SEGEDA: EL POBLADO QUE CAMBIÓ NUESTRO CALENDARIO

Hoy despedimos el año con vosotros contando una historia que nos encanta. Cerca de la zaragozana localidad de Mara podemos encontrar los restos de lo que fue una de las más importantes ciudades de la tribu de los belos: Segeda.  De esos restos destaca lo que queda de sus muros, los cuales tienen una enorme importancia para el devenir histórico de buena parte del mundo occidental. Pero no por la singularidad de la propia construcción, sino por las consecuencias que conllevaron el simple hecho de ser levantados.

En el año 154 a.C., Segeda era, como he comentado, una de las ciudades más importantes de la tribu celtíbera de los belos, algo que nos constata el hecho de que tuviera la capacidad de acuñar su propia moneda. De hecho justo en ese momento estaba sufriendo un proceso de gran crecimiento, absorbiendo ya fuera de forma pacífica o por la fuerza a otros pequeños poblados de la zona, declarando así su intención de ser el núcleo dominante del valle del Jalón. Ante este crecimiento poblacional, la ciudad necesitaba expandirse y por tanto aumentar el perímetro de sus murallas para dar cabida a los nuevos espacios.

Pero aquí venía el problema. Ya durante la Primera Guerra Celtibérica (181-179 a.C.) las tropas romanas vencieron, no sin dificultades, a una coalición celtíbera para mantener la seguridad de la parte de Hispania que estaban ocupando desde hacía solo unas décadas. Tras la victoria, Roma impuso diversas condiciones, entre las cuales constaba la prohibición de que las tribus celtíberas pudieran levantar murallas en las nuevas ciudades.

Al tener conocimiento de este crecimiento de Segeda y de la nueva muralla, Roma manda enseguida a unos embajadores exigiendo la paralización inmediata de las obras, que desde su punto de vista contravenían lo pactado anteriormente. Sin embargo, los segedanos valoraban los tratados firmados con los romanos desde otro punto de vista. El pacto venía a decir que estaba prohibido amurallar nuevas ciudades, pero Segeda no era una nueva ciudad, sino una antigua que estaba creciendo y necesitaba ampliar sus límites. Además, parece ser que no esperaban la dura reacción por parte de Roma, que llegaría poco después. Segeda se negó a detener las obras, ante lo cual Roma consideró rotos los tratados de paz y declaró la guerra. Quizás pueda parecer desproporcionada tal acción al comparar el inmenso poder de Roma con respecto a la de un poblado de la Celtiberia, pero lo que desde luego el gobierno de la República no quería era dar ejemplo al resto de tribus celtíberas y que estas hicieran lo que les viniera en gana, pudiendo provocar un nuevo levantamiento.

El hecho es que la respuesta romana no tardó en llegar, y fue contundente. En lugar de ser enviado el pretor de la Hispania Citerior, una especie de cargo de gobernador provincial, se envió a la península a uno de los dos cónsules elegidos para ese año. Haciendo aquí un inciso,  durante la época de la República el cargo de gobierno más importante era el consulado, para el cual cada año eran elegidos dos ciudadanos, que tenían potestad de legislar además de dirigir las legiones. Es decir, que el hecho de que Segeda no respetara el tratado alcanzado anteriormente era visto realmente como una seria amenaza, visto que fue el cónsul Fulvio Nobilior el enviado junto a sus legiones en lugar del pretor de turno.

Pero aquí se planteó otro problema. Hasta apenas unas décadas antes, los dominios de Roma apenas salían de la península itálica, lo que permitía seguir el modelo tradicional de guerra, el cual consistía en luchar durante la primavera y el verano mientras que a finales de este los legionarios, que no eran soldados profesionales sino ciudadanos con tierras, regresaban a sus casas para recoger la cosecha. Esto no había presentado obstáculo alguno hasta entonces, pues las distancias a recorrer entre el frente de guerra y los hogares de los soldados eran aceptables. Pero con el comienzo de la expansión por el Mediterráneo esto ya sí que se convierte en un problema, pues rompía ese esquema tradicional de guerrear al aumentar la lejanía del campo de batalla. Y en el caso de Hispania este era un problema aún más grande, y esto lo motivaba el calendario romano tradicional.

Según este, el año comenzaba cuando eran elegidos los cónsules para ese año, es decir, en los idus de marzo, que caían el día 15. Pero claro, entre que los cónsules realizaban diversas ceremonias, se reclutaban las legiones, se armaban, se entrenaban, se preparaba el abastecimiento, embarcaban e iban a Hispania, se encontraban que llegaban al frente cuando prácticamente acababa el verano, perdiendo así la etapa más propicia para las campañas militares. De hecho, de ese comienzo del año en el mes de marzo nos siguen quedando recuerdos en la actualidad. Septiembre, noviembre o diciembre se llaman así porque por aquél entonces eran los meses séptimo, noveno y décimo del año, cosa que evidentemente ahora no concuerda.

La nueva guerra celtibérica iniciada por la rebeldía de Segeda provocó ese hándicap de fechas, y finalmente el senado romano decidió en el año 153 a.C. adelantar las elecciones al consulado y por tanto el comienzo del año romano a las kalendas de enero, es decir, al día 1 de enero, para así ganar tiempo y que las legiones llegaran a Hispania a comienzos del verano. Esto se mantuvo así y el calendario romano es el origen del calendario que los países occidentales han mantenido hasta nuestros días con diversas variaciones. Pero en esencia, la culpa de que las uvas nos las comamos la noche del 31 de diciembre al 1 de enero y no a mitad de marzo la tuvo un poblado celtíbero situado muy cerquita de la actual Calatayud.

Pero, ¿qué fue de esos rebeldes habitantes de Segeda? Bueno, por no alargarme, solo diré que el avance romano les pilló de sorpresa y con las nuevas murallas a medio hacer, así que decidieron abandonar su ciudad y refugiarse en la famosa Numancia, capital de los arévacos, la capital de otra de las tribus celtíberas. Juntos, y junto a otros pueblos, lucharon durante años, poniendo en jaque a las tropas de uno de los Estados más poderosos de la historia de la humanidad.

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