LOS HEREDIA

escudo de la familia Heredia
Escudo de la familia Heredia

 

Mucho se ha oído hablar de los duques de Alba o de los Medici de Italia, por su condición de grandes gobernantes, por ostentar grandes cargos eclesiásticos y por ser grandes mecenas. Son anteriores a ellos, sin embargo, los Heredia de Aragón, que -a mi juicio- no han recibido la atención merecida, tal vez porque fueron más literatos que aquellos y no llegaron a ser reyes, papas o dirigentes de grandes estados. Pero en su época de esplendor -siglos XIV y XV- no sólo fueron hombres de armas, sino que fueron figuras clave y de gran influencia en el Reino de Aragón, uno de los más poderosos en el momento. También en el papado, lo que les dio relevancia no sólo en Aragón, sino a nivel internacional. Además atesoraron una de las mayores fortunas de la época y sufragaron un sinfín de obras artísticas, por no hablar de que recuperaron una ingente cantidad de clásicos de la Antigüedad o de que elaboraron un gran compendio de obras escritas.

En definitiva, fueron gobernantes, hombres guerreros, cultivados y refinados, así como influyentes, adinerados, mecenas y escritores.

Os presento a una familia noble aragonesa con diferentes ramas, que se asentaron en las comarcas de Tosos, Calatayud, Moros, Calatorao, La Almunia de Doña Godina, Munébrega, Mora de Rubielos y Burbáguena –por lo tanto, en las provincias de Zaragoza y Teruel-, siendo Mora de Rubielos uno de sus centros neurálgicos-.

ORÍGENES DE LOS HEREDIA

Los Heredia proceden de los señores de Zurita. En origen, pertenecían a la pequeña nobleza y se situarían en torno a Albarracín. Por encargo del rey Jaime II en 1301 García Fernández de Heredia se ocupó del cuidado y protección del castillo de Ródenas -Teruel- . Poco más tarde, en 1316, fue nombrado lugarteniente del mayordomo de la infanta doña Leonor, teniendo en cuenta que el mayordomo de la infanta, por aquel entonces, era un cargo de enorme importancia que no recaía en cualquiera.

García Fernández de Heredia tuvo tres hijos: Gonzalo, Blasco y Juan. Blasco fue justicia de Aragón entre 1360 y 1362, cargo que ostentaba mucho poder. El Justiciazgo era la institución con mayor autoridad y prestigio en el Reino de Aragón.  Tan solo tenía mayor poder el rey. Cuando no estaba el monarca, el justicia era el encargado de presidir las Cortes. Hacía jurar los Fueros a los reyes de Aragón en la Seo de Zaragoza y era intérprete del Derecho aragonés. En el juramento de los fueros al acceder al trono, pronunciaba la siguiente frase: “Te hacemos Rey si cumples nuestros Fueros y los haces cumplir, y si no, no”, que hacía recordar al soberano que nadie, ni siquiera él, ni siquiera el que promulgaba las leyes, estaba por encima de ellas y que todos, incluida su persona, por muy rey que fuera, debían acatarlas.  Era también una especie de tribunal superior al que podían acudir los súbditos del rey cuando se sentían afrentados o que no habían sido juzgados con honestidad y limpieza por la máxima institución, que era la monarquía.

JUAN FERNÁNDEZ DE HEREDIA

Retrato de Heredia del primer folio de la Grant crónica de Españya
Retrato de Heredia del primer folio de la Grant crónica de Espanya

A pesar de la importancia del cargo de justicia de Aragón, la relevancia de Blasco Fernández de Heredia no es comparable a la de su hermano Juan Fernández de Heredia. Tanto es así que merece un tratamiento especial y su figura se va a convertir forzosamente en la parte central del artículo, ya que a él se debe el esplendor de su casa.

A modo de introducción sobre su figura, veo pertinente mostrar las bellas palabras que Guillermo Fatás Cabeza dedicó a nuestro personaje en el Heraldo de Aragón de 1995, un año antes del sexto centenario de su muerte:

«Dicen las enciclopedias que Don Juan Fernández de Heredia fue uno de los más notables y admirados personajes europeos de su tiempo, en el esplendor de la Edad del Gótico. Para los estudiosos de la cultura, este hombre fue un humanista de primer orden, mecenas de todas las artes, sabio y erudito él mismo, conocedor de los clásicos griegos y latinos, traductor de algunos al romance, bibliófilo y promotor de la belleza. Para otros, fue un singular talento internacionalista y diplomático, activo en todos los lugares importantes de Europa, conocedor de las cortes y sus príncipes, sin excluir la pontificia.

Otros más lo reputan como egregio hombre de Estado y religión, toda vez que llegó a ocupar el poderosísimo solio de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén […]. Y también los hay que destacan sus condiciones como jefe de guerra y caudillo de ejércitos. Vivió larguísimos años, entre 1310 y 1396, y puede decirse con rigor que no hubo en Europa, así católica como bizantina, persona de nota que no tuviese noticia de este gran señor y respeto sincero por sus dotes y grandeza.

El Gran Maestre de la Orden del Hospital gobernaba hombres, tierras y jurisdicciones desde el Asia hasta el Atlántico y sus Estados le conferían ingentes recursos de toda suerte. Antes de serlo don Juan, fue servidor directo de reyes y pontífices, mediador entre ellos, guerrero que luchó en la trascendental batalla de Crécy y, también, triste preso de los poderosos turcos otomanos.

Hoy, cuando está tan de moda otra vez la novela histórica, podría una buena pluma convertirlo en protagonista de un libro apasionante, lleno de recorridos de apariencia fantástica y trufado de secretos y arcanos de toda laya, de sucesos prodigiosos y grandes hazañas.

Conoció personalmente Jerusalén, Anatolia, Rodas, el Epiro y, por descontado, las cortes de Aviñon, de París, de Pamplona, de Burgos, de Zaragoza, de Roma. Mandó escribir y revisó o escribió él mismo una obra empeñosa e importante, como fue una Grant Cronica de Espanya, que ha llegado bastante completa hasta nosotros, y también bajo su tutela inteligente y crítica y con su intervención se escribieron la Crónica de los Conquiridores, el Libro de los Emperadores, el de los Fechos e Conquistas del Principado de Morea, una bella Flor de las Ystorias de Orient y un Libro de Marco Polo.

Se ocupó de traducir las imperecederas Vidas Paralelas de Plutarco a su romance materno y dispuso igualmente pulidas traducciones de Tucídides, el maestro griego de la Historia, de Orosio, flor de historiadores cristianos de la Antigüedad, y de otros más.

Probablemente no hay ningún otro personaje hispano, acaso excepción hecha del mismísimo Alfonso X el Sabio, que alcanzase tanto porte universal durante su dilatada vida. Por él y su armada dominaron un tiempo nuestros reyes las lejanas tierras griegas, y no el Duque de Durazzo, Luis de Navarra, que las iba a ocupar. El inmortal Zurita atestigua que cuando Pedro Martínez de Luna, Cardenal de Aragón y ya Papa Benedicto XIII, llegó a ocupar el trono pontificio en el exilio papal de Aviñón, encontró pignorados incluso los ornamentos sagrados de la capilla reservada al titular de la Sede de Pedro y que fue don Juan quien, con sus bienes, rescató a don Pedro de tanta necesidad y le permitió, con ello, inaugurar con fuerza su largo y dramático mandato.

No obstante ello, que nadie pregunte a los aragoneses quién fue este hombre, porque lo ignoramos por completo. Sin embargo, nació en la muy aragonesa Munébrega, que aún guarda rastros de su fulgor, así no lo sepa. Y está enterrado en la aragonesísima Caspe, en un precioso sepulcro labrado sobre el que lo lloran sempiternamente delicadas figuras encapuchadas a la moda de Borgoña y maltratado por nuestra historia incivil. En su vejez llevó luengas y patriarcales barbas blancas, hendidas por la mitad. Y se hizo representar para la posterioridad mostrando un libro abierto en la mano izquierda y señalándolo con la diestra, en ademán que invita a la lectura. De joven, tuvo aspecto galán y enjuto, también con barba, aunque negra, bien recortada y en punta. Vestido de guerrero, en Grecia, y de gran y anciano señor, en España, nos contempla desde sendas miniaturas con las que encabezáronse dos de esas obras suyas, ambas en la Biblioteca Nacional de Madrid. […].

Todo lo cual viene al hilo de que en 1996 hará seis siglos de su muerte. Y nos parece a algunos que, junto a celebraciones por Goya – que es de suponer alguien esté preparando, aunque no se note nada – , deberían hallarse tiempo y medios para devolvernos a este singular zaragozano, esplendor de su siglo y hoy polvo yerto de nuestra descabalada memoria, arquetipo de los hombres que, sin renunciar a sus raíces patrias, supieron hacer Europa y entender qué era y por qué existía.»

Desgraciadamente, las palabras de Guillermo Fatás tuvieron menos resonancia de la que a algunos nos hubiera gustado, ya que han transcurrido unos cuantos años desde el sexto centenario de su muerte y la sociedad todavía no conoce la vida e incluso la existencia de tan ilustre señor, consecuencia de los usos públicos de la historia, que ensalzan a personajes que no merecen tantas alabanzas y hacen caer en el olvido a los que merecen muchas más de las que reciben. No sucede así con personajes históricos anglosajones, por ejemplo, que llegan a ser conocidos en todo el mundo. Tal es el caso del almirante Nelson, que, si lo comparamos con Álvaro de Bazán, Francisco de Rivera o Blas de Lezo, no era –a mi juicio- más que un grumete, con el permiso de los ingleses.

Una vez consciente el lector de la relevancia del personaje, voy a proceder a resumir su trayectoria de la manera más breve posible, algo que, ahora que conocéis la grandeza de don Juan, imaginaréis que entraña una enorme dificultad por la extensión de la misma.

La primera noticia que tenemos de él es en 1328 , apareciendo como caballero de la Orden del Hospital, una orden religiosa encargada de recuperar Jerusalén y los Santos Lugares de manos musulmanas. Sus integrantes eran monjes guerreros de origen noble. La orden se llenó de hijos segundones de todas las casas nobles europeas y acumularon una cantidad enorme de riquezas y territorios durante las Cruzadas. Don Juan fue uno más de estos hijos segundones. Era una solución a qué hacer con los hermanos menores, ya que sólo heredaba el primogénito, incluso no resulta extraño que personajes de la realeza pertenecieran a sus miembros. Una vez en la orden, podían ascender y convertirse en señores de grandes territorios. En la Corona de Aragón, esta orden adquirió un gran poder porque al ser disuelta la Orden de los Templarios, a principios del siglo XIV, se hicieron con muchas de sus posesiones.

El gran maestre de la orden residía en la isla griega de Rodas –cerca de Turquía-. A su cargo había siete circunscripciones, llamadas “lenguas”: Provenza, Auvernia, Francia, Italia, Inglaterra, Alemania y España. Estas lenguas estaban divididas en prioratos y castellanías. Las castellanías eran lo mismo que los prioratos pero tenían un carácter más militar y se encontraban en las zonas de guerra contra los musulmanes. La lengua de España se dividía en los prioratos de Castilla-León, Portugal, Navarra, Cataluña, y la castellanía de Amposta. El cargo más importante en la lengua de España era el de castellán de Amposta, aunque fuera vasallo del rey de Aragón. Los prioratos y castellanías, a su vez, estaban divididas en encomiendas a cargo de comendadores que actuaban como señores del lugar, gobernando y recaudando una serie de impuestos, llamados responsiones, debidas al Tesoro de la Orden, supuestamente para la conquista de Tierra Santa. Todo ello, en última instancia era controlado por el gran maestre.

Juan de Heredia escaló posiciones en un camino lleno de dificultades hasta llegar a ser gran maestre, lo que le convirtió en gobernante de un gran número de territorios y en poseedor de un ingente ejército y fortuna, mayor a la de muchos monarcas europeos. Mientras recorría este camino, además, era vasallo de Pedro IV “el Ceremonioso”, rey de Aragón, y de los papas, siendo miembro del Consejo del rey de Aragón, desarrollando una importante labor diplomática con los diferentes reinos del momento y contribuyendo, cuando era necesario, con su ejército a la ayuda del monarca aragonés y de la Santa Sede.

Según las palabras de Juan Manuel Cacho Blecua:

En 1333 aparece como lugarteniente del comendador de Alfambra, de cuya encomienda fue titular antes de 1337, y poco después se le añadió la de Villel. Ambos lugares se encuentran en Teruel, no muy alejados del castillo de Ródenas, de cuya custodia se encargó su padre García; ni tampoco lejos de Mora de Rubielos, donde después Heredia establecerá el señorío para sus descendientes. Posteriormente, las encomiendas de Villel y de Alfambra se constituyeron en hereditarias para sus familiares, a juzgar por los nombres de quienes las ocuparon.

A la vez que se le hizo comendador de estos lugares, Pedro IV le nombró consejero. Por aquellos años, en concretó en 1339, se llevó a cabo una concordia entre Alfonso XI de Castilla y Pedro IV. Con esto se pretendía custodiar conjuntamente el estrecho, aliarse contra el rey de Marruecos y Granada y que ambos monarcas hicieran conjuntamente “las paces y avenencias con los moros”. Ese acuerdo se realizó ante la presencia de personajes notables de ambos reinos. En el caso de la Corona de Aragón, en comparecencia, entre otros, de Gonzalo Martínez, maestre de Alcántara, y de Juan Fernández de Heredia. Que Heredia se presentara a la par que el maestre de la Orden de Alcántara, nos indica el peso que en estos momentos va cobrando nuestro personaje, a pesar de ser sólo un comendador de su orden.

En estos años don Juan aspiraba a ser castellán de Amposta, cargo que ostentaba Sancho, tío abuelo de Pedro IV, mal gestor de la castellanía, cuyo gobierno estaba en tela de juicio dentro de la orden. Sancho se enteró de las pretensiones de Heredia, así que lo encarceló bajo pretexto de gobernar sus encomiendas de manera corrupta. Entonces Pedro IV ordenó su liberación y a Sancho, que como castellán de Amposta era superior de don Juan pero vasallo del rey aragonés, no le quedó más remedio que liberarlo.

Todo parecía a favor de Juan Fernández de Heredia pero Pedro IV recelaba de sus ambiciones. Los visitadores de la orden nombraron a Heredia lugarteniente del gran maestre en la castellanía de Amposta, el cual fue a prestar homenaje a Pedro IV. Pero este, temiendo la desmedida ambición de Heredia y dudando de la legalidad de la elección –creía que sobornó a los electores para ser elegido-, no lo aceptó y pidió a los hospitalarios aragoneses que reconocieran a don Sancho. Más aún, en septiembre del mismo año escribió al gran maestre de Rodas quejándose de la conducta irregular de Heredia y, en noviembre, a Juan Fernández de Marciella que desde Teruel se apoderase de Alfambra. Heredia, comendador de Alfambra, se defendió y el rey lo mandó arrestar en 1342. Esta situación duró poco. Don Sancho, viejo y enfermo, murió en enero de 1346 y Pedro IV, prefiriendo tener a Heredia de su parte, escribió al maestre de Rodas solicitando para su protegido la castellanía de Amposta, la cual fue ocupada por aquel en diciembre de 1346.

La razón por la que Pedro IV cambió de idea en favor Juan de Heredia fue que quería tener en la castellanía alguien que le debiera el cargo porque podía proporcionarle ayuda bélica y contaba con uno de los patrimonios más ricos. Ambos salían ganando, el castellán nombrado porque con este cargo obtenía una cantidad ingente de beneficios y el rey porque se aseguraba la lealtad de alguien poderoso que podía ser una eficiente herramienta al servicio de la Corona. Después de esto, en 1347 fue nombrado lugarteniente del maestre de Rodas en la lengua de España.

A partir de aquí, su ascenso fue meteórico y comenzó a tener relevancia internacional. Era vasallo del rey de Aragón, pero desde su castellanía de Amposta controlaba todos los territorios de la orden en la Península Ibérica. Ahí es nada, puesto que ser lugarteniente de la lengua de España implicaba que, si Castilla o Navarra declaraban la guerra a Pedro IV, las encomiendas que estaban en territorio castellano y navarro debían obedecer a sus priores y Juan de Heredia, que estaba al servicio del “Ceremonioso”, como lugarteniente del gran maestre en la lengua de España, podía campar a sus anchas por Castilla y Navarra, ejercer labores diplomáticas con los reyes de aquellas tierras o intentar obtener el favor de los priores de dichos reinos.

Pedro IV intentó reforzar su poder regio, lo que provocó que tuviera que hacer frente a la Unión en Aragón y en Valencia, una rebelión de nobles y ciudades con el fin de “mantener, conservar y defender sus fueros, privilegios, libertades y buenas costumbres”. La situación era muy delicada, pues existía el peligro de que el rey de Castilla se aliara con los unionistas. Heredia primero ejerció labores diplomáticas para evitar que el rey castellano se aliara con los unionistas y luego participó con su ejército en la derrota de la rebelión.

Haciendo uso de las palabras de Juan Manuel Cacho Blecua:

La política de Pedro IV consistió en la reintegración de los territorios que habían formado parte de la Corona, por lo que Mallorca, gobernada por su cuñado Jaime III, fue uno de sus primeros objetivos, muy importante en el desarrollo de su política mediterránea. Mediante complejos e interesados planteamientos legales, tras la ocupación militar de Menorca e Ibiza y su victoria en el Rosellón y la Cerdaña, parecía que todo había concluido: Jaime III había sido hecho prisionero. Pero huyó y trató de reconquistar Mallorca. Pedro IV lanzó al instante la contraofensiva, invadiendo la isla. Heredia en esos momentos se disponía a partir para pelear contra los moros en ayuda de Castilla, pero Pedro IV “el Ceremonioso” mandó que se detuviese y acudiese con sus hombres en su ayuda. Juntos derrotaron a Jaime III y recuperaron Mallorca en 1349.

Como estadista que fue, ordenó y supervisó la confección del Cartulario Magno. Los objetivos eran preservar el legado histórico de los numerosos privilegios, cartas, escrituras públicas y privadas necesarias y útiles de la castellanía. Esto era útil para defender los derechos y libertades de la misma, saber rápidamente datos relacionados con las deudas contraídas por los particulares con el Hospital y encontrar todos esos escritos de manera rápida.

Fue enviado por Pedro IV para que intercediera por él ante el papa y evitar su excomunión por el retraso en unos censos que le debía por Cerdeña. Entonces Heredia entabló amistad con el papa Inocencio VI. Este obligó a Pedro I de Castilla a que los bienes de la disuelta Orden de los Templarios, en territorio castellano, se adjudicaran a los hospitalarios, de cuya resolución se encargó Juan Fernández de Heredia. Inocencio VI presionó para que el maestre de Rodas nombrara a Juan prior de Castilla. Esto suponía que si estallaba una guerra, como luego ocurrió, entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, Heredia, como prior castellano, podía ordenar a todas las encomiendas de la orden distribuidas en dicho reino que se rebelaran contra Pedro I.

Después de esto, el papa lo envió como embajador de la Santa Sede a Rodas para hacerle saber al gran maestre del Hospital que estaba descontento con la orden porque las riquezas obtenidas por estos debían servir para luchar contra los turcos y no quedar disipadas en las inútiles murallas de Rodas, así que le ordenaba trasladar el Convento de Rodas a territorio turco, amenazándole con confiscarles los bienes de los templarios y con ellos fundar una nueva orden, si sus propuestas eran rechazadas. No conforme con eso, el papa presionó al gran maestre para que nombrara a Heredia prior de Saint Gilles –el primero y más rico de los prioratos del Hospital-, cargo que siempre había recaído en el caballero más antiguo de la lengua de Provenza. Ante esta situación, los propios hospitalarios estaban recelosos, y no era para menos, ya que esto otorgaba a Heredia un poder casi igual al del gran maestre. Por si fuera poco, Juan ayudó a Pedro el Ceremonioso a que el papa mediara en sus discordias con Génova y a que se le exentara durante quince años de pagar los censos de Cerdeña.

Nuestro hombre también participó en la famosa Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra. Se ha dicho que participó en la batalla de Crécy en 1346 pero parece un error de datación, ya que por aquel entonces no era siquiera castellán de Amposta y participó diez años más tarde con seguridad en la batalla de Poitiers, en 1356. Como las fechas quedaban reflejadas en números romanos, se podría pensar, según Juan Manuel Cacho Blecua, en una confusión producida por la desaparición de una X. Según se cuenta, Heredia acompañó al cardenal Talleyrand en la misión de paz que intentó impedir la batalla librada de Poitiers entre ingleses y franceses. El cardenal se mantuvo imparcial pero Heredia participó en los combates, siendo apresado por los ingleses. Inocencio VI pagó un rescate para su liberación y Heredia regresó a Provenza –sur de Francia-, donde se requerían sus servicios.

Tras la Tregua de Burdeos, en 1357, los mercenarios que participaron en la Guerra de los Cien Años se dirigían hacia el sur de Francia, dedicándose al saqueo. Allí estaba Aviñón, donde residía por aquel entonces, nada menos que el papa. Esto dio lugar a que Juan fuera nombrado por el pontífice capitán general del cercano condado de Venaissin y de la diócesis de Aviñón, protegiendo con su ejército la Sede Papal y financiando con una tasa municipal, impuesta en el condado, la construcción de fortificaciones.

Todo este poderío de Heredia provenía del incumplimiento de sus obligaciones fiscales con la Orden del Hospital y de la protección de Inocencio VI, a quien los hospitalarios debían obediencia.

Volviendo a hacer uso de las palabras de Juan Manuel Cacho Blecua:

Los estatutos de la orden prohibían que un prior tuviese bajo su responsabilidad más de un priorato. En consecuencia, Inocencio se saltó los preceptos hospitalarios, usurpando las prerrogativas del maestre de Rodas e interviniendo en la provisión de unos cargos que no le correspondían.

Los hospitalarios no iban a desobedecer las “recomendaciones” papales, pero contaban con otros mecanismos para paliar la situación. En 1358, Pedro I de Castilla que estaba en guerra con Pedro IV “el Ceremonioso” –aludimos aquí a nuestro anterior artículo, “La Guerra de los Dos Pedros, 1356-1367”-, declaró que trataría a nuestro biografiado como enemigo si acudía a su territorio, otorgando la dignidad de prior de Castilla a Gutierre Gómez de Toledo.

El papa intercedió en favor de Juan ante el gran maestre, que por las presiones de Inocencio VI reaccionó sin ratificar el nombramiento de Pedro I y enviando a dos visitadores para imponer disciplina, aunque desde entonces, en la práctica, Heredia sólo tuvo un poder nominal sobre este priorato que tuvo que dejar en 1369.

La guerra entre Castilla y Aragón (13561367) , llamada Guerra de los dos Pedros, puso a nuestro personaje en una situación difícil. Por un lado, era vasallo del papa, que lo necesitaba para defender sus territorios de los mercenarios del ejército francés e inglés que durante la tregua de la Guerra de los Cien Años se dedicaron a saquear el sur de Francia. Por otro lado, era vasallo del rey de Aragón, que lo reclamaba para que le ayudara en la guerra contra Pedro I de Castilla. Don Juan tenía que pedir permiso al papa para prestar servicio a Pedro IV. Este sólo le concedía permiso por unos meses y siempre regresaba tarde, exponiéndose en ocasiones incluso a la excomunión. En los pocos meses que asistía al Ceremonioso mediante actividades diplomáticas con las potencias extranjeras involucradas en el conflicto –Inglaterra, Francia, Portugal, Navarra y el Papado-, el reforzamiento de las defensas y reclutamiento de mercenarios por medio de su fortuna y su propia intervención con sus ejércitos hacían decantar la guerra en favor del aragonés. Fue determinante en el reclutamiento de las Compañías Blancas –compañías de mercenarios que lucharon en la Guerra de los Cien Años-. Con esto, nuestro biografiado mataba dos pájaros de un tiro: por un lado se deshacía de los mercenarios inactivos que saqueaban el sur de Francia y por otro lado ayudaba al rey de Aragón en su guerra con Castilla.

El hecho de que en 1362 fuera elegido papa Urbano V no ayudó a Heredia, ya que gran parte de su poder se lo debía a Inocencio VI. En 1364, Pedro IV, al tener parte de sus territorios bajo poder enemigo, mandó ocupar los bienes de todas las personas eclesiásticas que no estaban en sus reinos. Urbano V amenazó con excomulgarlo y don Juan tuvo que interceder en favor del rey aragonés para evitarlo.

En 1367, en el Capítulo General de la orden se dispuso que ningún hospitalario podía tomar las armas contra cristianos, a no ser que fuera para defenderse; la obligación de que los comendadores y priores debían residir en sus encomiendas o prioratos; y que no pudieran ser titulares más que de una única encomienda o priorato. Todo esto afectaba a nuestro protagonista. Probablemente Inocencio VI habría presionado a la orden para que hicieran una excepción con Heredia. Pero Urbano V no era Inocencio VI. Así que tuvo que conformarse con ser únicamente castellán de Amposta y residir en España durante 1368 y 1370. A esto se unió la muerte de su único hijo varón, aunque para su consuelo este le dio un nieto, llamado el Póstumo.

Por suerte para don Juan, Urbano V murió pronto y eligieron en 1370 como papa a Gregorio XI, que tenía dos objetivos para los que necesitaba el talento militar de Heredia: el regreso a Roma y el envío de una expedición naval a Oriente contra los turcos. Lo nombró gobernador de Aviñón, defendiendo la ciudad de los saqueadores y terminando de reforzar sus murallas. Presionó al gran maestre para que lo nombrara prior de Cataluña. Más tarde se le concedió la encomienda de Aliaga, la de Montpelier y el gran maestre lo designó como su lugarteniente en Occidente. En 1377, tras la muerte del citado gran maestre, Gregorio XI lo nombró y lo impuso como tal, saltándose los preceptos de la orden, cargo que conservaría hasta su muerte en 1396.

En 1376 comandó la flota desde Marsella que llevó a Gregorio XI de regreso a Roma. Como muestra de reconocimiento fue el encargado de cargar con el portaestandarte papal en el retorno al Vaticano.

Heredia, junto con el papa, fue de los primeros europeos en entender que era preciso que la cristiandad hiciera frente común para defender a Europa del peligro turco que se asomaba sobre Macedonia. Para tal fin, en su condición de gran maestre de la orden,  lideró una coalición con florentinos que se dirigía a Grecia. Antes de ello, haciendo uso de la diplomacia, arte en el que era todo un especialista, obtuvo la cesión de Morea por cinco años de la reina Juana de Nápoles en 1377. Este pequeño Estado de la península del Peloponeso se convirtió en su base de operaciones contra los turcos. Todo iba bien, llegó a Morea sin problemas y en 1378 ocupó Lepanto. Pero los turcos no estaban solos, tenían aliados en los Balcanes, como el príncipe Juan Boua Spatas, que se guarecía en Arta. El aragonés se disponía a enfrentarse con el albano pero cayó presa de una emboscada. El resultado fue que estuvo prisionero durante casi un año y la orden tuvo que pagar un ingente rescate para su liberación, quedando casi arruinada. Para complicar más las cosas, coincidiendo con su cautiverio tuvo lugar el gran Cisma de Occidente. La ruptura en la Iglesia se desencadenó en 1378, cuando unos cardenales eligieron como papa a Urbano VI en Roma, pero otros consideraron que habían sido presionados por el populacho de Roma en tal decisión, no aceptaron este nombramiento y eligieron como papa a Clemente VII en Aviñón. Algunos Estados europeos reconocieron como papa a Urbano VI y otros a Clemente VII. Esto dividió también a las ordenes religiosas. La mayoría de los hospitalarios, incluido Heredia, se posicionaron con Clemente VII. Al estar divididos, los hospitalarios tuvieron que abandonar Morea. Una vez puesto en libertad, Heredia residió en Rodas durante tres años, centrado en la reorganización y defensa de la orden.

Os dejamos un mapa del Egeo en la época para la mejor comprensión de todos estos conflictosmapa Grecia de Heredia

Pero viendo que el Hospital estaba en la ruina económica y que era más necesaria su presencia en Occidente, en 1382 se trasladó a Aviñón, donde residió hasta su muerte. Gobernó la orden con puño de hierro, castigando duramente el impago de los impuestos a la misma por parte de algunos priores y comendadores, práctica que él había realizado con asiduidad; y estableció una tasa a los prioratos para sostener la Sede Papal de Aviñón que también estaba arruinada, una de las causas por las que el Cisma de Occidente se prolongó en el tiempo. Desde allí desempeño la función de prestamista tanto de la orden como del Papado de Aviñón. Siguió trabajando como administrador y en la organización de un pasaje a Tierra Santa, ayudado por Clemente VII. Los nuevos intentos de asentarse en Morea no prosperaron.

Pese a todo, Heredia no se olvidó del problema turco, pues su convicción de que era necesario contener a los turcos en Oriente era firme. Creía que la información era poder, así que para combatirlos empezó a recopilar, desde que estuvo en Grecia, toda clase de informaciones políticas, militares e históricas al respecto. Desde Aviñón llevó a cabo una gran actividad erudita traduciendo libros griegos y reuniendo una importante colección de libros de historia. Mientras tanto, los turcos presionaban Occidente y se esforzó para proporcionar todo lo necesario para la defensa de Rodas, Esmirna e incluso una soñada recuperación de los Santos Lugares. Por desgracia para Heredia, no pudo ver sus sueños hechos realidad. La tendencia era más bien la contraria, de un mayor empoderamiento de los turcos otomanos y un retroceso de los cristianos en la Europa del Este. Al poco tiempo de su muerte, en 1396, franceses, húngaros y cruzados fueron derrotados por los turcos en Nicópolis. Tras una vida intensa y llena de aventuras murió unos pocos meses antes, en marzo de aquel mismo año. Sus huesos descansan en la iglesia de Caspe en un sepulcro que él mismo mandó tallar.

A pesar de ello, Heredia supo resistir, mediante continuas intrigas diplomáticas, al Imperio Otomano durante las dos décadas de su mandato y defendió la sede de los hospitalarios de Rodas. Es más, ocupó Corinto y defendió con éxito Morea. Además salvó, durante un tiempo, a los ducados aragoneses de Atenas y Neopatria de caer en manos de los venecianos y florentinos, ayudados por los navarros –aludimos aquí a nuestro artículo “Almogávares, el terror de Oriente”-. Se convirtió en el árbitro que dirigía la política de los Balcanes entre los diferentes estados con su fortuna, dotes diplomáticas y militares.

LA ESTELA DE JUAN FERNÁNDEZ HEREDIA

El curriculum de Juan Fernández de Heredia hizo empequeñecer al resto de los Heredia que, sin embargo, fueron hombres muy poderosos. Sus descendientes, por muy influyentes, adinerados, humanistas, eruditos y mecenas que fueran, no estuvieron a su altura. Esto no es de extrañar, ya que el conjunto de sus logros son prácticamente inalcanzables para el resto de los mortales.

Pero que nadie se engañe, el linaje de los Heredia, desde la muerte del gran maestre, ha sido uno de los más poderosos de Aragón e incluso de toda la península. Conviene recordar también que su hermano, Blasco Fernández de Heredia, fue justicia de Aragón, lo cual quiere decir que después del rey, era la persona con más autoridad del reino. Este tuvo dos hijos, García Fernández de Heredia que fue arzobispo de Zaragoza, coronando en La Seo de Zaragoza a Martín I, y Blasco Fernández de HerediaBlasco II– que posteriormente tendrá su relevancia, como más tarde veremos.

Juan Fernández de Heredia fue gobernante de un sinfín de territorios desde Oriente hasta el Atlántico, pero no poseía ninguno de estos territorios, ya que, aunque los gobernara, pertenecían a la Orden del Hospital. Entonces, ¿cómo, después de Juan de Heredia, una familia perteneciente a la pequeña nobleza posee propiedades en gran parte de Aragón? Por otro lado, don Juan era monje, así que no podía tener hijos. Por lo tanto, ¿por qué no se extingue su linaje con él?

Don Juan no podía casarse y tener hijos puesto que era monje, pero antes de ingresar en la Orden del Hospital se casó dos veces, tuvo varios hijos y quedó viudo a una temprana edad. Sólo uno de ellos fue varón: Juan Fernández de Heredia –Juan II-. También tuvo tres hijas, fruto de estos matrimonios: Toda, Donosa y Teresa, cuyo hijo, Juan IV, fue el heredero final.

Los territorios que después poseerán sus descendientes fueron cedidos por el Ceremonioso a cambio de los servicios prestados o comprados con su fortuna.

En esta imagen tenemos todas las posesiones con las que se hizo Juan Fernández de Heredia en vida.

posesiones de Juan de Heredia
Posesiones de Juan de Heredia

En 1348, Pedro IV donó a Juan los lugares y castillos de Blecua, Vicién, Fraella y Torres de Montes, todos ellos en Huesca. Pero eran cesiones temporales y no llegaron a engrosar el patrimonio familiar. Ese mismo año le donó Fuendetodos en Zaragoza que ya no era una cesión temporal, sino que pasó a aumentar el patrimonio familiar.

El resto de los territorios fueron donados por el Ceremonioso en los años sesenta y setenta del siglo XIV en el contexto de la guerra contra Pedro I de Castilla o comprados por el gran maestre o su familia. A veces, las donaciones de Pedro IV se producían a cambio de una suma de dinero. De entre todos estos señoríos destaca el de Mora de Rubielos, comprado en 1367 por Blasco II, su sobrino, hijo de su hermano, el justicia de Aragón. Este señorío se convirtió en la joya de los Heredia y en escaparate de su poder.

La herencia de todos estos territorios creó una serie de conflictos familiares. Sólo se podían heredar las posesiones que en el mapa aparecen en la provincia de Zaragoza y Teruel, ya que los de Huesca fueron otorgados, en el contexto de la guerra contra la Unión, de manera temporal.

Juan II, hijo de nuestro protagonista, murió muy joven, sólo tuvo un hijo que nació posteriormente a su muerte – Juan III el Póstumo – . Juan de Heredia no pudo ejercer la tutela de su nieto, ya que estaba ocupado en otros grandes menesteres, así que la ejerció su sobrino Blasco II, el hijo del justicia y comprador de Mora de Rubielos, a cambio de una importante suma de dinero. Esto generó una disputa por las posesiones del gran maestre entre sus descendientes y los de Blasco II.

García Fernández, –sobrino del gran maestre y hermano de Blasco II– actuó de árbitro en las antedichas contiendas. Se le ocurrió que los territorios al norte de Cariñena –en la actual provincia de Zaragoza– fueran heredados por Blasco III, el hijo de Blasco II, y los territorios al sur de Cariñena –actual provincia de Teruel– fueran heredados finalmente por su nieto Juan IV, hijo de Teresa Fernández de Heredia. Estos pactos fueron confirmados en 1393 y 1396, antes de la muerte del gran maestre.

Aquí os dejamos un árbol genealógico de los dos hermanos Heredia, Juan y Blasco, para la mejor comprensión del asunto.

genealogía Heredia.

Esto generó que el linaje se dividiera en dos ramas. Con el tiempo ambas generaron una gran variedad de sublinajes. Con posterioridad, además del condado de Fuentesque incluía el dominio de Fuentes de Ebro, Mediana, Fuendetodos, Jaulín, María de Huerva y Botorrita, la familia ha poseído los títulos de marqueses de Mora y de Coscojuela y el de señores de Cetina.

La siguiente figura destacable de la familia fue Gonzalo Fernández de Heredia, que nació en Mora de Rubielos en 1450 y murió en 1511. Primero fue obispo electo de Segorbe y en 1479 fue nombrado obispo de Barcelona. Estuvo en Roma como embajador de Fernando II “el Católico”, siendo designado en 1490 por Inocencio VIII como arzobispo de Tarragona. Con motivo de la elección del papa Alejandro VI –el famoso Borgia-, fue nombrado capitán de la guardia de palacio y, posteriormente, gobernador de la ciudad romana. Por intercesión de los Reyes Católicos abandonó la Curia Pontificia en 1494 para residir en Nápoles como consejero de la reina Juana de Aragón, viuda del rey Ferrante. Por último, en 1504, tras la muerte de Ferrer Nicolau, ocupó el cargo de presidente de la Generalitat de Cataluña hasta 1506, muriendo finalmente en 1511.

El título de conde de Fuentes fue creado por Fernando el Católico en 1508 y recayó en el hijo de este Gonzalo, Juan Fernández de Heredia y Lori. En este contexto se remontó el linaje de los Heredia –de manera ficticia- hasta tiempos de don Pelayo, ya que unos aspirantes a ser Grandes de España debían ser, por lo menos, nobles de época de los visigodos y no unos advenedizos en el reinado de Pedro IV. En esta línea, el aragonés Fernando Basurto en su Diálogo del cazador y del pescador, escribió que don Pelayo, estando cercado en una cueva por los moros, salió de milagro con la ayuda de sus capitanes, los dos hermanos Heredia, cuyos sucesores quedaron pobres y unos fueron a residir a Segovia y otras partes de Castilla y otros a servir al rey de Aragón, llamándose Fernández de Heredia.

El tercer conde de Fuentes, Juan Carlos Fernández de Heredia y Cuevas, fue caballero mesnadero del Consejo de Su Majestad, lo que quiere decir que recibía una renta del rey con la obligación de servirle con armas y caballos por tiempo limitado cuando fuera necesario. Además fue gentilhombre de Boca, gobernador del Reino de Aragón y diputado en las cortes celebradas en 1586 y 1592, durante el reinado de Felipe II de Castilla y I de Aragón. Su hijo Vicencio fue catedrático de Vísperas de Cánones de la Universidad Sertoriana de Huesca y autor de numerosas obras en latín.

En el reinado de Felipe IV, al quinto conde de Fuentes, Juan Fernández de Heredia, se le concedió el título nobiliario de Marques de Mora, que posteriormente, siempre estuvo unido a los primogénitos del condado de Fuentes.

Más tarde, Juan-Francisco Fernández de Heredia, hermano del sexto conde de Fuentes y segundo marqués de Mora, fue caballero de la Orden de Alcántara y ejerció como regente de los Consejos Real de Hacienda y Supremo de Aragón, así como oidor de las Chancillerías de Valladolid y Granada, y arcediano de Daroca en la Seo zaragozana.

Juan Bernardino Fernández de Heredia, séptimo conde de Fuentes y tercer marqués de Mora fue diputado en 1688, durante el reinado de Carlos II, extinguiéndose con él esta rama principal, ya que heredó sus títulos y propiedades su sobrino, Bartolomé Isidro de Moncayo y Palafox, marqués de Coscojuela, al que en el contexto de la Guerra de Sucesión entre el archiduque Carlos de Austria y Felipe V de Borbón, aspirantes a la herencia de los territorios de la Monarquía Hispánica tras la muerte de Carlos II sin descendencia en 1708, le fue concedida por el archiduque la Grandeza de España, que luego fue confirmada por el victorioso Felipe V de Borbón en 1728.

Muy pocos linajes aragoneses ostentaron esta distinción, que recaía mayoritariamente en familias castellanas. Esto implicaba una serie de privilegios honoríficos que no tenían el resto de familias nobles: podían llevar su sombrero y a sus mujeres se les permitía sentarse, en presencia del rey; recibían, por parte del monarca, el tratamiento de “Excelentísimos señores”; iban a la guerra con categoría mínima de jefes y sueldo de generales; se sentaban en un banco preferente en la capilla real; disfrutaban de un pasaporte diplomático; podían recibir honores militares; y tenían entrada libre en el Palacio Real hasta la galería de los retratos.

La familia ha ido acumulando títulos hasta la actualidad pero me voy a detener en el siglo XVIII con Joaquín Atanasio Pignatelli de Aragón y Moncayo, décimo conde de Fuentes, marqués de Coscojuela y de Mora, príncipe del Sacro Romano Imperio, Grande de España de primera clase, gentilhombre de Cámara de Su Majestad con ejercicio, embajador ordinario en Turín, Londres y París, miembro del Consejo de Estado, presidente de Órdenes y Caballero del Toisón de Oro, que al casarse con María-Luisa Gonzaga y Caracciolo, duquesa de Solferino, por si fueran pocos todos estos títulos, trasmitió a sus hijos el ducado de Solferino.

Como podéis ver, la lista de cargos y honores de los Heredia durante toda la Edad Moderna es inabarcable.

LA FACETA ERUDITA, HUMANISTA Y MECENAS DE LOS HEREDIA

Los Heredia no sólo se conformaron con estar cerca de los diferentes monarcas, ocupando cargos de importancia -tanto laicos como eclesiásticos-, y con aportar su fortuna y hombres para la guerra, sino que además fueron grandes eruditos, compiladores de un gran número de obras escritas y financiadores de otras tantas, por no hablar de su consumo e impulso del arte mediante su actividad de mecenazgo.

Ya hemos hablado de la erudición y actividad humanista del primero de los Juanes de Heredia, equiparable, ahí es nada, a la de Alfonso X el Sabio de Castilla, así que no me voy a detener más en este personaje. Sí lo haré con sus descendientes, aunque de manera somera, sólo para dejar constancia de que el gran maestre creó escuela, en cuanto a erudición se refiere, en su familia.

Gonzalo Fernández de Heredia, aparte de obispo de Barcelona y presidente de la Generalitat de Cataluña durante el reinado de Fernando el Católico, también fue autor de muchos trabajos históricos y poéticos, entre ellos los titulados Algunas memorias de su tiempo. Ya hemos comentado con anterioridad que Vicencio Fernández de Heredia, hijo del tercer conde de Fuentes, fue Catedrático de Vísperas de Cánones de la Universidad Sertoriana de Huesca y autor de numerosas obras en latín. A Juan Fernández de Heredia, -el quinto conde de Fuentes, al que le fue concedido por Felipe IV el marquesado de Mora– se le considera autor del trabajo titulado Noticia genealógica y meritoria de su casa y familia de Fernández de Heredia. Más aún, su hijo Juan Francisco Fernández de Heredia escribió diversos trabajos, entre los que destacaron una Vida de San Victorián y el Memorial de la ascendencia del Conde de Aranda por las Casas de Urrea y Diez de Aux.

El gran desarrollo político de la rama de los señores de Mora a partir del Gran Maestre de la Orden de San Juan del Hospital, produjo gran cantidad de obras como el castillo-palacio de Sorgues en Francia, fortificaciones de Aviñón y Teruel, el castillo-palacio y colegiata de Mora de Rubielos, la iglesia de San Francisco en Teruel, la colegiata y castillo-palacio de Caspe, con el sepulcro del gran maestre, o el conjunto mural de la ermita de Santa Ana en Alfambra.

Vamos a destacar su actividad de mecenazgo en Mora de Rubielos por ser el centro neurálgico de los Heredia. Allí reformaron el castillo musulmán y construyeron un complejo castillo-palacio de grandes dimensiones totalmente innecesario, allá por los siglos XIV y XV. En esta época, las grandes familias se construyen grandes castillos o torres para demostrar su poderío. Pero sobre todo sobresale la colegiata de Mora de Rubielos, cuya construcción fue financiada por los Heredia, motivo de orgullo, no sólo de esta localidad, sino de Aragón.

La grandeza de esta colegiata, construida en el siglo XV, está en sus dimensiones y en que fueron empleados los mejores avances y técnicas de la época para su construcción, muestra del poderío de los Heredia. Tiene la particularidad de que sólo posee una única nave. Lo normal es que una colegiata de esas dimensiones tuviera una nave central y dos laterales que ayudaran a sujetar esa nave central. Es un auténtico reto arquitectónico construir una colegiata de esa envergadura con una única nave. La anchura de esta es de 19 metros, tan sólo superada por la Catedral de Gerona.

A modo de conclusión final, los Heredia no fueron reyes ni papas, ni dirigentes de grandes Estados como fueran los Medici, el Duque de Alba o el Cardenal Richelieu pero el gran maestre gobernó muchos más territorios que algunos de ellos y sus descendientes supieron gozar siempre del favor de los monarcas, ocupando grandes cargos y recibiendo altos honores por ello. Fueron expertos en sacar partido a su condición de vasallos de reyes y papas, para convertirse en grandes señores, disponiendo de hombres y fortuna a su antojo, todo ello sin descuidar una erudición exquisita y una apuesta por la cultura y el arte en Aragón. La deuda de nuestra tierra con ellos es infinita, sobre todo en cuanto a humanismo se refiere. Tan solo citaré un ejemplo, fue Juan de Heredia quien rescató del olvido a Tucídides, fuente fundamental para los historiadores a la hora de comprender, ni más ni menos, que las Guerras del Peloponeso en Grecia, aquellas míticas guerras entre la antigua Esparta y Atenas. Y sin embargo, ironías del destino, han sido olvidados groseramente por esa cultura de la que fueron sus más firmes paladines y defensores.

Termino con estas fotografías de la colegiata y el castillo-palacio de Mora de Rubielos, localidad que está situada en la Sierra de Gúdar-Javalambre, una zona de parajes insólitos e idílicos.

Imágenes de la colegiata de Mora de Rubielos
Imágenes de la colegiata de Mora de Rubielos

 

colegiata de Mora de Rubielos.jpg 2

Imágenes del castillo de Mora de Rubielos
Imágenes del castillo de Mora de Rubielos

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Santiago Navascués Alcay

Licenciado en Historia por la Universidad de Zaragoza

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

  • Cacho Blecua, J.M.; El Gran Maestre Juan Fernández de Heredia, Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón, Zaragoza, 1997.

 

  • Gómez Uriel, M.; Bibliotecas antigua y nueva de Escritores aragoneses de Latassa aumentadas y refundidas en forma de diccionario biliográfico-biográfico, vol. 2, Imprenta de Calisto Ariño, Zaragoza, 1885.

 

  • Linajes de la Corona de Aragón, vol. 1, segunda época, Huesca, 1918.

 

  • Sarasa Sánchez, E., Muñoz Jiménez, Mª I., y Sanmiguel Mateo, A.; Juan Fernández de Heredia. Jornada Conmemorativa del VI Centenario Munébrega 1996, Centro de Estudios Bilbilitanos e Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1996.

4 Comments

  1. Don Santiago, quisiera darle las gracias por recordar la figura de Don Juan Fernández de Heredia y de toda la familia. Me gustaría aprovechar estas líneas para mencionar también la gran figura de Don Garcia Fernández de Heredia y Ruiz de Castilblanque, Arzobispo de Zaragoza.

    Por otro lado, tengo la duda de que los hermanos fueran tres y de que el padre se llamara Don Garcia pues, según tengo y tal y como aparece en un árbol genealógico de un pleito de la familia del siglo XVlll, el padre es Don Lorenzo Fernández de Heredia.
    Por último, en cuanto a las Villas de Tormón, El Cuervo, Cascante y otras, comentarle que llegan a la familia por el casamiento de Don Basco Fernández de Heredia con Doña Toda Ruiz de Castilblanque y García de Albornoz.

    Sin otra, reciba un cordial saludo de José Antonio Fernández de Heredia López.

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    1. Gracias a usted, don José Antonio, por seguir nuestro blog.
      Efectivamente, Don García Fernández de Heredia fue arzobispo de Zaragoza, coronó al rey Martín I y antes de todo eso, fue obispo de Vich. En el artículo lo nombro para decir que ejerció de árbitro en las disputas entre los familiares de Juan Fernández de Heredia por su herencia pero ante la magnitud del artículo y el cúmulo de personajes ilustres, le doy menos importancia de la debida.
      En el artículo explico que las posesiones que Juan Fernández transmitió a su herencia las adquirió por cesiones de Pedro IV o por compras de él mismo o sus familiares. Se me olvidó mencionar que también fueron adquiridas por las políticas matrimoniales de sus familiares.
      Por último, el nacimiento de Juan Fernández de Heredia es bastante oscuro. El cronista Jerónimo de Blancas sitúa, efectivamente, a Juan Fernández de Heredia como hijo de Lorenzo Fernández de Heredia y esto se repitió en las informaciones surgidas en el seno familiar, posteriormente utilizadas por los cronistas. Por otra parte, la primera fecha en la que tenemos constancia de la existencia de Juan Fernández de Heredia corresponde al 5 de octubre de 1328 en la que aparece mencionado como caballero del Hospital. No sabemos con seguridad ni su lugar de nacimiento, ni mucho menos el año en que nació. Lo que parece estar claro entre los principales investigadores sobre el tema es que era hijo de García y que la información de Jerónimo Blancas y de las genealogías posteriores son falsas porque García, aparece en la documentación como padre de Gonzalo -seguramente sería el primogénito -, quien figura en otra ocasión como hermano de Blasco – el Justicia y padre del arzobispo García -, sin duda alguna hermano de Juan Fernández de Heredia. Así que si los tres son hermanos y Gonzalo es hijo de García, los tres, incluido Juan, son hijos de García. Tampoco se sabe quién fue la madre de don Juan, por lo que se especula que fue un hijo ilegítimo que con posterioridad fue reconocido por su padre porque sino, no podría haber sido caballero de la orden del Hospital, ya que sólo los nobles podían hacerlo.
      Espero que haya disipado sus dudas. Reciba un cordial saludo de Santiago Navascués Alcay.

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  2. Con referencia a este magnífico artículo sobre los Fernandez de Heredia, solamente una consulta: en Abiego (Huesca) está el casal de los Paúl y en la fachada figura el nombre de una de las propietarias de la casa, Josepha Puyuelo Fernandez de Heredia y me gustaría saber si tienen datos sobre esta rama familiar. En la casa estuvo alojado el conde de Castelflorite en el siglo XVIII, emparentado con ellos.
    Abiego también tiene relación familiar con los Fernandez de Heredia a través de los Paternoy, ya que está el casal de los Cabrero, descendientes de Juan Cabrero de Paternoy, consejero de Fernando el Católico. Los Fernandez de Heredia descienden de Ciprés de Paternoy, padrino de bautismo del rey católico.
    Un cordial saludo
    Dr. Miguel Ribera del Pueyo

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    1. Muchas gracias por calificar como magnífico nuestro artículo. Nos alegramos de que le haya gustado. Nos parece muy interesante la consulta que plantea y sentimos no poder aclararle mucho. Hemos investigado y hemos encontrado un artículo de Rafael de Fantoni y Benedí, Doctor en Filosofía y Letras, correspondiente de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía. Es lo más pormenorizado y exhaustivo que hemos encontrado acerca de la descendencia de los Heredia y dudamos que haya algún trabajo de investigación más completo sobre este tema. En ese maravilloso artículo se habla de como los Bardaxí, propietarios de Castelflorit, se emparentan con los Heredia y de como se emparentan también con los Paternoy. Pero lamentablemente no aparece nada sobre Abiego o el casal de los Paúl.
      Le dejamos el enlace del artículo por si quiere consultarlo http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/22/35/02fantoni.pdf
      Un cordial saludo
      Santiago

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