encontró en el yacimiento de Contrebia Belaiska –Botorrita-, ciudad donde los romanos concentraron a los belos –pueblo celtíbero-, a los que habían vencido recientemente. En la parte escrita en latín y que podemos descifrar se nos informa de la existencia de una especie de canal en torno al río Ebro que era aprovechado para uso agrícola. Es un bonito testigo de la romanización de nuestra tierra. En esta pieza arqueológica se nos informa de que la ciudad vascona de Alaun –actual Alagón- entró en pleito con la ciudad íbera de Salduie –actual Zaragoza- por el uso de un canal. El litigio se resolvió en Contrebia Belaiska, que era una ciudad celtíbera y neutral. Por último se utilizaron procedimientos romanos para resolver la situación y todo esto no fue redactado en íbero, en celta o en euskera, sino que fue inscrito en latín y en bronce –las otras tres inscripciones que constituyen el conjunto están escritas en lengua celta y son de difícil interpretación-.

El siglo I a.C. fue un siglo de varias guerras civiles entre romanos que se desarrollaron en múltiples escenarios a lo largo de todo el imperio. Uno de los escenarios más importantes fue el valle del Ebro, donde los pueblos indígenas tuvieron que tomar partido, unas veces voluntariamente y otras forzosamente, por uno u otro bando. Este ambiente tan conflictivo no era muy atractivo para los colonos itálicos, así que no hubo muchas  más alteraciones del entorno, fruto de la presencia romana.

Todo se transformó en torno al cambio de era. El emperador Augusto, vencedor de las guerras civiles, culminó la conquista de Hispania anexionándose la cornisa cantábrica y Galicia. Hasta el siglo III d.C., cuando comenzó la crisis del imperio romano, y salvo contadas excepciones, no hubo conflictos bélicos en Hispania. Fue entonces cuando se produce de manera efectiva, permanente y definitiva la romanización de la península y con ello, el aprovechamiento al máximo de los recursos de la cuenca del Ebro.

Tras finalizar las guerras cántabras, Augusto utilizó a sus veteranos de guerra para fundar la colonia romana de Caesaraugusta –actual Zaragoza- sobre el antiguo asentamiento íbero de Salduie. Una colonia era como un trozo de Roma en territorio indígena. Pero no sólo se fundó Caesaraugusta, sino que se utilizó al ejército para construir todo tipo de infraestructuras como nuevos asentamientos en torno al Ebro, vías y también presas.

De esta época, en Aragón tenemos dos de las cinco grandes presas romanas de Hispania, nos referimos a la de Almonacid de la Cuba y a la de Muel. Además hay tres grandes núcleos en torno a los cuales se concentran la mayor parte de las presas y azudes romanas de España y uno de ellos es Zaragoza, los otros dos son Mérida y Toledo. Las presas aparecen en las zonas más áridas (norte de África y España). Para la construcción de estas obras siempre se elegía un tramo del río donde hubiera un estrechamiento. El ejemplo más claro es la de Almonacid de la Cuba, en la que no sólo se escoge un tramo más estrecho del río, sino también un paso compuesto de roca dura –unos metros más atrás o más adelante de este paso las montañas están compuestas de arcilla- El muro podía estar respaldado por un terraplén de tierra, llamado espaldón, o por contrafuertes. La técnica fue aprendida de los griegos, que a su vez la aprendieron de los mesopotámicos y egipcios. Todo parece indicar que la presa de Almonacid estaba destinada al riego local. Además está mejor conservada que la de Muel, ya que esta última fue utilizada como cantera para extraer buena piedra con la que construir la iglesia del pueblo, situada sobre la presa.

Estas presas solían ser cabezas de acueductos, como debió de ser el caso de la Muel, que parece ser que abastecía de agua a la ciudad de Caesaraugusta, ya que no les gustaba el agua del Ebro. No sé si estarían locos esos romanos, como dicen en los comics de Asterix y Obelix, lo que desde luego está claro es que tontos no eran, pues los caesaraugustanos bebían mejores aguas que los zaragozanos actuales. De esta época y en torno al yacimiento de los Bañales de Uncastillo conservamos los restos de un acueducto cuyo specus –canal- no estaba elevado por arcos, tal y como todo el mundo se imagina a los acueductos, sino por columnas. El otro gran acueducto de este período, que se conserva en parte, es el de Albarracín-Cella. En este caso no había ninguna presa en la cabecera. Se trata de un acueducto de unos 25 km que llevaba agua del río Guadalaviar a un área urbana, que al parecer era de gran importancia industrial, situada en el actual Cella. Se conservan algunos de sus tramos, muchos de ellos excavados en la roca de la montaña, fluyendo el agua subterráneamente.

De estos siglos conservamos restos de termas que nada tienen que ver con las encontradas en Azaila por sus dimensiones y monumentalidad, como las de los yacimientos de Bañales de Uncastillo, Bílbilis, Labitolosa y Caesaraugusta. Por aquellos años todas ciudades contaban con al menos unas termas o con varias, como era el caso de Caesaraugusta al tratarse de una importante urbe, capital de convento.

Por último, de época Alto Imperial es también el bronce de Agón, posiblemente la mejor fuente para el estudio del funcionamiento de los distritos rurales de las ciudades –pagos– y del aprovechamiento de los regadíos en todo el imperio romano, sin ánimo de exagerar. No voy a entrar en detalles acerca de este bronce porque es tema para otro artículo, que además hemos publicado en la página web del Centro de Estudios Galluranos. ENLACE ARTÍCULO BRONCE DE AGÓN. Tan sólo diré que nos confirma la existencia de un canal en torno al Ebro parecido al actual Canal Imperial, cuya forma de aprovechamiento por las comunidades de regantes de los pagos contiguos quedaba perfectamente regulada.

Una vez hemos hablado de las obras hidráulicas romanas más destacadas de Aragón, nos queda hablar del papel del Ebro. El geógrafo griego Estrabón señala que el Ebro era navegable desde su desembocadura hasta Vareia –Logroño-. Esta información, unida al desplazamiento del foro romano de Caesaraugusta en torno al puerto fluvial –lo habitual sería que el foro estuviera ubicado en el centro de la ciudad y no pegado al puerto fluvial-, parece indicar que se produciría un ingente comercio por el río Ebro, constituyendo una especie de autopista en aquellos años por las que circularía en sus barcos una cantidad mucho mayor de mercancías y más rápido que en las carretas que transcurrían por las vías romanas. Sin embargo, Estrabón era lo que llamaríamos un “ratón de biblioteca” que nunca pisó Hispania y que extraía sus explicaciones de informaciones anteriores. Isaac Moreno Gallo señala que el río Ebro en verano apenas tiene caudal, incluso en su desembocadura, y que en invierno el cierzo y las crecidas imposibilitan la navegación río arriba y la hacen muy peligrosa río abajo. Por ello cree que los astilleros de Vareia y Caesaraugusta estarían destinados únicamente a recibir pequeñas balsas cargadas de lanas, aceites y vinos locales en la primavera; y cereales y otras cosechas en otoño. Destaca también el comercio de la madera a través de los amadieros y navateros desde los Pirineos, oficio que ha perdurado hasta hace muy poco y que convirtió a Tortosa en la Edad Media en el mejor astillero del Mediterráneo Occidental.

 

Santiago Navascués Alcay.

Lcdo. en Historia por la Uni. de Zaragoza.